martes, 9 de abril de 2013

Capítulo 29.



A Cristina le vino todo a la mente, cómo si alguien la controlara e hiciera que todos los recuerdos le llegaran de golpe a la mente. Miró a Carlos que estaba atónito, sin decir una palabra, mirando fijamente a la alfombra. Cristina se sentía fatal, tenía ganas de llorar, de tomar pastillas, de beber alcohol. Pero no podía hacerlo. Sabía todo lo que estaba pasando por la cabeza de Carlos. Todo. Porque ella también lo había pensado. Había barajado todas las ideas posibles cuando se enteró de que, en efecto, estaba embarazada, y que era de Álvaro, del que se había despedido hacía unos tres meses y de quién esperaba no volver a saber nada en mucho.

Carlos levantó la vista. Cristina había parado de llorar y lo estaba mirando, pero tenía la vista perdida, estaba pensando en qué hacer, qué decir para romper el silencio.

-¿ibas a… ibas a decírmelo?- Preguntó Carlos con la voz entrecortada.
-Iba a hacerlo cuando todo entre nosotros iba bien. Porqué iba bien, y quería estar contigo aunque eso no era lo que yo tenía en mente al volver. Pero después pensé que me odiarías, así que pensé que… -Cristina negó con la cabeza y se encaminó a las escaleras negando con la cabeza. Cuando iba a subir un peldaño se giró.- No, no, estoy loca, pero no voy a volver a huir. – Cristina volvió al lado de Carlos, que la miraba atónita y se dejó caer sobre el sofá- Sabes qué… No.- Se cortó, cogió aire y cerró los ojos. Notó las manos de Carlos que se entrelazaban con las suyas y abrió los ojos y lo miró.
-Coge aire. Tómate tu tiempo. –Dijo él tranquilizándola. Ella notó cómo le temblaban las piernas, suerte que ya estaba sentada. Negó con la cabeza y sonrió lo que pudo.
-Es que eres tan bueno conmigo, después de todas las putadas que te he hecho. Me odio aún más por esto. Por todo, por la boda y ahora por esto del bebé. –Ella empezó a llorar de nuevo, y volvió mandarse serenarse. No podía estar toda la vida lloriqueando por sus acciones.- ¿te acuerdas que te conté mi problema con…? -Señaló su vientre, mordiéndose el labio inferior.- Sabes que no puedo… que me costará, que me costaría.- Se rectificó.

Carlos la miraba esperando que ella se explicara mejor. Sabía a qué se refería, pero no sabía a qué venía. La miraba con amor, con el amor que él, a pesar de todas las cosas, aún seguía sintiendo por esa chica.

-Álvaro y yo íbamos a tener un bebé. – Dijo ella en lo que pareció una sonrisa.- Y justo en el estreno de su obra de teatro, mi cuerpo prefirió deshacerse de nuestro bebé. –Cada palabra le dolía en lo más hondo. – Entré en un bucle de desesperación, se suponía que ya tenía mi vida hecha con Álvaro, que nos iba bien, y que por eso, estaba decidida a tenerlo. Pero lo perdí. – Dijo intentando aguantarse las lágrimas.- Lo perdí y no pude hacer nada. Me odié cada día que pasaba por que no era lo suficientemente buena para darle un hijo a Álvaro.- Hizo una pausa y pensó si lo que estaba haciendo era lo correcto.- Y entonces, cuando Álvaro me dejó, supe que todo lo malo que me había estado pasando había sido por todo lo que te hice. Y quise venir a arreglar las cosas…-Cristina suspiró profundamente y volvió a tragarse sus lágrimas.- Pero antes de venir me encontré con Álvaro, justo un día antes de volver a Madrid. Y quise tener un buen recuerdo de él.- Cristina asintió, ahora al recordarlo, se arrepentía de haber hecho lo que hizo.- No estuvo bien, lo sé, pero tenía que hacerlo, tenía que acabar bien con él, acabar como amigos que una vez tuvieron algo.
-¿Lo… lo sigues queriendo, te sigue gustando?- Preguntó Carlos temeroso.
-No, no, no.- Cristina negó rápidamente con la cabeza. – Lo he visto aquí fuera y no he sentido nada. Rabia, por que no sabía cómo puede saber que estábamos aquí, y por cómo me ha tratado. Nada de amor, no lo quiero, no me gusta.
-¿Sabe qué…?- Carlos miró al vientre de Cristina.
-Lo sabe ahora. Me ha visto y no sé cómo, lo ha sabido.

Se produjo un silencio incómodo en el que ninguno de los dos dijo nada por unos segundos. 
Las ideas fluían por la cabeza de Cristina, quería decirle tantas cosas y no sabía ni por dónde empezar.

