sábado, 21 de julio de 2012

Capítulo 8.





Subió las escaleras hasta su piso. Abrió la puerta rápidamente. Las luces estaban apagadas. Su respiración estaba acelerada y notaba cómo se le iba a salir el corazón. Se paró nada más entrar en su casa, con su bolso en la mano izquierda y su mano derecha en el pecho, para notar su corazón, cogiendo las llaves de casa fuertemente. Cerró los ojos y sonrió. Volvió a recordar aquel beso. Sin quererlo, cómo acto reflejo, su dedo índice llegó hasta sus labios y los acarició lentamente. Aguantando, por unos segundo más, el recuerdo de aquel beso.

Se sentía como una quinceañera con su primer beso. Aunque a ella, su primer beso, le llegó bastante más tarde. Se sentía cómo en su primera cita, en el Parque del Retiro, con las barcas, los helados y los besos. Se acordó de cómo acabó aquella cita y se ruborizó.

-¿Os habéis besado?- Una voz la sacó de su ensoñación. Era Rocío, había aparecido por arte de magia en el comedor y había encendido las luces. Estaba en pijama y tenía en la mano un vaso de helado de stracciatella.
-¿Qué?- Preguntó. No sabía cómo salir de aquella. Buscaba algo con lo que cambiar de tema.- ¿Y ese helado? ¿Qué haces en pijama?
-No me cambies de tema - Dijo Rocío con la cuchara en la boca.- Respóndeme maldita.- La amenazó, señalándola con la cuchara.
-¡Sí! - Gritó Cristina y salió corriendo. Lo había calculado todo: el impulso que debía coger con la ayuda de la puerta, las zancadas que debía hacer, lo lejos que estaba de Rocío… todo. En unos segundos, salió corriendo por el comedor, atravesándolo, corriendo por el pasillo y encerrándose en la última habitación, con el pestillo, la suya.
-¡No se vale!- Rocío salió corriendo tras ella, con el helado y la cuchara, descalza.- Se paró delante de la puerta e intentó girar el pomo sin éxito.- ¡dijiste que nunca cerrarías con pestillo!- Gritó aporreando la puerta.- ¡No se vale, os habéis besado, os habéis besado!- Gritaba sin parar, riendo y aporreando la puerta.


Ahora sí que se sentía como una quinceañera. Cristina era hija única, y nunca había sentido la presión de una hermana mayor para que le contara lo que hacía o dejaba de hacer. Ahora lo estaba sintiendo, con Rocío, detrás de la puerta. Se había sentado en su cama, riendo todavía y con la respiración agitada. Había dejado el bolso y las llaves sobre el escritorio y se estaba quitando los zapatos. De pronto, su teléfono móvil se iluminó. Un mensaje nuevo.

“Sal de la habitación.” Era de Rocío. Por un momento había pensado que el mensaje podía ser de Carlos. ¿Cómo iba a ser de él si tan siquiera tenía su número?

-No voy a salir - Murmuró, por si Rocío seguía al otro lado de la puerta.
-¿No quieres helado?- Preguntó la otra.
-No me gusta el helado de straciatella. Lo sabes, no voy a salir – Cristina se desnudó lentamente y se puso su pijama.-Voy a abrir la puerta, si te has sentado en el suelo, con la espalda en la puerta, muévete.- Rocío lo hizo, pues se había sentado así.
-Cuéntamelo. ¿Os habéis besado?-Preguntó Rocío, insistentemente.
-No, pesada. No ha pasado nada.- Le respondió Cristina. Caminó hasta la cocina y se sirvió un vaso de zumo.
-No te creo, pero tengo sueño y me voy a ir a la cama. –Roció besó la mejilla de Cristina y se marchó a su habitación.

Cristina, por su parte, se sentó en el mármol negro de la cocina a beberse el vaso de zumo de melocotón lentamente. Le encantaba hacer eso. Beber zumo y sentarse en el mármol. Se acordó de su otro piso en Madrid. ¿Estaría aún en venta? Y si no lo estaba, ¿Quién vivía ahí? Una vez le dijo a Yolanda que la vida de ella y de su familia transcurriría en la cocina de su viejo piso. Le encantaban las cocinas, y entonces se acordó. Dejó el vaso de zumo encima del mármol y salió corriendo, sigilosamente, por el pasillo. Se aseguró de que la puerta de Rocío estuviera cerrada y se metió en su habitación. Cogió su teléfono móvil, que estaba encima de la cama y volvió a la cocina. Volvió a sentarse en el mármol, cruzó las piernas y empezó a escribir el mensaje.
“Ha estado bien lo de esta noche.”
Borró el mensaje. ¿Cómo iba a decir eso? Se quedó con los ojos cerrados, pensando en lo que iba a ponerle en el mensaje. Miró la hora. Las doce menos diez. ¿Qué debía hacer? Bajó del mármol y dejó el teléfono ahí, con el número de Carlos ocupando toda la pantalla.

Buscó un vaso y empezó a buscar por los armarios dónde habían colocado el whisky. Lo encontró. Abrió el congelador y metió dos hielos en el vaso; después, los tapó con whisky. Metió su dedo índice y empezó a darle vueltas, para que se enfriara por el contacto con el hielo. Dejó el vaso en el mármol y se lamió el dedo. Perfecto.

Cogió sus cosas, el vaso de whisky, su móvil, y se marchó hasta el comedor. Se sentó en el sofá, con las piernas cruzadas, como los indios y apretó la tecla de llamada. Un tono, dos tonos. ¿Qué iba a decirle cuando contestase el teléfono? Tres tonos, cuatro tonos.


Carlos, al otro lado del teléfono, veía cómo el número de Cristina se iluminaba en la pantalla. Después de dejarla en su casa, había llamado a Yolanda para que le diera el número de Cristina y se lo había guardado, para estar seguro de qué hacer cuando ella llamara o le enviara un mensaje. Y ahí estaba. Sentado en su gran cama de matrimonio, con papel y bolígrafo y un móvil parpadeante a su lado. No iba a contestar. Lo puso en silencio. Ella volvió a llamar. Dejó el teléfono en la mesita de noche, guardó el papel y el bolígrafo y se metió en la cama.


Cristina, al otro lado de la ciudad, desistió. Dejó el teléfono en la mesa del comedor, apagado. Se bebió el vaso de whisky de golpe y se levantó a llenárselo otra vez.



Cristina Noyes © 2012

martes, 17 de julio de 2012

Capítulo 7.



