martes, 27 de noviembre de 2012

Capítulo 21.


Cristina se despertó y miró a su alrededor. Estaba tumbada en una cama de sábanas blancas, igual que las paredes de aquella habitación. Y estaba sola y desnuda, solamente tapada por las sábanas. Se ruborizó en pensar en lo que había pasado en aquella cama. Se levantó, poniéndose de rodillas en la cama y asomándose al pequeño balcón que había en la cabecera de la cama.
La casa de Carlos era una verdadera golosina para un arquitecto caprichoso. La casa constaba de dos plantas; la planta de abajo era dónde se encontraban la mayoría de las estancias, el recibidor, el comedor, una gran habitación con un piano, un cuarto de baño y un gran salón con una gran terraza. El salón tenía las paredes altas, muy altas, ya que la segunda planta quedaba justamente a la mitad, dejando así una especia de balcón que hacía posible que se vieran el salón y la gran terraza desde la cama.

Cuando Cristina se asomó, vio a Carlos en la terraza, en ropa interior, guitarra en mano. Sonrió. Que ella recordara, Carlos no sabía tocar la guitarra. Se levantó de la cama y buscó su ropa interior, después buscó algo dónde meterse, y encontró una camiseta de Carlos. Le pareció buena idea para empezar la mañana, así que se la puso y bajó los escalones de dos en dos y salió a la terraza.

-Buenos días. –Murmuró abrazando por detrás a Carlos y besándolo en la mejilla.
-Buenos días. –Le susurró él. Dejó la guitarra a un lado y se levantó para abrazarla y besarla en los labios.- ¿has dormido bien? No he querido despertarte.
-No te preocupes. He dormido de maravilla.
-He hecho café.-Le dijo rápidamente y la metió de nuevo en la casa.
-Mhmm, perfecto.- Dijo Cris sentándose en uno de los taburetes que tenía la barra de la cocina. Carlos le sirvió una taza de leche con unas pocas gotas de café, cómo a ella le gustaba.
-Aún sigo recordando como solías tomarlo por las mañanas.-dijo devolviendo la jarra de café a su lugar.
-Muchas cosas no han cambiado, Carlos.- Dijo ella y empezó a beber del café. Estaba perfecto.- Por cierto... –Dijo ella sonriendo, dejando la taza en la barra y levantando los brazos.- ¿Cómo es eso de que ahora tocas la guitarra? –Preguntó ella con una gran sonrisa en la cara.
-Ay… -Murmuró Carlos, bajó la cabeza y después la miró a los ojos sonriendo.- Tuve mucho tiempo y… me…bueno, estuve yendo a un psicólogo y… me recomendó hacer cosas nuevas y pensé en tocar la guitarra y… ¡Ahora hasta compongo mis propias canciones!
-¿Sigues cantando?
-Bueno... –Carlos bajó la cabeza.- Alguien se cargó el grupo en el cual cantaba. –Dijo eso y sonrió, para relajar a Cristina.- Y ahora solo canto en casa, o cuando nos juntamos amigos a tomar algo. O en las cenas de empresa… -Dijo esto y se miró el reloj.- Hablando de empresa, llego tarde.

Dicho esto, Carlos besó a Cristina en la mejilla, dejándola con la palabra en la boca y subió corriendo las escaleras hasta el dormitorio, abrió el armario y cogió uno de sus polos veraniegos, uno de color rojo. Ese color le quedaba de maravilla. Se puso unos pantalones tejanos mientras daba saltitos por su dormitorio y buscó sus converse all star de color negro. Bajó las escaleras sin atárselas.

Cristina estaba en la barra, seguía tomándose su leche fría manchada con café mientras escuchaba los pasos de Carlos por las escaleras. Él llegó a su lado y le dio un suave beso sobre sus labios.

-Volveré a eso de las tres, tres y media. –Murmuró haciendo rozar las dos narices.- Puedes quedarte por aquí, ver la tele, tomar el sol en la terraza, lo que quieras. Estás en tu casa –Fue lo último que dijo antes de marcharse y que Cristina se quedara sola y en silencio en aquella casa.

Cristina se acabó la leche, fregó la taza, así como la taza que había utilizado Carlos, subió al dormitorio y volvió a ponerse su ropa de la noche anterior. Hizo la cama y bajó al comedor. Se sentó en el sofá y suspiró. Era una casa bastante grande para una persona sola, pensó. Carlos debería de pasar bastante tiempo ahí, seguramente que con alguna chica. Seguramente que con la chica que había llevado a la fiesta cena de la presentación del nuevo disco musical de Blas.

Pensó en Carlos trabajando. Y pensó en su nueva vida; había vuelto a Madrid con la promesa de un nuevo trabajo, así podría pagar los meses de alquiler del nuevo piso y poder subsistir. Su trabajo empezaría de cara a finales de agosto, principios de septiembre, de momento estaba viviendo con lo que tenía en el banco.