-Carlos…- Bajó la mirada, pues no sabía cómo formular la frase.- No quiero perder a este bebé. No sé cuándo podré volver a quedarme embarazada… Sé que es duro, no sé ni cómo decírtelo, yo…
-Cris.- Carlos le acarició el mentón y la miró. Estaba serio, pero podías ver que en sus ojos brillaba algo de alegría.- Te quiero, y quiero que seas feliz, y sé que esto es duro para ti, y sé que te va a costar, lo he sabido siempre, hemos ido juntos al médico, sé lo que es, he pasado por esto, he tenido verdadero miedo por pensar que nunca llegaría a tener un hijo contigo. – A Carlos se le entrecortaba la voz y Cristina no pudo aguantarse más las lágrimas.- Te quiero Cristina, siempre lo he hecho, desde el primer día que te vi en aquél concierto, pasando por el día en que me dejaste en la iglesia, creo que ese día te quise más, mucho más, por haberme hecho ver que la había cagado y vi lo fuerte que eras, y me enamoré más de ti. Y te quiero ahora, mucho, y quiero que tengas ese bebé, porque pienso cuidarlo y quererlo igual que lo hago contigo.

Cristina empezó a llorar. Sollozaba y parecía que se iba a ahogar, tuvo que soltarse de las manos de Carlos para taparse la cara y la boca. Tenía que calmarse o le iba a dar algo. Sobretodo porque su médico le había aconsejado que podrían dañar su embarazo. Carlos se quedó ahí parado. La estaba viendo llorar cómo nunca antes la había visto y no sabía cómo actuar. La quería, y el amor que le profesaba era inmensurable, por esa razón entendía que los problemas de Cristina para quedarse embarazada, así cómo para que sus embarazos fueran exitosos, eran lo más importante para ella y por una vez que lo había conseguido, no tenía por qué renunciar a ello.

Iba a quererla a ella, con sus pros y sus contras, teniendo una historia por detrás, más o menos turbia que las de otras personas, e iba a querer a ese bebé, aunque por sangre no fuera su hijo, en corazón sabía que ya lo era.



Cristina Noyes © 2012

martes, 12 de marzo de 2013

Capítulo 28.



-Apuesto cinco euros a que con ella no te divertías de esta manera. –Dijo Cristina riendo, mientras caía encima de la cama.

Álvaro negó con la cabeza, riendo y pasó el pincel, bañado en pintura verde y dibujó un bigote en la cara de Cris. Ella sonrió y después hinchó sus mejillas y empezó a reírse a carcajadas. Solían hacer eso, encerrarse en la habitación, con pinturas, y dibujarse cosas sobre la piel. Y ahí estaban, como al principio, cuando compraron aquél piso en el paseo de Gracia y pintaron las paredes, en ropa interior, y con el cuerpo cubierto de pintura de todos los colores; roja, negra, verde, azul…

Álvaro se dejó caer en la cama, al lado de Cris, y ella se giró y volvió a besarlo, dejando en la cara del chico las manchas de pintura del bigote, y ensuciándole las mejillas con los restos de pintura que había en sus manos. Rápidamente, Cris se subió encima de él y continuó besándolo, cómo si no pudiera parar de hacerlo, cómo si una fuerza sobrenatural le obligara a hacerlo y la mantuviera pegada a los labios del chico. Las manos ágiles de Álvaro bajaron por la espalda de Cris, hasta posarse en su cintura. Ahí se aferraron fuertemente, mientras que Álvaro se apartaba de los labios de Cris.

-No quiero hacerte daño. –Murmuró él.
-Ya lo has hecho. No creo que puedas empeorarlo. –Dijo ella sonriendo, y desabrochándose el sujetador.-Pero antes de que me vaya quiero recordarte así, no enfadados.
-¿Irte? El que se va soy yo.

Cristina soltó una carcajada.

-¿No has visto las maletas? –Señaló ella a la maleta que había en el suelo, abierta.- Me voy a Madrid.- Y antes de que él pudiera contestarle, ella volvió a abalanzarse sobre los labios del chico, y él la recibió.
Cristina no quería escuchar las palabras de Álvaro, no quería que él le preguntaba por qué se iba, por qué dejaba su Barcelona natal, otra vez, para irse a Madrid. Había sido una decisión que le había costado días tomar, pero al final lo había hecho. Había reservado un vuelo, había pedido una excedencia en el trabajo, había buscado un piso de alquiler y se iba en dos días.

Los brazos de Álvaro vagaban libremente sobre el cuerpo desnudo de Cristina, ella, sentada encima de él, cabalgando. Estaba feliz, estaba sonriendo, sería la última vez que lo viera, y era la mejor manera de cerrarle la puerta a esa vida pasada, para poder abrir la próxima puerta, una puerta a su nueva vida, de nuevo en Madrid, para enmendar todo lo que había hecho. Las manos de Álvaro, hábiles de tantos años de experiencia, se aferraron a los pechos de Cristina y apretaron, haciendo volver a la chica a aquella pequeña habitación de un piso de Barcelona. Cristina miró a Álvaro en los ojos y negó con la cabeza por que sabía lo que él le iba a preguntar. “¿En qué piensas?” Ella cerró los ojos y alzó los brazos, se movía al ritmo de Álvaro, y con los brazos en alto, parecía que bailara.