Había llegado a odiar el metro, y eso había hecho que acabara por odiar su ciudad. Bajaba hasta el centro en metro, desde casi la puerta de su casa. Paraba en el centro y cogía su café y un bollo para desayunar. Entraba a la oficina con la mejor de sus sonrisas. Siempre aparentando. ¿Cómo iba a conseguir sobrevivir en aquella ciudad? La recepcionista le dedicó una bonita sonrisa antes de que se encerrara en su despacho. Cuando acababa su jornada, solía reunirse con alguna de sus amigas para tomar un café en el centro. En Plaza Cataluña. Siempre le había gustado el ritmo de vida que tenía el centro de la ciudad, pero aquel día decidió llegar más pronto a casa y preparar algo para cenar. Algo realmente bueno. Sacó el teléfono de su bolso, y ahí estaba, en marcación rápida, por encima de su madre, por encima de su padre. Su novio.

-Álvaro.- Contestó alegre cuando él descolgó el teléfono.- ¿Hay pan? Hoy llegaré antes… Quiero hacer una cena especial.
-Sí, eh… hay pan. ¿Vienes ya?
-Bueno, ya no. Subo andando, así que tardaré unos… ¿veinte minutos? Más o menos - rió contenta. Hacía buen tiempo, el sol todavía estaba en lo más alto y no hacía mucho calor. Le apetecía subir andando hasta su casa.
-Vale, eh... ¡Perfecto!- Álvaro colgó rápido y Cristina siguió caminando.

Cuando llegó a su casa, subió en ascensor hasta el pequeño ático del cual se habían apropiado. Cuando llegó hasta la última planta, una chica estaba esperando ahí. Aurélie.
-Oh, ¡Hola!- Dijo Cristina sonriente.- ¿Estabas en casa?
-Sí, eh… Álvaro y yo… estábamos repasando las líneas para mañana. El… la obra de teatro.
-Ah, genial. ¡Adiós!- Se despidió de la chica cuando las puertas del ascensor se cerraron.
Cristina se quedó ahí, en el umbral de su puerta, mirando al suelo. Suspiró y metió la llave en la cerradura. Una vez dentro, dejó su bolso en el sofá. Se metió en la cocina y se lavó las manos. Al salir, se encontró de cara con Álvaro.
-Espero que sepas lo que estás haciendo.- Le dijo ella, seriamente.
-¿Por qué?
-¿Qué edad tiene, quince, dieciséis?
-Cumplió los diecinueve la semana pasada.- Dijo Álvaro.
Cristina asintió con la cabeza. Había aprendido a ver cosas dónde no las había, pero sabía que esta vez, estaba bien encaminada. Esta vez sí que había algo de lo que desconfiar.



No pudo contestarle a la pregunta de Carlos. Se quedó callada. Mirándolo a los ojos. Quería matar a las mariposas que sentía en su estómago. Su teléfono sonó de pronto y se levantó de golpe. Cuando acudió hasta su bolso, la llamada se cortó.

-Sólo será un minuto - Se disculpó y se alejó de Carlos. Marcó el número de Rocío y no pudo hablar, pues su amiga tomó la palabra.
-¿Dónde estás? ¡Son las diez!- le había impuesto un toque de queda, como los niños pequeños o en tiempos de guerra. Ella tenía toque de queda por si le pasaba algo, por si le daba un ataque o por si se encontraba a alguien en la calle.
-Estoy… Ocupada. ¿No puedes esperarte?

Carlos se bebió de un golpe lo poco que le quedaba en su vaso y lo dejó encima de la mesita de café. Se sentó bien en el sofá y miró hacia dónde estaba Cristina. La miró desde la cabeza a los pies. Hizo un buen repaso. Llevaba años sin verla. Se eliminaron de todos lados. Borraron los números, el uno del otro. Se dejaron de seguir en Twitter y se eliminaron de amigos en Facebook. Volvían a ser dos extraños. Por mucho que les pesara. ¿Y ahora qué eran?

Tenía el pelo negro y jugueteaba con él mientras hablaba por teléfono. Sus curvas estaban más marcadas, sobre todo sus caderas. Había leído que cuando se tenían hijos, las caderas se ensanchaban. Yolanda también se lo había dicho. Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Habría tenido un hijo con Álvaro, una niña? ¿Qué nombre le habría puesto? Recordó que cuando estaban juntos nunca pensaron en tener hijos. ¿Estaría hablando por teléfono con su hija? Si no era eso, ¿a quién le estaba dando tantas explicaciones de lo que hacía o dejaba de hacer?

Se levantó y volvió a llenar su vaso con whisky. Cristina seguía al teléfono, parecía que discutía, en voz baja, casi en susurros. Cuando Carlos volvió a sentarse en el sofá, ella ya había acabado.

Cristina iba a decir 'Lo siento', pero no podía decirlo otra vez. No delante de Carlos. Aquellas palabras no debían ser pronunciadas, nunca más, por ella, delante de Carlos.

-Tienes que marcharte, ¿no?- Carlos lo dio por hecho al ver la expresión de su cara.
-Sí… es que ahora parece que me han puesto toque de queda -Dijo Cristina, intentando parecer graciosa. Carlos le dedicó una sonrisa. Ella notó cómo su corazón daba un bote.
-Te llevo a casa - Sentenció.
-¿Qué? No, no me lleves. No hace falta - Dijo ella, nerviosa.
Ves, no quiere que la lleves a casa porque le está esperando su hijo - Pensó Carlos.
-No me puedes decir que no. No tú - Dijo él con una sonrisa en sus labios.- Y menos aún, si tienes toque de queda y ya llegas tarde. Venga, Cenicienta, que la llevo a casa antes de que se carruaje se convierta en una calabaza.


Cristina se quedó parada. ¿Y aquella comparación? Le había hecho gracia, pero no pudo reírse. Lo único que pudo hacer fue cuestionarse si su príncipe era amarillo o verde. Carlos la llevó por Madrid, en la parte trasera de su moto. Ya era de noche, surcaron las calles de Madrid, volaron entre las luces de los coches, los semáforos y la gente. Las manos de ella estaban aferradas a su cintura. Se separaba de él a cada semáforo en rojo y se cuestionaba de nuevo la vida que quería llevar. Cristina le había indicado la dirección antes de subir a la moto. A ella le había costado aprenderla, pero al fin la sabía. Carlos le dijo que no le prometía nada, que intentaría llevarla de cabeza, puesto que él no sabía las calles de Madrid de memoria.


Cuando llegaron a casa de Cristina, Carlos se quitó el casco y miró el edificio.

-Es alquiler. He pagado los tres primeros meses. Después ya veré lo que hago - No sabía por qué había dicho esto último.
-¿Vas a volver a venirme a buscar al trabajo? – Ambos habían perdido el sentido. Las manos de Cristina alrededor de la cintura de Carlos lo habían turbado y no podía parar de pensar en su cuerpo bajo aquellas ropas. ¿Estaría igual que cuatro años atrás?

Cristina asintió, sonriente y se acercó para darle dos besos a Carlos. Dos simples besos en las mejillas. Carlos la cogió por los hombros y antes de que ella pudiera darle el primer beso en la mejilla izquierda, Carlos la besó en los labios. Cristina, por puro instinto, cerró los ojos.