Eran las diez de la mañana, y Cristina no sabía qué hacer. Empezó a mirar las estanterías de Carlos, encontró algún que otro libro interesante, lo cogió, se dejó caer sobre el sofá y empezó a leer.


-¿Y ahora dónde vas a ir?
-¡Dónde sea, lejos de aquí!
-Siempre huyes, siempre huyes. ¿Por qué no te quedas aquí?
-¡Por que hay mucho que quiero olvidar!- gritó Cristina con toda su rabia. Metió unos pantalones en la maleta de golpe y miró a su amiga.- Y en Madrid quiero arreglar las cosas.
-Estás loca, te vas a dar un tastarazo contra una pared. No te van a recibir bien.
-Rocio.- Cristina la miró seriamente.- Tú eres mi amiga, me tienes que ayudar. Y así no me ayudas.
-Es que intento ayudarte. Te estoy diciendo que esto no está bien. Piensa, hace cuatro años te dejó Carlos y te largaste a Pamplona, cuando lo dejaste tú con él, te fuiste a Madrid. Cuando te largaste de la boda, te viniste a Barcelona con Álvaro, y ahora que Álvaro te ha dejado...- Rocío hizo una pausa y miró a su amiga. Estaba a punto de derrumbarse.- te quieres largar a Madrid en busca de qué, ¿perdón?




Cristina Noyes © 2012

martes, 6 de noviembre de 2012

Capítulo 20.


Los ojos de Cristina brillaban como dos diamantes bajo la potente luz de un foco. Miró a Carlos con una gran sonrisa en la cara. No podía remediarlo, la sonrisa le había salido al oír esas palabras que él acababa de pronunciar: Siempre te he querido y siempre te querré.

Carlos la miraba atónito. Cuatro años de silencio, de lágrimas, de llanto, de canciones escritas para ella y cantadas al viento. Cuatro años de pagar a un psicólogo para contarle todo aquello para que ahora, a la hora de la verdad, a la hora de confesárselo todo a Cristina no le doliera. Y no le había dolido, le había salido tranquilamente, como quién habla del tiempo que hace en la calle.

Ese momento había sido precioso. Tendría que haberse grabado para después, años más tarde, enseñárselo a familiares y amigos. La habitación estaba casi en penumbras, apenas iluminada; por eso, a Cristina le costó ver la mano de Carlos que se deslizaba por el sofá azul hasta posarse sobre su rodilla. Al principio se sobresaltó, pero Carlos la calmó con una caricia. Ella se acercó más a él. Ambos estaban nerviosos. Carlos posó su otra mano sobre la barbilla de Cristina y la atrajo hacia él, besándola levemente sobre sus labios, sin dejar de mirarla a los ojos. Ella se separó, lo miró a los ojos y después, cómo un relámpago, no dudó en volver a besarlo, le rodeó el cuello con sus manos y se acercó más a él, estaba casi encima suyo. Se besaban con ganas, con pasión. Con ganas de comerse el mundo, de comerse el uno al otro a besos. Se tenían ganas.

Yolanda y David reían en el coche mientras se metían en el párking por un comentario que David había hecho en el momento adecuado. Subieron las escaleras del párking los dos cogidos de la mano, y cuando entraron en el salón se encontraron con aquél panorama.

Cristina estaba sentada encima de las piernas de Carlos y ambos se besaban con gran fervor. David carraspeó y Yolanda se tapó la cara para que ellos no vieran que se estaba riendo. Encendieron la luz y Cristina se separó deprisa de los labios de Carlos.

-Hostias -Murmuró ella, sentándose de nuevo en el sofá y bajándose la camiseta. Después miró a Carlos y ambos empezaron a reírse como si tuvieran quince años, de nuevo.
-Esta os la guardo -Dijo Carlos levantándose y acercándose a David y a Yolanda.-Por gastarnos esta… broma y por interrumpirnos - Esto último se lo susurró a David y después miró a Cristina.- ¿Nos vamos? -Cristina se levantó de un salto del sofá y se despidió de la pareja, cogió su bolso y se marchó con Carlos.