Cuando acabaron, Cristina se paseó por su piso desnuda, cómo solía hacer, y Álvaro se quedó en la habitación, acabándose de vestir.

-Vas a quedarte a cenar. ¿Verdad?- Dijo ella sonriendo, asomándose por el marco de la puerta. Álvaro estaba abrochándose los cordones de sus zapatillas y levantó la vista, sonriendo, hacia dónde estaba la chica.
-¿Vas a cocinar tú? –Preguntó él, con aire melancólico.- Al menos deja que disfrute una vez más de tus macarrones nocturnos. ¿No?

Cristina no podía negarse, si era la última vez que iban a verse, y habían hecho el amor una última vez, ella podía hacerle unos macarrones nocturnos.

La última vez que iban a verse.

Cristina se paró en seco en medio de la cocina, un dolor agudo le atravesó el pecho y le costaba coger aire. ¿Qué le estaba pasando ya? La última vez que iba a ver a Álvaro sí, ¿y? Se preguntó. No me seas tonta Cristina, has querido hacer esto para acabar bien. Él te dejó, hizo que no te casaras y se largó con una francesa. Lo había olvidado, ahora no vuelvas a encariñarte de él. Hazle los macarrones, cenad, reíd, bebed y mañana será otro día. Será el inicio de una nueva vida.



Cristina Noyes © 2012

viernes, 1 de febrero de 2013

Capítulo 27.



Estaba con el armario abierto, mirando de par en par la ropa que se iba a llevar de nuevo a Madrid mientras Rocío, en la cocina, preparaba unas tazas de café, o una taza de leche manchada de café, cuando escuchó unas voces provenientes del salón. Pensó que sería Agus, el novio de Rocío, que había acabado de instalarle unos nuevos programas en el ordenador y se había ido a la cocina.
-¿Qué haces aquí, cómo es que aún tienes llaves?- era la voz de Rocío, y aunque hablaba como en susurros, eso ya no le encajaba. Cristina la notó alterada. Cerró el armario y caminó por el pasillo lentamente, intentando descifrar de quién era aquella voz que aún no podía reconocer.
De la habitación dónde tenía el ordenador, salió Agus, con las manos en los bolsillos. Con los ojos le preguntó lo que Cristina tenía en su mente. “¿Con quién habla?”
Caminar descalza era relajante para Cristina, y cómo era su casa, lo hacía siempre. Siempre. Por eso, al llegar al salón, ninguno de los dos que ya había ahí, pareció reparar en que ella iba descalza y despeinada. Agus se paró detrás de ella, agarrándola por la cintura al ver quién había en el salón.
-Vaya- Murmuró Rocío, dejando las dos tazas sobre la mesa que había delante del sofá. Miró a Agus y sonrió.- Creo que nosotros ya nos vamos. ¿Sí?
-Eh, sí, claro. Si tienes algún problema con el ordenador… -Dijo Agus, pero era evidente que no se refería al ordenador.- No dudes en llamarnos, en llamarme.
Cristina asintió y esperó pacientemente a que ellos recogieran sus cosas y salieran por la puerta. Álvaro se había quedado inmóvil en el comedor, con una chaqueta bajo del brazo, escrutando con la mirada a Cristina, que vestía una camiseta larga, estaba descalza y despeinada. Le encantó. Sonrió de lado, pero ella parecía cada vez más cabreada. Se sentó en el sofá después de haber cogido una taza de café y miró al chico.