Cristina Noyes © 2012

martes, 10 de julio de 2012

Capítulo 6.



Salir antes le iría fenomenal. Pero no podía hacerlo cuando quisiera, tenía un horario estipulado y lo odiaba. Miró el reloj una vez más y consultó su correo en la pantalla del ordenador. Nada, vacío. Miró su teléfono móvil. Tampoco. Ningún mensaje, ninguna llamada.
No quería verla, pero quería verla. Ni él sabía lo que quería. Él no tenía su número. Sólo lo tenía ella. Quedaba más de media hora para salir de trabajar y se acabaría otro día. Otro día del que no tendría noticias de ella.
Las ocho. El sol caía fuertemente sobre la ciudad. La gente salía de trabajar, los que trabajaban hasta tarde, los que trabajaban los primeros meses de verano. Se quedó delante del edificio, delante de la puerta. Minutos antes había entrado y preguntado en recepción por él. Por si de verdad trabajaba ahí, por si hoy había acudido al trabajo. Le habían contestado que sí a todas las preguntas.
-¿Quiere que le diga que ha venido a verle?-Le preguntó la simpática recepcionista. A ella le pareció falsa.
-No -Y con esa simple palabra salió del edificio y esperó hasta la hora de salida.

Él recogió lo más rápido que pudo su mesa, dejó los esbozos para el nuevo anuncio en la mesa, y colocó encima una nota. “No tocar” Pero seguramente habría algún gracioso que lo tocaría. Se metió en el ascensor, mirando por última vez su teléfono. Nada. Las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja, se despidió de la recepcionista. Vio como ella quería decirle algo, pero pasó de largo, cuando las puertas de la salida se abrieron, se encontró de cara con una chica vestida de rojo.
Con su pelo negro, las gafas de sol más grandes que habían y una minifalda negra. Estaba sentada encima del capó de un coche, con la mirada perdida dentro del edificio. Cuando lo vio salir, notó que temblaba. Cálmate, se dijo a sí misma y se levantó, dirigiéndose a él. No sabía qué decirle, cómo dirigirse a él, así que se limitó a saludarlo con la mano y esperar que él se acercara.
-Dijiste que ibas a llamar - Fue lo primero que él le dijo.
-No pude.
-¿Has estado muy ocupada? - Parecía que le reprochara sus actos con cada palabra. Cristina suspiró y cerró los ojos.
-No he tenido el valor suficiente como para llamarte por teléfono –Antes de que Carlos pudiera interrumpirla, levantó una mano y siguió hablando.- Fui una idiota, lo soy ahora. Lo he sido siempre, vale. –No pudo evitar sonreír. Igual que Carlos.- No busco nada, no busco que… me quieras otra vez.- Esas palabras le costaron mucho.- Pero quiero que me entiendas… Que… No sé explicarme. Me merezco que me corten la cabeza, como Ana Bolena.- Murmuró.- Pero necesito hablar contigo y pedirte perdón, una vez por cada día que no he estado a tu lado, una vez por cada día desde ese 16 de septiembre. Por favor.

Carlos se lo pensó. Quería estar con ella. Quería que le pidiera perdón. Quería tenerla entre sus brazos, olerla, tocarla, besarla y abrazarla. Pero era difícil olvidar todo aquello.
-Podemos hacer una cosa; no prometo nada - El tono de Carlos ya había cambiado. Se mostraba amable, había dejado la hostilidad a un lado y estaba dispuesto a hacer algo bien.-Te llevo a casa.
-¿A mi casa?-Preguntó Cris.
-A la mía. Nos tomamos algo y lo hablamos.- Cristina no parecía segura. Se fijó que Carlos tenía en el brazo un casco. Lo levantó y sonrió.-Tengo otro en la moto. Vamos.

Ambos se montaron en la moto, surcando el aire de Madrid, bajo aquel sol. Cristina tuvo que agarrarse a la cintura de Carlos para no caerse. Las motos no le daban miedo, pero le daban mucho respeto. Nunca antes se había montado en una. Carlos iba lo más rápido que podía. Sentir las manos de Cristina otra vez rodeando su cintura era algo que nunca se olvidaba, y se estaba poniendo realmente nervioso. Aparcó la moto y ambos subieron en ascensor hasta el piso de Carlos.
-¿Dónde has dejado a Álvaro?- Fue lo primero que él preguntó, mientras le servía una copa de whisky. Cristina se había sentado en el sofá de Carlos y se había dado cuenta de lo poco decorado que estaba el piso. Ni fotos, ni cuadros. Nada. Un piano en una esquina del comedor. Una pequeña mesa con un mantel a rayas negras y azules. Un sofá cómodo, de tres plazas, una mesita de café y un televisor plano. Eso era lo que había podido ver. Y una puerta a una gran terraza. Carlos se sentó a su lado y la miró, mientras aguantaba su vaso de whisky, pudo ver cómo le temblaban las manos.
-Estará en París.
-¿Qué hace ahí?- Preguntó Carlos, iluso.
-Se marchó hace más de un año.- Carlos se atragantó con su bebida. No esperaba aquella respuesta.-Sí… Una de sus alumnas de la compañía de teatro.- Cristina tenía miedo de llorar. De llorar por culpa de Álvaro, en casa de Carlos. La escena le parecería cómica y cruel al mismo tiempo.
-¿Y qué sientes?- Ella sabía por qué le había hecho esa pregunta. Carlos quería saber qué sentía ella al haber sido abandonada por la persona a la que quería, por la cual lo había dejado todo.

-Tenía mi casa, mi familia, mis amigos, mis estudios. Pero llegaste tú con tu sonrisa. Tú, tú y tú botella de Vodka. ¡Si no me hubiera quedado a dormir en tu casa yo seguiría con él!- Cristina y Álvaro solían discutir por sus sentimientos.
-¡A mí me gustabas!- Gritó Álvaro.
-¡A mí me gustaba Carlos, tú me hiciste cambiar de opinión!
-No estaba bien lo que te estaba haciendo. Te estaba engañando y tú no lo veías.
-El amor ciega, Álvaro.
-A ti lo que te pasa es que todavía le quieres, no has podido olvidarlo, después de todo lo que te ha hecho. No has podido, eso es lo que te pasa. Pretendes que yo sea como él, pero nunca voy a ser como él. ¡Nunca voy a ser como Carlos! -Gritó y cerró la puerta de un portazo. Esa fue la primera noche que Álvaro pasó fuera de casa. Ahí empezó todo.


-Me sentí y me siento como una idiota, Carlos.- Tardó en responderle porque en su cabeza había recreado esa pelea. – Es lo que yo te hice a ti, y me arrepiento, cada día, cada día me arrepiento.
-Cuándo todo iba bien con Álvaro, ¿También te arrepentías?