-¿Dónde dormiste anoche?
-Me fui a casa de Víctor. Me sentía muy mal.
Cristina desconfiaba de esa respuesta, pero quizá no quería saber dónde había pasado la noche de verdad. Álvaro se acercó a ella por la espalda, rodeó el sofá y la besó en la frente, abrazándola. Era la primera discusión entre ellos en la que Cristina salía herida.
-¿Te has curado?- Preguntó Álvaro, dando la vuelta a la figura de Cristina, sentándose al lado de ella en el sofá y mirándole las manos. Las tenía vendadas, ambas.
-Simplemente barrí, me puse la venda y me fui a dormir.- Murmuró Cristina con la boca pequeña.
-Venga, cariño. No te enfades, perdóname, anoche… no era yo mismo. Me enfadé por lo que dijiste. Lo de Carlos, tienes razón, yo te dije que no te casaras con él, te lo dije, pero por que sabía que te haría daño y yo te quiero, y no quiero que te pasa nada. –La volvió a besar en la frente.- Vamos al baño y miro de curarte.
En el baño, Álvaro limpió la herida de Cristina con agua y jabón y después le envolvió la mano con una venda y le besó los nudillos.
-Perdóname.- Dijo una vez más y Cristina no pudo más que besarlo en los labios. Ambos se besaron en el cuarto de baño, pero no era un lugar seguro, así que Álvaro consiguió levantarla y llevarla hasta la cama en brazos. La dejó caer y se subió encima de ella, mientras la besaba por el cuello.



Sus ojos se veían a pesar de la poca luz que había en esa habitación. Un piso muy grande, con unas altas paredes y unos grandes ventanales, pero sus ojos eran preciosos con esa poca luz. Cristina lo miró desde abajo mientras Carlos la miraba sonriente. Volvió a hundir la cabeza en el cuello de la chica, besando y dando pequeños mordiscos, sólo cómo él sabía, sólo como a ella le gustaba.

Habían subido las escaleras a duras penas, ya que Carlos había lanzado las llaves sobre el mármol de la cocina y había agarrado a Cristina de la cintura, había conseguido sentarla en unos escalones y había empezado ahí a desnudarla, pero al fin habían conseguido llegar hasta la parte superior, hasta el dormitorio.

Paseaba sus manos por las caderas de la chica y ella las elevaba, juntándose más a las de él. De su boca salió un precios suspiro, un suspiro que indicaba que ella había estado esperando, y deseando, ese momento. Y que no iba a parar.

Carlos volvió a sus labios; primero los acarició con su pulgar, después los besó tímidamente, como si fuera la primera vez, después pasó a la acción e hizo que ambas lenguas se entrelazaran en un perfecto baile. Las manos de Carlos vagaron por las caderas de Cristina, bajando levemente la ropa interior de la chica. Sus manos fueron ágiles, igual que las piernas de ella, se levantaron en el momento justo para que él pudiera lanzar la ropa interior lejos, para que pudiera quitársela del cuerpo, dónde le molestaba. Sus dedos, ya habían aprendido la lección, venían sabidos, tenían experiencia, desabrocharon el cierre del sujetador y sus dedos se posaron en los pezones, jugueteando con ellos en círculos mientras las dos bocas seguían pegadas.

Con un leve asentimiento de cabeza por parte de Cristina, Carlos supo que era el momento. Ninguno de los dos sabía de verdad si esto era una reconciliación o solamente sexo de rencuentro, pero sabían que lo iban a recordar, y lo más importante, que lo necesitaban.


Cristina Noyes © 2012

Capítulo 19.


-¿Quieres que te lleve a casa? Es tarde, no creo que hayan taxis…- Murmuró Carlos una vez se quedaron en silencio.
-Claro. –Dijo ella en un susurro. -¿Has venido en moto? – Preguntó para que no se quedaran en silencio.
-No, tengo coche, he venido en él. ¿Vamos al salón?
-Sí, mejor - Dijo ella y con una sonrisa salió de aquella habitación dónde su corazón había dejado de latir durante unos minutos. Bajó las escaleras lo más lento posible, esperando sentir la mano de Carlos contra la suya, sus dedos enredándose con los de ella como antes, pero no notó. Carlos bajaba unos dos escalones más arriba que ella, con la incertidumbre de abrazarla por la espalda, cogerla de la mano o dejarlo todo como estaba.

Prefirió dejarlo todo como estaba y ambos se fueron hasta el salón y se sentaron en el sofá. La habitación estaba a escuras, solamente iluminada por una pequeña lámpara de mesa al lado. Se sentaron en uno al lado del otro, y después de estar un rato quietos y callados, se echaron a reír.