-Explícate.
Álvaro fue a hablar, pero no sabía cómo hacerlo. Se había marchado hacía seis meses a París, con Aurélie y ahora había vuelto, sin una llamada, un mensaje o algo. Negó con la cabeza y se dejó caer en el sofá.
-Puedes beberte esa taza de café, Álvaro, creo que Rocio no va a venir a bebérsela.-Álvaro hizo lo que le dijo la chica, y dejó su fina chaqueta encima de una silla; se volvió a sentar en el sofá.
-No sé por dónde empezar.
-Se suele empezar por el principio, sino se considera spoiler.- Cristina, aún enfadada, consideraba su ácido sentido del humor. Álvaro sonrió y le cogió la mano a Cristina, entrelazando sus dedos. Ella no apartó la mano.
-Hemos venido a Barcelona a arreglar unos papeles del teatro. He venido con Aurélie. –Hizo una pausa y miró a Cristina, que se estaba bebiendo el café con la mirada perdida.- Pero he pensado en pasar a verte, y cómo tenía las llaves… he venido.
-Me podía haber dado un infarto si llegas a venir y estoy sola. Sabes que nadie más tiene casa. Me hubiera dado un ataque al corazón.- Dijo seriamente.- Capullo.
-Gracias.- Dijo él aceptando el insulto.                 
-¿Y a qué has venido?
-A verte, a hablar contigo. No quiero que estemos mal.
-No estamos mal.- Negó Cristina con la cabeza.- Lo dejaste todo muy claro cuando te fuiste con ella. Ya no sentías lo mismo por mi, nos lo habíamos pasado bien, habíamos hecho lo que habíamos querido durante casi cuatro años, y ahora, la magia de aquellos días se había desvanecido.
-Te acuerdas de mis palabras.
-Las palabras que te marcan más son las que más recuerdas.
-Entonces… ¿Está todo bien?
-Claro. No lo estoy pasando mal. Simplemente creo que es el karma. Lo que yo le hice a Carlos me viene devuelto.
-Pero tú y yo teníamos una historia.
-Tú te encargaste de destruirla, Álvaro. Carlos y yo también la teníamos, y también la destruiste, no te olvides.
-La destruiste tú.
-Tú ayudaste, ni pusiste ninguna pega en que yo la destruyera.- Cristina lo miró sonriendo.- Te he dicho que está todo bien, idiota. ¿Buscas mi perdón para vivir feliz con Aurélie? Lo tienes. Sé lo que es estar enamorado de una persona y que entre otra en tu vida y te haga olvidarte. Ya sabes lo que dicen, que si amas a una persona, y después amas a otra, es que no amabas lo suficiente a la otra. Y yo me he dado cuenta de que a veces es así.
Álvaro se quedó callado y entonces lo comprendió.
-¿Todavía sientes algo por él?

-Creo que es irremediable. –Dijo ella sonriendo.- Fue como un sueño.-Los ojos le brillaron al recordarlo todo.- Me hacía feliz, ¿Sabes?- Cristina miró a Álvaro, que sonreía complacido al verla tan feliz. Le apretó la mano y se inclinó para besarla. Ella lo miró y dudó unos segundos, después acercó su cabeza y besó a Álvaro.
Él le apretó más la mano y Cristina lo apartó.
-Lo siento, no venía a cuento.
-No, no. -Dijo ella riendo, le quitó la taza de la mano a Álvaro y la llevó, junto a la suya, hasta la cocina. Las dejó en el fregadero y se quedó mirando el grifo. ¿Qué estaba haciendo? Seguramente no volverían a verse, y quería mucho a Álvaro. Caminó de nuevo hasta el salón y se dejó caer en el sofá, miró a Álvaro sonriendo y volvió a besarlo.


Cristina Noyes © 2012

jueves, 17 de enero de 2013

Capítulo 26.


-Creo que voy a vomitar.- Murmuró Cristina, volviendo a agachar la cabeza. Carlos no sabía qué hacer, le había entrado el pánico.- ¡Joder!- Gritó Cristina y ambos pudieron escuchar cómo la puerta del coche se cerraba. – Mierda, mierda. –Murmuraba Cristina mientras Carlos, nervioso, recogía las toallas y las doblaba haciendo que parecieran dos churros.

Cristina empezó a andar, subiendo la pequeña colina en la que se habían tumbado. Había empezado a andar sin esperar a Carlos, que se había quedado unos pasos detrás de ella, todavía dudando sobre qué debía hacer.

Todos estos años había aceptado que Álvaro le había levantado la novia, y se había resignado. ¿Ahora qué iba a pasar? ¿Se la iba a quitar otra vez, se iba a enfrentar a él?

Cristina llegó antes que él hasta Álvaro, que estaba esperándola de brazos cruzados. Iba con barba de tres días y Cristina no pudo evitar pensar que le quedaba de muerte. Se maldijo interiormente y se plantó delante de él. Iba descalza, por lo que seguía siendo más bajita que él.

-¿Qué haces aquí?- Le preguntó enfadada.
-Creo que la pregunta correcta es qué haces tú aquí y con él.-No creo que esa sea la pregunta correcta, Álvaro.
-¿Qué le pasa?- Preguntó el recién llegado, señalando con la barbilla a Carlos. Cristina se giró y pudo verlo dónde habían estado ellos tumbados anteriormente.- ¿No va a venir a saludarme?
-Eres un capullo.- Dijo ella, profiriéndole un pequeño puñetazo en el estómago.
-A ti no puedo pegarte, ¿me equivoco?- Preguntó sonriente.
-¿Cómo lo sabes?- Murmuró ella, esperando que Carlos no pudiera escucharlos.
-¿El qué, que estás embarazada?- Dijo y después se echó a reír.- ¡vamos! Lo tienes escrito en la cara.
-Baja la voz. –Murmuró.
-Vaya. ¿No sabe el rubio que va a ser papá?- Cristina, al escuchar estas palabras, levantó la vista y miró a Álvaro con gesto apenado.- Espera…
-No…- Cristina negó con la cabeza, pero Álvaro ya lo había entendido todo.
-No puede ser. Dime que no. –Negaba con la cabeza.- ¿Quién lo sabe?
-¿Qué…?
-Que estás embarazada.
-Solamente Nahia.
-¿Y que es mío, eso lo sabe ella?