Cristina Noyes © 2012

Capítulo 5.




El sol, de buena mañana, bañaba las calles de Madrid. Los martes no solía haber mucha gente por la calle, los turistas aún seguían durmiendo. Quedar a las ocho de la mañana no era una buena idea, y menos para ella, pero no le quedaba otra. No quería ver a nadie, solamente a una persona, a una persona que había echado de menos durante mucho tiempo.

La estaba esperando delante de una tienda de ropa bastante conocida. Llevaba ya cinco minutos. Había aprendido que a veces llegar pronto es esencial, y durante este tiempo es lo que había estado haciendo. Había cambiado varias cosas en su vida. Llegar pronto a los sitios, incluso antes de hora, era una de esas cosas. Aprender nuevas recetas cuando todo iba mal, otra. Combinar ropa de más de un color era otra. Había cambiado sus colores base, ya no lo eran el negro y el gris, ahora eran colores más llamativos, como el amarillo, el rojo o el azul. El verde solía evitarlo.

Cuando la vio, al otro lado de la calle, estuvo a punto de llorar, pero no iba a hacerlo. Tantos años lejos de aquella persona habían sido muy duros, demasiado. Por eso, cuando Yolanda acabó de cruzar la calle, Cristina se le tiró encima en un gran abrazo. Le volvieron a la memoria todos los buenos momentos. Los abrazos, las risas, los besos, las comidas preparadas, las llamadas telefónicas. Y la distancia. La distancia que había habido siempre entre ellas cuando Cristina vivía en Barcelona, la distancia que se rompió al venirse a vivir a Madrid. Y, otra vez, la distancia que Cristina había vuelto a imponer por su marcha a Barcelona.

-Me he prometido a mí misma que no iba a llorar. –Yolanda se secó las lágrimas que le corrían rostro abajo y se separó de su amiga.

-Lo siento, lo siento Yoli, de verdad, lo siento mucho - Cristina había empezado a llorar, de nuevo. Nada más levantarse, había pensado cómo sería volver a ver a Yoli, a la que había sido su mejor amiga por mucho tiempo, y después de todo aquello y se había puesto a llorar.

Cristina lloraba a todas horas y todo lo que podía. Había aprendido que tragándose las lágrimas y las ganas de llorar no iba a ninguna parte. Cuando se marchó con Álvaro, al principio todo fue bien. Todo era muy bonito, muy divertido. Se sentían cómo Romeo y Julieta. Huyendo de la gente. Barcelona les había parecido un buen lugar para instalarse, y todo fue bien durante el primer año. Habían conseguido un precioso piso en el barrio de Gracia. Ambos habían conseguido un trabajo bastante estable, ¡¡y hasta habían hablado de tener hijos!!

Pero todo empezó a ir mal al pasar el nuevo año. Una nueva chica, Aurélie, entró en la compañía de teatro en la que Álvaro daba clases. Al principio todo fue bien, es una chica nueva muy simpática, agradable. Pasaba las tardes con Álvaro, ensayando en el local y a veces se iba a casa de Cristina y de Álvaro. A ella le caía bien, pero notaba algo extraño, no acaba de confiar en ella.

Así se lo estaba contando a Yolanda, mientras las dos desayunaban en una pequeña cafetería. Cristina no paraba de gesticular y de dejar el tenedor para hablar.

-Y, Álvaro se presenta un día en casa y me dice que tenemos que acabar lo nuestro. ¿Sabes lo que es eso? Empecé a tirarle la vajilla, como si de una novela se tratase, igual. El mundo se me cayó encima, Yoli.- Cristina se quedó callada. Eso ya le había pasado más veces, explicar su historia, explicar la historia de cómo Álvaro la había dejado y acordarse de Carlos y de lo que ella le hizo.


-¡Tenía que haberme casado con Carlos!- Le gritó a Álvaro, lanzándole una taza de café que le había regalado su madre. - ¡Seguro que él ahora está con la puta de Verónica, porque yo les dejé el camino libre! ¡Por tu culpa, por tu culpa!- Repetía una y otra vez, lanzando platos, vasos. El suelo estaba lleno de cristales. Álvaro la observaba desde el otro lado del comedor. Cristina empezó a llorar y se dejó cae hasta el suelo, tapando su cara con sus manos.-Tenía que haberme casado con él, pero te hice caso…

-Yo no te dije que no te casaras con él - Le gritó Álvaro.

-¿Qué no me lo dijiste?- Cristina empezó a chillar de nuevo.- ¡Me lo dijiste! ¡Muchas veces, perdí la cuenta de cuantas veces me lo dijiste!- Cristina empezó a tirarle a Álvaro los trozos que había por el suelo. Cristal, porcelana. Pronto se mezclaron con la sangre de sus manos.

-Mira lo que estás haciendo, te estás cortando - Álvaro se arrodilló, para ayudarla.

-¡Que no me toques! ¡Que te largues con ella!- Cristina se quedó en el suelo del comedor, llorando y con las manos llenas de sangre.



-Pero… ¿Las cosas iban mal? –Preguntó Yoli.

-¿Tú qué crees? –Cristina la miró a los ojos.- Álvaro no pasaba muchas noches en casa, salía, con sus amigos, según me decía él. Empecé a sospechar. Todo era una mierda.- Confesó Cris.- Y empezaron mis ataques.

-¿Ataques?- Yolanda estaba preocupada por su amiga.

-Cuando me preocupo mucho por algo, me dan ataques de pánico, de ansiedad, me cuesta respirar y llego a perder el conocimiento. No te preocupes, está todo controlado.- Cristina trataba de tranquilizar a Yolanda.- Todo está bien ahora.


Después de que Yolanda le explicara cómo vivía ahora, dónde y con quién, con David y sus dos preciosos hijos. Cristina rechazó ver fotografías. Le dijo que prefería verlos en persona, si le dejaba claro está. Yolanda le dijo que era idiota si pensaba que no le dejaría ver a sus hijos.

-Carlos llamó el otro día a David y le dijo que habías vuelto. –Le soltó de sopetón. Cristina se tapó la boca con las manos y miró a los ojos a su amiga.- No le he dicho a David que estaba aquí contigo. Tampoco le he dicho que yo te dije dónde y cuándo poder encontrar a Carlos.

-No quiero causarte problemas, Yoli, de verdad.

-No me los causas, pero ahora que has venido, tienes que arreglar esto. Quedar, al menos, como amigos.

-No puedo hablar con Carlos.- Le confesó Cris.- El otro día me dio un ataque. Tuve que marcharme a casa. No podía respirar y no dejaba de temblar. No puedo verlo Yolanda, si lo veo una vez más, va a darme algo, de verdad.