-Creo que esto es lo más extraño que me ha pasado en cuatro años.- Admitió Carlos.
-Yo no sé si podría decir lo mismo.- Dijo ella entre risas.- Puedo asegurarte que he tenido más de uno, y realmente extraño.
-¿Te han encerrado con alguien en una casa?- Preguntó él.
-No, bueno. ¡Tampoco estamos encerrados!
-Ya, pero no podemos salir y dejar a los niños aquí.
-Podíamos habernos ido, o quedarse solamente uno. Ya sabes.
-Tú no te has ido.- Le dijo Carlos.- Pensaba que lo harías.
-¿Por qué piensas eso?- Preguntó ella sonriendo.- ¡No siempre voy a huir de todos los lugares, Carlos! –Dijo ella y empezó a reír.
-¿Por qué has vuelto?- Le preguntó él. Entre las risas, había acabado girado, con una pierna encima del sofá y la miraba serio, la miraba mientras ella se reía y al final, decidió a hacer esa pregunta.
-Sé porque me fui, pero no por qué ahora vuelvo a ti - Respondió sin mirar a Carlos.- Creo que por que mi vida se había convertido en un torbellino sin salida. Todo empezó a ir mal, de mal en peor, ya lo dicen. Y… empecé a pensar que me lo tenía merecido, por haber hecho lo que hice y que, tal vez, al arreglar las cosas desde el principio, arreglar en lo que fallé, todo volvería a irme bien. Es como… ¿La película del día de la marmota, que se despierta una y otra vez en el mismo día y tiene que arreglar lo que hace mal? Pues eso. Hasta que no arregle lo que está mal en mi vida, no voy a poder ser feliz. Y lo que peor hice fue dejarte ahí, en la estacada. Me arrepiento demasiado.- Cristina lo miró, estaba seria, no iba a llorar, no esta vez.- No vengo buscando que volvamos, que me vuelvas a besar y que me hagas tuya en este sofá, en la cama de Yolanda o en tu coche. Vengo buscando tu perdón.- Cristina rió.- Parece que haya ido a la iglesia a confesar mis pecados… No, mira, quiero solamente que entre nosotros esté todo bien, qué…
-¿Te parece, con los besos de la otra noche, que hay algo mal entre nosotros?
-Es que es eso lo que veo que está mal.
-¿Está mal que nos besemos?- Preguntó Carlos asombrado.
-¿Por qué lo haces, por qué me besas? ¿Es que todavía sientes algo por mi?- Cristina lo miró duramente, lo miró a los ojos, esperando una respuesta.
-Si te soy sincero, no sé lo que siento por ti. Te he querido, te he odiado, pero ahora que has vuelto… creo que se ha despertado algo en mi, dentro, algo que siento por ti. O simplemente tal vez nunca se haya dormido. Pero… es que, ¡Joder Cris!- Exclamó de golpe y Cristina pegó un bote en el sofá del susto que se dio cuando él alzó la voz.- Es que has querido entrar de nuevo en mi vida, después de cuatro años en los que yo había conseguido olvidarte. ¿Pensabas que no iba a pasar nada entre nosotros, que todos los sentimientos habrían desaparecido? Todo iba bien, te había conseguido olvidar, ya no pensaba en ti, he estado de psicólogos y ahora, cuatro años después, llegas de nuevo a Madrid y mi vida empieza a venirse abajo. No puedes pretender que todo aquello no pasó.
-No quiero que eso desaparezca, ¡está claro que pasó!
-¡Pues no lo parece!- Gritó él y Cristina sintió miedo.- Vuelves aquí buscando mi… ¿Perdón? ¡Ya lo tienes, ya puedes marcharte y volver a dejar mi vida como estaba!
-¡Así no lo quiero, eso no es lo que quiero!
-¿Y qué quieres, que vuelva todo a ser como antes? No puedes pretender que todo vuelva a ser como era. ¿Y si yo he encontrado a alguien, y si he rehecho mi vida?
-¿Lo has hecho?-. Preguntó ella. Bajó el tono, temía despertar a los niños. Al baile él había acudido con una chica, Carol, pero la había llevado a su casa y a la otra chica la había dejado en el baile.
-¡No!- gritó Carlos haciendo que temblaran hasta las paredes. – No he podido rehacer mi vida porque no ha habido un solo día en estos malditos cuatro años en los que no haya podido sacarte de mi cabeza.
-¿Por qué?- Preguntó Cristina cautelosa. Tenía ganas de abrazarlo, acariciarle la cara y besarlo, pero estaba demasiado nerviosa. Ambos lo estaban.
-Por que aunque nos hayamos hecho daño mutuamente, aunque te haya engañado, aunque te hayas ido con Álvaro, aunque hayas vuelto y hayas puesto mi vida otra vez patas arriba, te quiero. Te quise desde el primer día que te conocí, te quise ese día, con dolor de cabeza, te quise el día del retiro, cuando te manché de helado. Te quise la primera vez que hicimos el amor después de nuestra primera cita. Te quise después de la primera pelea, después de que te marcharas a Pamplona porque yo me tenía que marchar a Alicante. Te quise cuando te pedí matrimonio, te quise mientras me acostaba con Verónica y cuando tú lo hiciste con Álvaro. Te quise incluso más el día de nuestra boda, cuando te vi salir corriendo de la iglesia. Y te quise cuando volviste, en aquella cafetería. Oh, te amé como nunca, te vi tan vulnerable que quise besarte ahí mismo. Siempre te he querido y siempre te querré.



Cristina Noyes © 2012