Cristina palideció. Ella ya lo sabía, había hecho sus cuentas, pero nadie más podía enterarse. Pero si Álvaro se había enterado solo con ver la expresión de su cara. Los demás podrían enterarse también.

-No, no, no. –Negó con la cabeza.- Este bebé no es tuyo.- Dio media vuelta y se metió de nuevo en la casa de Nahia. Carlos llegó unos minutos después y encontró a Cristina hecha un ovillo en el sofá, acariciando al gato pelirrojo de Nahia, Alfie.
-Ya se ha ido. –Murmuró él.


Cristina cerró los ojos e inspiró profundamente cuando lo vio entrar.

- ¡Joder!- Gritó dándole un golpe al sofá. Carlos se dejó caer y la abrazó mientras ella volvía a estallar en llanto.

Carlos acunó a la chica entre sus brazos, besándole en la cabeza, para tranquilizarla. Ella no paraba de pensar en sus pastillas, en aquellas pastillas que conseguían que se calmara, que se relajara. ¿Dónde tendría el bolso? Empezó a darle vueltas a todo y se odió por lo que estaba haciendo, por lo que había estado ocultando. Había llegado el momento de explicarlo. Se zafó de los brazos de Carlos y se limpió la cara de lágrimas y rímel corrido y miró a Carlos, mientras hacía un puchero y trataba de tragarse las lágrimas.

-Hay una cosa que tengo que decirte.- Murmuró ella con voz queda, mirando hacia el suelo.
-¿Está todo bien? ¿Te ha hecho daño, qué te ha dicho?
-Carlos sabes que yo te quiero, lo sabes.- Cristina buscó sus manos y Carlos la miró receloso.
-No me gusta cómo estás empezando a explicármelo.
-Ni yo sé cómo hacer esto. Dios. Me odio por todo lo que está pasando.
-¿¡Pero qué está pasando!?- Gritó él.
-Carlos…- Dijo ella en un murmuro.- Estoy embarazada.- Dijo esta vez, seria, y se sorprendió ella misma por que no estaba llorando.

Carlos se quedó pálido, más de lo que ya lo era y la miro fijamente a los ojos. Tardó unos segundos en asimilar las palabras y hacer cálculos mentales.

-¿Eso era todo?-Murmuró aliviado.- ¡Genial! ¿No? ¡Vamos a tener un bebé! Sabes que nunca he sido bueno en todo esto pero todo es….

Cristina empezó a negar con la cabeza cuando escuchó a Carlos tan alegre, tan contento por aquella noticia.

-No, no. ¿Qué pasa, no has acabado?- Murmuró Carlos cuando Cristina se levantó y empezó a dar vueltas encima de la alfombra.
-No es tuyo, Carlos. Es… es de Álvaro.- Murmuró ella, mordiéndose las uñas. Carlos la miró perplejo.
-Pero se fue a París hace más de un año. ¿Verdad?

Cristina lo miró seriamente, su rostro estaba lleno de pena mientras negaba con la cabeza y se mordía insistentemente una uña. Volvió a echarse a llorar.

-Volvió Carlos, volvió antes de que yo viniera.


Cristina Noyes © 2012

martes, 25 de diciembre de 2012

Capítulo 25.


Nahia llevó a Cristina hasta el comedor y se la quedó mirando fijamente, sonriendo.

-Te veo distinta.- Murmuro la chica entrecerrando los ojos.
-¿Qué quieres decir? Estoy igual que siempre…- Dijo Cristina evitando su mirada, recorriendo toda la estancia.
-No. Te conozco, y tú sabes que te conozco y que sé lo que te pasa.

Cristina puso sus cinco sentidos en lo que Nahia le estaba diciendo. Sabía que tenía razón y la miró rápidamente. Nahia asintió lentamente y Cristina empezó a suplicarle con la mirada.