Cristina Noyes © 2012

Capítulo 4.



-¡¡Haz el favor de no correr por el pasillo cuando llevo los platos!!- Gritó mientras la niña, sin hacerle caso, seguía corriendo por el pasillo, seguida de su hermano. Dejó los platos encima de la mesa y volvió a la cocina para buscar los cubiertos. -Ainara, podías ayudarme antes de que venga papá. ¿No? Y dejar de correr.

-Pero es que Nicholas quiere coger mi muñeca –Dijo la niña, poniéndole cara de pena a su madre.

-Nicholas no va a cogerla, porque se va a quedar aquí sentado –Yolanda caminó pasillo arriba y cogió a su hijo en brazos, lo llevó hasta el comedor, lo sentó en el sofá y le puso su canal preferido de dibujos animados en la televisión.- ¿Verdad cariño?-Le dijo con una sonrisa y lo besó en la frente.

-Pero… ¡No es justo, mamá!- Exclamó la niña.

-Es justo. Ayúdame a poner la mesa o le daré la muñeca para que le haga lo que quiera.


Ainara se fue refunfuñando hasta la cocina, abrió el armario dónde estaban las servilletas y las llevó alegremente hasta la mesa. Las colocó, las cuatro servilletas, bajo los cubiertos y después, dando otro paseo, fue a buscar los vasos. Dos eran de cristal, para sus padres, y dos eran de plástico; uno verde y otro rosa. Uno para su hermano pequeño y otro para ella. De pronto, escuchó la puerta y salió corriendo, al grito de “Papá, papá”. Igual que el pequeño Nicholas, que apenas balbuceaba.

David los abrazó a los dos, cogió a Nicholas y lo elevó del suelo.

-Papi, la comida ya está hecha - Dijo la pequeña Ainara tirando de su camisa para llamar su atención.

-Perfecto, porque tengo hambre.-Pasó al comedor, dejando a los chicos allí. También dejó su chaqueta y se encaminó por el pasillo. Subió la escalera que llevaba al segundo piso y buscó a su mujer.

-Estoy aquí arriba.- Dijo ella. Él entró por la puerta de la habitación, rodeó su cintura con sus brazos y la besó en el cuello, por la espalda.- Estaba guardando esta ropa.

-Ya huelo a limpio. ¿Cómo se han portado los niños?

-Bien, hemos ido al parque, con las bicicletas. Nicholas se ha caído. ¿No te ha enseñado la tirita que lleva en la rodilla? Ha sido todo un hombre, no ha llorado.

-Tampoco le habrá salido mucha sangre.

-No, pero ya sabes cómo es Ainara. No ha parado de chincharlo toda la mañana. ¿Cómo te ha ido a ti?

-Eh... Ya hablaremos de eso cuando los niños no estén por aquí. ¿Vale?

A Yolanda le pareció bien, si tenía algo que contarle, sería sin los niños correteando. La familia se puso a comer, Yolanda sacó del horno el pescado que llevaba toda la mañana preparando, después de haber ido con los niños y las bicicletas al parque. Todos comieron rápidamente y después, Ainara fue la encargada de quitar la mesa. Después los niños salieron al jardín a jugar en la pequeña piscina hinchable que les habían puesto durante el fin de semana.

David y Yolanda se sentaron en el sofá, a ver la televisión. David no sabía cómo empezar esa conversación, había estado días evitándola, pero notaba que tenía que decírselo. Tarde o temprano se acabaría enterando, y quería que fuera él quién se lo dijera.

-Tengo que contarte una cosa.- dijo David.

-Es verdad, me lo has dicho antes.- Yolanda dejó a un lado su libreta de apuntes. Estaba haciendo una traducción de una película, se lo habían encargado en el trabajo y estaba aprovechando su tiempo libre.- Cuéntame.

-Esta mañana me ha llamado Carlos.

-Oh, ¡Qué bien!- Dijo ella. Después del incidente con Cristina, Carlos y ella se habían distanciado y ahora, el puesto de mejor amigo de Carlos lo ocupaba David. El grupo se había roto y cada uno había seguido su camino, pero ellos dos seguían en contacto y Carlos solía venir a cenar alguna noche que otra a su casa.- ¿Cómo le va la terapia?

-Mal. Me ha llamado, ha recaído.


Después de que Cristina se largara con Álvaro en su boda, Carlos tuvo que visitar a psicólogos. Se había sumido en una profunda depresión rápidamente. Cristina le llamó para que se llevara todas las cosas de su casa en un mínimo de una semana. El piso ya lo había puesto en venta, obligando así a que Carlos tuviera que buscarse un nuevo hogar rápidamente. De Álvaro no supimos nada. Carlos seguía entre médicos, psicólogos y alguna que otra pitonisa que le prometía que su amor verdadero volvería. Intentó volver con Verónica, pero le fue imposible, no la quería y no se iba a engañar. Cayó en una dependencia de algunas de las pastillas que le habían recetado, y entró seis meses en una clínica de desintoxicación.

Pensábamos que lo perdíamos. Pero durante este último año todo le iba mejor. Había estado saliendo con varias chicas, estas relaciones no le habían durado mucho, nunca quiso decirnos cuál era el problema, pero todos lo sabíamos, su problema tenía nombre y apellidos.

No había conseguido olvidarla, ni con psicólogos ni con las pastillas, y eso era algo duro de llevar, y más para él. Ahora había encontrado un trabajo formal en una agencia de publicidad y todo parecía irle bien. No me esperaba aquella recaída.

-¿Ha vuelto a las pastillas?-Pregunté.

-Me ha dicho que sólo lo ha hecho una vez. La semana pasada, se tomó tres, para poder dormir mejor.

-¿Qué ha pasado, qué le ha hecho recaer?

-Cristina.

-Eso ya lo sabemos.- Dijo Yoli sin darle mucha importancia.

-No, Yoli. Cristina ha vuelto.- Un escalofrío le recorrió la espalda. El momento había llegado. Tarde o temprano se enterarían de que Cristina estaba ahí con su ayuda.



Cristina Noyes © 2012

Capítulo 3.



Pasó por su oficina a las diez de la mañana. Se había vestido con una camisa blanca, con los dos botones de arriba abiertos, unos pantalones tejanos oscuros y un chaleco a juego. Llevaba su teléfono móvil en la mano y parecía nervioso.

-El Doctor Harper le atenderá en breves. Puede esperar aquí -Dijo después de entregarle su DNI para poderse identificar. La nueva secretaria le indicó que podía sentarse en unos sofás que parecían cómodos. Sabía que era nueva puesto que la semana pasada no estaba, y ésta no le conocía.

-¿Le ha pasado algo a Vanesa? - Preguntó él, con cautela.

-Se ha tomado unas semanas se vacaciones, yo estoy en su sustitución - la chica le dedicó una gran sonrisa y volvió a hacerle caso al monitor de su ordenador. Empezó a teclear rápidamente y cogió el auricular del teléfono.-El señor Pérez Marco ha venido a verle.-Esperó un rato, en silencio y después asintió.- Ahá, está bien.- Cuando colgó, miro sonriente a Carlos y le dijo.- Puedes pasar, te está esperando.



Carlos anduvo por el pasillo hasta el despacho, abrió la puerta lentamente y ahí estaba Benjamin, esperándole con una de sus mejores sonrisas.

-¿Cómo estás, Carlos? -Preguntó él, indicándole que podía sentarse en el diván para las consultas.

-Bastante nervioso, por eso he querido adelantar la cita, han pasado cosas… - Carlos se tumbó en el diván, dejando en una mesa su teléfono móvil y su cartera. El doctor Harper se levantó de su escritorio y se sentó en la silla que había al lado de Carlos.

-Cuéntame -Llevaba muchos años viéndole y Carlos le había indicado, tiempo atrás, que podía tutearle.

-Hace una semana que ha vuelto.

-¿Quién? - El Doctor cogió una libreta y empezó a apuntar las cosas que creía convenientes de la conversación que iba a tener con Carlos.

-Cristina - El volver a decir su nombre hacía que su piel se erizara.

-Hacía mucho que no hablábamos de ella 
- Le indicó el psicólogo.- Así que ha vuelto. ¿Cómo?

-Me la encontré en una cafetería, me dijo que quería hablar conmigo y me pidió perdón.

-¿Cómo fue, cómo te encontró?

-No lo sé. Simplemente escuché su voz por encima del ruido de la cafetería, y al girarme ahí estaba ella. Nos sentamos en una mesa, apartada de la gente, para poder hablar. Pero ninguno de nosotros habló.

-Os quedasteis callados.

-Sí. En silencio. Ella fue la que habló.

-¿Qué dijo?

-Lo siento - Carlos se calló.

-¿Solamente dijo eso?

-Solamente eso. Nada más. No pudo. Empezó a temblar y al final se marchó. Corriendo. Otra vez.- Benjamin no iba a decir nada más durante esa sesión. Carlos ya estaba encaminado. Tenía que dejar que hiciera sus pausas, sus suspiros y él le iría contando todo, todo lo que había sentido.- Así que cuando se marchó me fui a casa, me tomé un té y me metí en la cama. Después, cuando me desperté, ya era de noche, pero salí a la terraza y me puse a escribir. Una canción.

-Para ella - Dijo Benjamin.

-Nunca va a escucharla. –Carlos volvió a callarse.- ¿Sabes? Cuando la vi, por un momento desaparecieron estos cuatro años de mi mente, desapareció la boda, y volví al día en que nos conocimos. En aquel concierto, en aquella sala en la que se quejó de mis fans y de su dolor de cabeza por haber salido de fiesta. Recuerdo sus ojos como si hiciera nada que los hubiera visto. Recordé cada una de las palabras me que dijo aquél día y recordé lo bien que nos lo pasamos en nuestra primera cita. Recordé los buenos momentos y deseé abrazarla con todas mis fuerzas y no dejarla ir nunca. Nunca. Pero no sé qué le pasó, vi miedo en sus ojos. Otra vez.



La cocina se le daba bastante bien. Más que bastante bien. En casa era ella la que cocinaba. Rocío solía hacer otras cosas mientras Cristina cocinaba. Había empezado a cocinar después de la boda. De la No boda. Para evadir los recuerdos y centrarse en otras cosas, y así cogió la táctica. Cocinaba siempre que algo la atormentaba y no la dejaba dormir. Cocinaba cuando en su mente había caos y tal era el caos que había ahora, que había preparado un primer plato, un segundo plato, estaba haciendo una ensalada y en su mente estaba repasando la receta para hacer el postre.

-¿Quieres que te ayude en algo? –Preguntó Rocío entrando en la cocina.

-Puedes empezar a fregar todo esto.- Cristina le señaló algunos utensilios de cocina, platos y sartenes.- Ahora no los voy a necesitar, lo que voy a necesitar va a ser espacio.

-¿Viene alguien a comer? -Preguntó Rocío, cómo quién pregunta de qué color eran los azulejos del baño.

-No - Dijo Cris y dio media vuelta, mirando a Rocío. Había dejado en el mármol el cuchillo con el que estaba troceando una cebolla y se la miró seria.- No va a venir nadie a comer.

-Entonces tendremos que guardar esta comida. Has hecho comida para una semana.- Pero Rocío sabía por qué había hecho algo, sabía que su amiga, en los malos momentos, cocinaba.-¿Estás bien?

-No - Dijo Cristina y volvió de nuevo a la cebolla.-He intentado llamarlo. Diez veces. Pero no puedo darle al botón verde y hacer la llamada. A veces no he podido ni descolgar el teléfono.

-Creo que tienes un problema –Dijo Rocío seriamente.- Y esta vez, te lo digo enserio. Tienes un problema fuera de los ataques de pánico y fuera de la cocina. Llevan un mes aquí y sólo has podido decirle que lo sientes. Creo que va siendo hora de que hablemos con un profesional.





Cristina Noyes © 2012

Capítulo 2.




No pudo aguantar más. No aguantó hasta abrir la puerta, las manos le temblaban de tal forma que no pudo sostener las llaves, y menos meterlas dentro de la pequeña ranura de la cerradura. Las llaves se le cayeron de las manos. Manos de mantequilla. Estaban heladas y sudadas, eso impedía que pudiera controlar las llaves. Notaba cómo el corazón se le aceleraba y, como vio que no podía abrir la puerta por su cuenta, llamó al timbre repetidas veces. Nada. Su compañera de piso no estaba. Seguramente habría salido, ella le había dicho que podía salir, que ella iba a estar toda la tarde fuera. Pero no había sido verdad. Había empezado su ataque de pánico en aquella pequeña cafetería, después la había acompañado en su viaje en metro y ahora, cuando intentaba llegar a su casa, a su nuevo piso, a su zona segura, el pánico la acechaba y no la dejaba vivir en paz.


Se deslizó por la pared, llorando ya. Le costaba respirar y sentía que las paredes se cernían sobre ella. Desde que estaba en Madrid, era la primera vez que le había pasado, y llevaba ya un mes allí. Carlos. Era Carlos, el volver a verle, el volver a escuchar su voz, esa voz por la que tanto había hecho y llegaría a hacer. Ver sus ojos, notar sus manos, su cariño.

Cerró los ojos y apretó las manos contra ellos. Le iba a estallar la cabeza, el corazón se le iba a salir del pecho y le faltaba aire. Notó que empezaba a marearse y que pronto perdería el conocimiento.