-No digas nada, por favor.- Murmuró.
-¡Oh Dios mio!- Nahia se tapó la cara con las manos justo en el momento en el que Dani y Carlos hacían su majestuosa entrada en el comedor, admirando los dos pisos hechos con madera, así cómo las escaleras el suelo y la chimenea.
-¿Qué pasa?- Preguntó Dani sonriente, sentándose al lado de Nahia.
-Nada, eh… Me siento cómo hace cuatro años atrás, ¿vosotros no? Me es raro estar todos… juntos. –Dijo la chica para poder justificar sus palabras de asombro. -¿Hacemos una pequeña cena? –Dijo levantándose de golpe, nerviosa, y llevándose a Cristina con ella hasta la cocina. Los chicos las siguieron, así que no pudieron hablar más del tema.


Nahia y Daniel sacaron embutido, pan y pusieron a calentar en el horno una gran pizza para los cuatro, ya que ya habían puesto a dormir al pequeño Daniel. Durante la cena hablaron de cosas tan simples cómo el fútbol, de lo diferente que era vivir en una casa alejada del pueblo y del nuevo reencuentro entre Carlos y Cristina.


A la mañana siguiente, Nahia y Daniel sorprendieron a Carlos y Cristina dejándolos solos en aquella gran casa, así que a Carlos le pareció una buena forma de despertar a su novia que llevándole el desayuno a la cama. Lo cocinó todo silenciosamente, aunque realmente dudaba si el ruido dela cocina llegaría hasta su habitación. Rebuscó por todos los armarios hasta que pudo encontrar lo que necesitaba. Una jarra para poner la leche, dos tazas para la leche manchada de café de Cris y su café con leche de por las mañanas, unos platos para las tostadas y una bandeja para ponerlo todo. Subió las escaleras sigilosamente y cuando entró a la habitación, dejó la bandeja en una pequeña mesa que había y se sentó en la cama.


Cristina estaba durmiendo boca arriba, solamente vestida por unas braguitas negras y una camiseta ancha, que ahora estaba subida y dejaba ver su vientre. Carlos sonrió, Cristina estaba engordando.

-Cris. –Murmuró para despertarla y esta abrió los ojos cuando notó la mano de Carlos en su vientre. Se incorporó de golpe, con los ojos como platos.- eh, princesa, soy yo. No hay de qué asustarse.
-Carlos.- Murmuró ella, apartando la mano del chico de su vientre y bajándose la camiseta.- Estaba… teniendo una especie de pesadilla. Me has asustado.
-Ya lo he visto, ya. Te he traído el desayuno. –Dijo él sonriente, levantándose y llevando hasta la cama el desayuno.- Por cierto, no sé si dejarte comer las tostadas, eh. –Le dijo guiñándole un ojo.- Diría que alguien está engordando.
-Es que me cuidas muy bien, Carlos.- Ella sólo dijo eso antes de atacar a las tostadas. Tenía un hambre voraz.


Después de desayunar, Cristina se dio una ducha rápida y obligó a Carlos a salir. Pasearon por los jardines que tenían Nahia y Daniel, se llevaron una pelota y estuvieron un rato correteando por el jardín trasero de la casa. Desde ahí se veía perfectamente la entrada de la casa, por si Nahia y Daniel regresaban, ellos podían ver el coche perfectamente.


Carlos había cogido un par de toallas y se habían tumbado en la hierba, bastante lejos de la casa, pero todavía en la parte de hierba perteneciente a la casa de sus amigos, cuando oyeron el motor de un coche. Carlos se levantó y se quitó las gafas de sol para poder ver el coche.

-¿El coche de Dani y Nahia de qué color era?- Preguntó en un susurro. Su estómago se acababa de cerrar en un puño.
-Azul… Azul oscuro. Casi negro. No, negro. –Cristina esperó.- Azul oscuro.
-Entonces no son ellos. Es rojo este.
-Carlos, ¿tanto te costaba acordarte del color del coche? Lo vimos anoche, y de azul oscuro a rojo…- Dijo ella levantándose para mirar el coche.

Era un todoterreno rojo. Y no era ni de Nahia, ni de Daniel. Cristina sabía perfectamente de quién era. Se levantó de golpe de la hierba y se puso una mano en el vientre. Rápidamente sintió una punzada y se inclinó hacia adelante, apoyándose con una mano en su pierna, mientras que la otra seguía en su vientre.

-Mierda.- Murmuró. Carlos se levantó de golpe y la cogió por detrás.
-¿Estás bien?
-No, no. No estoy bien.- Dijo ella negando con la cabeza. Cuando volvió a erguirse, miró a Carlos a los ojos.
-¿Qué pasa?- Preguntó él, temeroso.
-Es Álvaro.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Capítulo 24.


Carlos miró la pantalla del GPS una vez más, pensaba que se había equivocado de casa; aquella era demasiado grande, demasiadas ventanas y demasiado espacio para Daniel y Nahia, pensó. Pero tal vez debería haber hecho caso a Cristina, cuando daba vueltas incesantemente por el comedor de casa hablando maravillas de la casa de Nahia, que si era enorme, que si tenía muchas habitaciones.