Rocío subió las escaleras lentamente. Se había ido de compras, habían caído en sus garras unos zapatos amarillos de los que llevaba enamorada desde que llegó a Madrid, así como un corto vestido negro con pedrería en la parte del pecho. Subió los últimos dos escalones y se la encontró en el suelo, sentada, con las manos cerradas en puños y en las sienes. Tenía los ojos cerrados y la cabeza baja. Las llaves y el bolso estaban tirados por el rellano, delante de la puerta. Salió corriendo, lanzó las bolsas al suelo y empezó a despertarla, dándole pequeños golpes en los brazos.

-Cris, Cris, venga - La zarandeó, pero Cristina se movió cómo si de un peso muerto se tratara, como si estuviera dormida.- No me hagas esto, por Dios, has tenido que esperar hasta que estabas sola. Joder, no me hagas esto, ahora no. No te mueras Cris –Rocío sentía que iba a llorar. La tumbó y comprobó que respiraba. La tumbó y rápidamente le elevó los pies por encima del nivel del corazón.

Le dolía ver a su amiga ahí, en el suelo, cómo tantas veces la había visto ya, pero ya sabía lo que había de hacer, lo había estudiado y había podido ponerlo en práctica con ella.

Se conocían desde pequeñas, desde que iban a la escuela habían sido grandes amigas; ella iba a ser una de las damas de honor de la boda que nunca tuvo lugar. Cuando Cristina se marchó a Barcelona con Álvaro, su relación con Rocío volvió a mejorar. Ya no estaban tan lejos, quedaban para ir a comprar, para salir por ahí y divertirse, tomarse algo, ir al cine. Cristina había decidido retomar aquella amistad, y, en su vuelta a Madrid, había querido que ella la acompañara. Habían pasado por muchas cosas juntas, muchas. Los ataques de ansiedad de Cris eran la novedad en aquella amistad. Desde hacía seis meses, aquellos ataques las acompañaban día y noche.

Cristina recuperó el conocimiento, se quedó con los ojos abiertos, quieta, mirando hacia el techo. Rocío se dejó caer al suelo y suspiró fuertemente. Estaba sudando. Cristina seguía sin hablar, y Rocío se dio cuenta de que estaba llorando.

-Venga, metámonos dentro antes de que llamen al casero - La ayudó a levantarse, apoyándola en su hombro y la dejó en el sofá. Cristina se quedó mirando a la nada, llorando silenciosamente mientras Rocío salía al rellano y recogía las llaves y el bolso de su amiga, así como sus bolsas de la compra.

-Lo siento –Murmuró Cris. Rocío acababa de cerrar la puerta, dejó sus bolsas en el sofá y le llevó a Cris un vaso de agua.

-No lo sientas, no es tu problema, ahora bebe - Se sentó a su lado y la ayudó con el vaso de agua.

-Sí es mi problema. Mi cuerpo se ha acostumbrado a hacer estas cosas cuando…

-Para, para. Relájate o te va a volver a pasar - Cuando se hubo acabado el agua, Rocío llevó el vaso a la cocina y empezó a vaciar las bolsas.- Mira qué me he comprado.- Dijo para distraerla, que se calmara y pensara en otra cosa. Rocío sacó los zapatos amarillos de la bolsa y se los probó, lanzando los suyos al otro lado del comedor.- ¿te gustan? No he podido retenerme.

-¿Qué hay en la otra bolsa?

-¡Un vestido!- Sonrió la Rocío y se encaminó hasta la bolsa. -¿Quieres que me lo pruebe?

-Por favor - Dijo Cris con una sonrisa en los labios.

-Voy a la habitación, no te muevas del sitio y, sobre todo, no te mueras.

-No me voy a morir, todavía tengo que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Te esperaré aquí.

Rocío no se marchó muy convencida. Se cambió de ropa rápidamente y salió al comedor. Estaba espectacular y Cris envidiaba el cuerpo de su amiga.

-Tenemos que salir de fiesta a vivir la noche madrileña y beber hasta perder el sentido.


Carlos, en la otra punta de la ciudad, cogió papel y bolígrafo y salió a su terraza. Le acompañaba una lata de cerveza, bien fresquita. Se sentó en una de las sillas que había comprado para aquella gran terraza y observó la noche. Se veían estrellas, pocas de ellas, pero ahí estaban y él lo sabía.

Había sido un día bastante raro.

Encontrarse con Cristina le había puesto nervioso. Tan nervioso que tuvo que tomarse un té y ponerse a dormir nada más llegar a casa. Había sido extraño. No se la esperaba, no se la había esperado nunca, pero ahí había estado. Entre medias de toda aquella gente y sólo mirándole a él, con los ojos llenos de lágrimas. Le había pedido tomar algo con él, tomar algo y hablar. Pero no habían podido. Ella había pronunciado aquellas dos simples palabras: Lo siento. Y Carlos no podía apartarlas de su cabeza. ¿Las sentía ella de verdad? No habían podido hablar porque ella había salido corriendo, otra vez. Carlos tenía miedo de que la historia volviera a repetirse cuatro años después.





Cristina Noyes © 2012

Capítulo 1.




Se habían sentado en una mesa, al fondo de la cafetería. Sentados al lado de un gran ventanal desde el que se veía el apogeo de la gente. El ir y venir de las personas por la Gran Vía, pensando en sus cosas, hablando por su teléfono móvil, despreocupados de lo que pasara a su alrededor. Carlos sostenía la taza de su café entre sus manos. Las tenía heladas, de los nervios, e intentaba calentarlas con el calor que desprendía la taza. El sol entraba por la ventana, bañando la espalda de Cristina que tenía su vista fija en su taza de café, mientras le daba vueltas, sin parar, ya que le había echado el azúcar. Carlos no podía apartar la vista de Cristina, y ella sabía, de sobra, que él la estaba mirando. Sentía esa sensación, esa sensación que se tiene cuando sabes que alguien te está mirando, que tenía la vista clavada en ella. No quería levantar la cabeza. Estaba sopesando qué sería lo que le diría y cómo no encontraba nada realmente bueno, seguía removiendo su café.


Carlos no podía parar de mirarla. La encontraba distinta, muy cambiada. Cuatro años no pasaban en balde. Estaba más delgada y su pelo había oscurecido, seguramente debido a algún tinte. Sus ojos seguían claros, claros como el agua, claros como el cielo sin nubes. Preciosos. Sus uñas seguían cortas, en eso no había cambiado, pero había algo diferente en esos brazos, un tatuaje con una simple frase que él recordaba haberle dicho alguna que otra vez: Tal vez tú me traigas suerte. Esa simple frase que Carlos no podía parar de repetir en su cabeza. Era el principio de una de las canciones de Auryn. Grupo que ya no existía, desde hacía cuatro años. La frase hizo que se estremeciera. Pensó que tal vez ella se la había tatuado por Álvaro.


-Lo siento - El mundo pareció pararse. Los ojos de Cristina se encontraron con los de Carlos. Los notaba húmedos, llenos de lágrimas que llevaban cuatro años encerradas. De todo el ruido de los murmullos que había en aquella cafetería, a Carlos le parecía que todos se habían callado en ese momento. Dos simples palabras que había esperado durante más de cuatro años habían parado el mundo. Tal y como él lo había imaginado.

La miró durante unos segundos más. No sabía cómo responder a esas dos palabras. Lo había estado pensando durante mucho tiempo. Sobre todo los primeros días desde que Cristina se marchó. ¿Qué debía responder? ¿Qué estaba todo bien, que la perdonaba? No, eso no iba a responderlo. Había estado cuatro años. Cuatro años. Esperando a que ella llegara, con sus largas piernas, sus preciosos labios y pronunciara aquellas dos palabras. Y ahora que había llegado ese día, no sabía cómo actuar o qué responder.


Parado delante de ella, soltó la taza de café y puso las manos entre sus piernas. Tuvo que frotárselas ya que las tenía heladas de los nervios. Suspiró. Cristina seguía mirándole, esperando una respuesta, una simple frase para dejar de sentirse tan mal. Sabía que Carlos no le iba a decir lo que ella quería escuchar. Está bien, todo arreglado, olvidemos estos años, olvidemos lo que pasó y empecemos de cero. No se lo iba a decir y eso era lo que más le dolía. No iba a escuchar esas palabras. Ella volvió a bajar la mirada hacia su café. Había parado de darle vueltas y cogió la taza con una mano. Estaba temblando. Antes de que Carlos pudiera darse cuenta, ella cogió la taza con las dos manos y se la llevó lentamente hacia sus labios. Pero Carlos ya se había dado cuenta de que ella temblaba. Cristina no pudo sostener la taza y la dejó en la mesa, sin apartar los ojos de ella. Carlos movió sus brazos, los sacó de debajo de la mesa y rodeó las manos de Cristina con las suyas. Estaban heladas.


Se quedaron así durante un rato. Las manos de Carlos intentaban calentar las de Cristina, que se aferraban a la taza del café, buscando más calor. Cuatro años después, estaba más nerviosa que en su primera cita. No era normal.

-Está bien - Murmuró Carlos, al fin. No estaba bien, tenía muchas preguntas que hacerle, muchas cosas que contarle, muchas cosas que recriminarle, pero no podía mirarla a la cara y soltárselo todo, y menos ahí.

Cristina elevó la mirada, intentando explicarse, sin que le salieran las palabras.

-No - Dijo Carlos y la calló. Sacó un billete de cinco de su bolsillo y lo dejó en la mesa. Se levantó, le hizo un gesto al camarero y ayudó a levantarse a Cris, que se estaba aguantando las lágrimas.- Creo que esto será mejor que lo hablemos en un sitio más… tranquilo. –A Carlos también se le hacía un nudo en la garganta a la hora de hablar, pero tenía que ser fuerte o los dos se derrumbarían en aquél lugar.

-No –Dijo Cristina seria. Se zafó de las manos de Carlos y se colgó el bolso en su hombro derecho. – No puedo Carlos.- Se calló al escuchar como esas palabras volvían a salir por su boca cuatro años después. Debía arreglarlo. –Ya te buscaré, te llamaré y volveremos a vernos, a quedar y a hablarlo, ahora no puedo.- No estaba arreglando nada, pero toda ella temblaba de tal manera que pensaba que se iba a caer.- De verdad, te lo juro. Estaré en Madrid durante un tiempo. Prometo llamarte. –Diciendo estas últimas palabras abrió la puerta de la cafetera, negando con la cabeza mientras se alejaba de Carlos, otra vez. Y salió corriendo calle abajo, mientras las lágrimas le inundaban el rostro y acababan con su maquillaje.


Lo había vuelto a hacer. Había vuelto a huir de Carlos en un intento desesperado por volverlo todo a la normalidad. Tenía esa costumbre, cuando todo le iba mal, cuando todo empezaba a irle mal, corría. Salía corriendo y se alejaba de los problemas. Igual que había pasado cuando se marchó a Pamplona porque Carlos cortó con ella, igual que había pasado cuando se enteró, en Alicante, de que Carlos tenía una aventura. Igual que pasó cuando se enteró de que Álvaro se marchaba a vivir a París con Aurélie. Siempre huía, siempre.


Corrió calle abajo y se metió en la primera boca de metro que encontró. Gran Via. Desde ahí, en dos paradas estaba en su nueva casa. Perfecto. Pasó su billete de tren y las puertas mecánicas se abrieron. Bajó las escaleras y se metió en el vagón nada más que el metro llegó. Se sentó entre una señora mayor que leía el periódico y una chica joven que hablaba por su teléfono móvil. Odiaba su vida, y eso que acababa de volver a empezar. Se bajó en su parada, Alonso Martínez, y anduvo por un par de calles hasta que encontró su nuevo portal.


Todo esto era nuevo para ella. Estaba de nuevo en Madrid, con una nueva compañera de piso, en un piso alquilado, en un barrio nuevo, con un color de pelo nuevo, un trabajo nuevo. Y volver a empezar de nuevo con Carlos, si él le dejaba.




Cristina Noyes © 2012

SEGUNDA PARTE DTPML.

Debido a unos cambios que tenemos pensados hacer en el fanfic y demás, hemos decidido crear este nuevo blog en el que iremos subiendo la segunda parte de Donde tus palabras me lleven, pues la primera parte quedará privatizada hasta nuevo aviso.


De esta forma, en este nuevo blog (cuya dirección es exactamente igual que el otro solo que con un 2 detrás) iremos subiendo como hasta ahora, semana a semana, un nuevo capítulo.


Recordamos que si queréis salir en el fanfic haciendo una pequeña aparición, debéis mandar un correo a dondetuspalabrasmelleven@gmail.com con vuestros datos, explicando cómo sois tanto físicamente cómo psicológicamente para que os podáis identificar con el personaje. Si queréis que vuestro personaje tenga otro nombre, también debéis indicarlo, igual que si queréis que pase X cosa concreta, podéis especificarlo y ya veremos lo que podemos hacer.

Todas las críticas, siempre que sean constructivas, serán bien recibidas.

Además, recordad que esto lo hacemos sin ánimo de lucro, solamente para pasar el rato y mejorar la habilidad de escritura.

Si queréis contactar con nosotras, os recordamos nuestros twitter.

Escritora @CristinaNoyes – Mánager y agente @2worldscollide_

¡¡y no os olvidéis de seguir al twitter del fanfic, en el que diariamente pondremos noticias y avances!! @DTPMLfanfic

Gracias a todo el mundo por el apoyo :)


-Cristina y Yolanda