Miró hacia el asiento del copiloto, y ahí estaba Cristina, medio tumbada en el asiento y dormida. Las luces de la tarde caían sobre su pelo, su cara y su pecho y le parecía la chica más guapa del mundo. Le sabía mal despertarla, así que deslizó su mano por el hombro de ella, acariciándole la piel suavemente. Llevándola después a la mejilla y susurrando su nombre.

Una de las muchas cosas buenas que tenía Cristina era su buen despertar. Podías despertarla a la hora que fuera, que lo primero que hacía era mirarte y sonreírte. Después te daba los buenos días y se servía una gran taza de leche manchada de café. Pero en el coche, y a las siete de la tarde, poca leche encontraría.

-¿Ya hemos llegado? –Preguntó ella, sacando a Carlos de su ensoñación mientras se desperezaba.
-Eso parece. –Dijo Carlos volviendo a mirar a la gran casona que tenían delante.
-Sí. Esa es la casa de Nahia.- Murmuró Cristina y se quitó el cinturón.

Los dos anduvieron hasta la puerta de entrada arrastrando sus maletas por la grava. Cristina entrelazó sus dedos con los de Carlos y besó su mejilla antes de llamar al timbre. Se oyeron unos pasos bajar unas escaleras, un golpe, y las llaves girar al otro lado de la puerta.

Abrió la puerta una sonriente Nahia que se lanzó rápidamente al cuello de Cristina e hizo que la mano de la chica y la de Carlos se separaran.

-¡Dios qué guapa estás!- Exclamó la chica, sosteniéndola por los hombros. Estás preciosa de morena, preciosa.- Después miró a Carlos y le sonrió, le dio dos besos y le dio un fuerte abrazo. Cuatro años sin verse las caras era duro.


Cuando Cristina y Carlos se separaron, hicieron una especie de separación de amigos, algunos eligieron en qué bando debían quedarse, cuál de los dos era más amigo. Otros no tuvieron la misma opción, Cristina se encargó de poner tierra de por medio. Nahia prefirió elegir, y eligió a Cristina y Álvaro. Siempre los había apoyado, y le parecía que hacían una pareja perfecta. ¿Por qué no apoyar a su amiga?

Cuando se mudaron a vivir de nuevo a Bilbao, Daniel se encargó de separarse de los demás, ya que se veían bien poco y hablaban de vez en cuando.

Cuando se separaron Nahia y Carlos, pudieron ver en la puerta a Daniel, esperando, de brazos cruzados, mirando fijamente a Carlos. Cuando Nahia se apartó, Daniel salió corriendo y se abalanzó sobre Carlos, los dos se abrazaros y se quedaron ahí juntos mucho rato.

Carlos apretó a Daniel contra su pecho, y notó como si su vida volviera unos años atrás. Sabía que podía acabar llorando. Recordó cada uno de los momentos que habían pasado juntos, cómo se habían conocido, el primer concierto, la primera puesta en escena en aquél programa, las entrevistas, las firmas de discos, los viajes interminables para ir a hacer concierto a lugares remotos. Todos aquellos momentos pasados y que ahora le habían venido a la cabeza de golpe.

-Vaya casa tienes.- dijo Carlos cuando consiguieron separarse, a ambos se les veía emocionados puesto que hacía mucho tiempo que no se veían.
-Pasad hombre, pasad.- Les instó Nahia.- Dentro está puesto el aire acondicionado y se me va a escapar el gato.- Dijo sonriendo y cogiendo a Cris de la cintura para conducirla dentro de la casa.
-Nahia, ¿puedes llevar la maleta de Carlos?- Preguntó Dani amablemente. Ella asintió.- Quiero enseñarle una cosa antes de entrar, Cris ya conoce todo esto.


Dani cogió a Carlos por los hombros y lo llevó unos metros más allá de dónde el joven había aparcado el coche hacía escasos minutos.

-¿Ves todo esto?- Preguntó Dani.
-Solamente veo campo. Verde. –Dijo Carlos un poco intrigado, girándose a mirar la cara de su amigo.
-Todo esto, hasta aquellos árboles…- Daniel hizo una pausa para darle más énfasis a sus palabras.- Todo esto es mío, amigo.- Dijo palmeando el hombro del otro.

Carlos se quedó sin habla. No podía creerse que todos aquellos metros de tierra, todo verde, todo precioso, fuera de Daniel. Su Daniel, el pequeño Blueheart de Auryn. Ambos se quedaron en silencio, cogidos de los hombros, admirando la inmensidad de los campos.



Cristina Noyes © 2012

jueves, 13 de diciembre de 2012

Capítulo 23.




El calor azotaba fuertemente las calles de Madrid, y ni el aire acondicionado del dúplex de Carlos les hacía pasar bien este caluroso verano. Cristina se paseaba ligera de ropa, hablando de cosas sin sentido. En su mente, no podía parar de darle vueltas a la charla que habían tenido los tres; Carlos, Carol y Cris, hacía más de dos semanas.
-Nos vamos al norte.- Sentenció. Cogió su teléfono y marcó el número de Nahia. Esta contestó alegremente.
-Hola preciosa.-Dijo y aguardó a las palabras de Cristina
-¿Cómo lo tienes para que vayamos unos días a tu gran casona?
-¿Vayamos?- Se quedó callada. ¿Tú y quién más, pillina?
-Yo y Carlos, por supuesto.

Nahia no esperaba esa respuesta. Esperaba escuchar el nombre de Álvaro, escuchar que ya se habían arreglado. Pero no, era Carlos, de nuevo. Se quedó callada.
-¿Qué te parece?- Preguntó la chica. Le molestaban aquellos silencios, y más si sabía a qué eran debidos. Nahia estuvo al lado de Cris cuando esta decidió marcharse con Álvaro y siempre los había apoyado.
-Sí, claro, venid cuando queráis. Sabes que aquí hay habitaciones de sobra.
-Perfecto. ¿Cuánto iríamos?- Ahora Cristina le hablaba de nuevo a Carlos.- Dice Carlos que si pasado mañana te va bien.
-Claro, venid de aquí a dos días y lo tendréis todo ya preparado. Sabes la dirección, ¿no? Pues antes de llegar, me llamáis.


Nahia se había puesto muy contenta con la inminente visita de Cris, aunque esta viniera con la sorpresa de que estaba de nuevo con Carlos. Nada más colgar, llamó a Dani.
-Hola, soy Daniel, si has dado con mi número… ¡Eres muy afortunado! Prueba a dejar un mensaje y si tienes suerte, te devolveré la llamada.- Nahia odiaba el contestador automático de su marido.
-Oye, rubio arrogante, mueve el culo de tus clases de kárate y devuélveme la llamada, es importante.

Dejó el teléfono en la cocina y fue hasta la habitación dónde guardaban las sábanas. Cogió dos juegos de sábanas; uno para una cama de matrimonio, y otro para una cama individual. Subió las escaleras y se puso a hacer las camas. La mente de Nahia había trazado un plan.


Cuando Daniel llegó a casa después de sus clases de kárate los sábados, se encontró a su mujer en el piso de arriba, acabando de ordenar una habitación de invitados.
-¿Vamos a tener invitados?- Preguntó éste rodeándola por la cintura y besando su cuello. Acción que ella rechazó con un movimiento rápido, apartándose de él y del armario dónde estaba colocando unas mantas.- Veo que seguimos enfadados por lo de anoche.- Dijo él alzando las manos.
-¿Has puesto la ropa a lavar, o directamente has venido a meterme mano?- Preguntó ella de manera reprochante, sin dejar de ordenar las cosas, sin mirar al chico.
-Lo he dejado todo en la cocina.
-¿Y Dani?- Preguntó refiriéndose a su hijo.
-Está en la cocina con Alfie. ¿Vas a hacerme caso? –Le rogó el chico mientras Nahia caminaba de habitación en habitación, colocando las cosas bien para los próximos invitados.
-¿Qué?- Dijo ella dejando un montón de sábanas caer sobre una de las camas. Miró a Daniel enfadada y resopló.
-¿Quién va a venir?- El chico meditó la pregunta y finalmente hizo esta.
-Arg, que te den. –Volvió a coger la ropa y se marchó escaleras abajo. Llegó a la cocina y besó en la cabeza a su hijo, después metió la ropa en la lavadora y volvió a la cocina para abrir la mochila de kárate de su marido y su hijo. Daniel la seguía, esperando una respuesta. Nahia se giró al sentir su presencia, más cerca que antes.- Va a ser una sorpresa. No te voy a decir quién va a venir.
-¿Por qué?- Quiso saber el chico.
-Primero de todo, porque es una sorpresa. Segundo, porque me matarías y tercero, porque sigo enfadada contigo por lo de anoche.
-¡Pero si solamente te quité el mando de la televisión!- Gritó él, poniéndose las manos en la cabeza.
-Pues por eso. –Murmuró ella con la boca pequeña, pasando otra vez a su lado, esquivándolo.
-No puedes estar toda la vida así.
-No me retes. –Dijo ella y se agachó para coger a Daniel. – Enciende el horno, la comida está dentro.- Dijo ella mientras se marchaba al salón con su hijo.

Ambos se sentaron en el salón, en un gran sofá de piel que tenían. El pequeño Daniel se puso a ver la televisión, mientras que Nahia cogía su teléfono y empezaba a mandar unos mensajes. Reía para ella, tal vez el karma se lo devolviera después, pero tenía que probar a ver qué pasaba.




Cristina Noyes © 2012