martes, 25 de diciembre de 2012

Capítulo 25.


Nahia llevó a Cristina hasta el comedor y se la quedó mirando fijamente, sonriendo.

-Te veo distinta.- Murmuro la chica entrecerrando los ojos.
-¿Qué quieres decir? Estoy igual que siempre…- Dijo Cristina evitando su mirada, recorriendo toda la estancia.
-No. Te conozco, y tú sabes que te conozco y que sé lo que te pasa.

Cristina puso sus cinco sentidos en lo que Nahia le estaba diciendo. Sabía que tenía razón y la miró rápidamente. Nahia asintió lentamente y Cristina empezó a suplicarle con la mirada.

-No digas nada, por favor.- Murmuró.
-¡Oh Dios mio!- Nahia se tapó la cara con las manos justo en el momento en el que Dani y Carlos hacían su majestuosa entrada en el comedor, admirando los dos pisos hechos con madera, así cómo las escaleras el suelo y la chimenea.
-¿Qué pasa?- Preguntó Dani sonriente, sentándose al lado de Nahia.
-Nada, eh… Me siento cómo hace cuatro años atrás, ¿vosotros no? Me es raro estar todos… juntos. –Dijo la chica para poder justificar sus palabras de asombro. -¿Hacemos una pequeña cena? –Dijo levantándose de golpe, nerviosa, y llevándose a Cristina con ella hasta la cocina. Los chicos las siguieron, así que no pudieron hablar más del tema.


Nahia y Daniel sacaron embutido, pan y pusieron a calentar en el horno una gran pizza para los cuatro, ya que ya habían puesto a dormir al pequeño Daniel. Durante la cena hablaron de cosas tan simples cómo el fútbol, de lo diferente que era vivir en una casa alejada del pueblo y del nuevo reencuentro entre Carlos y Cristina.


A la mañana siguiente, Nahia y Daniel sorprendieron a Carlos y Cristina dejándolos solos en aquella gran casa, así que a Carlos le pareció una buena forma de despertar a su novia que llevándole el desayuno a la cama. Lo cocinó todo silenciosamente, aunque realmente dudaba si el ruido dela cocina llegaría hasta su habitación. Rebuscó por todos los armarios hasta que pudo encontrar lo que necesitaba. Una jarra para poner la leche, dos tazas para la leche manchada de café de Cris y su café con leche de por las mañanas, unos platos para las tostadas y una bandeja para ponerlo todo. Subió las escaleras sigilosamente y cuando entró a la habitación, dejó la bandeja en una pequeña mesa que había y se sentó en la cama.


Cristina estaba durmiendo boca arriba, solamente vestida por unas braguitas negras y una camiseta ancha, que ahora estaba subida y dejaba ver su vientre. Carlos sonrió, Cristina estaba engordando.

-Cris. –Murmuró para despertarla y esta abrió los ojos cuando notó la mano de Carlos en su vientre. Se incorporó de golpe, con los ojos como platos.- eh, princesa, soy yo. No hay de qué asustarse.
-Carlos.- Murmuró ella, apartando la mano del chico de su vientre y bajándose la camiseta.- Estaba… teniendo una especie de pesadilla. Me has asustado.
-Ya lo he visto, ya. Te he traído el desayuno. –Dijo él sonriente, levantándose y llevando hasta la cama el desayuno.- Por cierto, no sé si dejarte comer las tostadas, eh. –Le dijo guiñándole un ojo.- Diría que alguien está engordando.
-Es que me cuidas muy bien, Carlos.- Ella sólo dijo eso antes de atacar a las tostadas. Tenía un hambre voraz.


Después de desayunar, Cristina se dio una ducha rápida y obligó a Carlos a salir. Pasearon por los jardines que tenían Nahia y Daniel, se llevaron una pelota y estuvieron un rato correteando por el jardín trasero de la casa. Desde ahí se veía perfectamente la entrada de la casa, por si Nahia y Daniel regresaban, ellos podían ver el coche perfectamente.


Carlos había cogido un par de toallas y se habían tumbado en la hierba, bastante lejos de la casa, pero todavía en la parte de hierba perteneciente a la casa de sus amigos, cuando oyeron el motor de un coche. Carlos se levantó y se quitó las gafas de sol para poder ver el coche.

-¿El coche de Dani y Nahia de qué color era?- Preguntó en un susurro. Su estómago se acababa de cerrar en un puño.
-Azul… Azul oscuro. Casi negro. No, negro. –Cristina esperó.- Azul oscuro.
-Entonces no son ellos. Es rojo este.
-Carlos, ¿tanto te costaba acordarte del color del coche? Lo vimos anoche, y de azul oscuro a rojo…- Dijo ella levantándose para mirar el coche.

Era un todoterreno rojo. Y no era ni de Nahia, ni de Daniel. Cristina sabía perfectamente de quién era. Se levantó de golpe de la hierba y se puso una mano en el vientre. Rápidamente sintió una punzada y se inclinó hacia adelante, apoyándose con una mano en su pierna, mientras que la otra seguía en su vientre.

-Mierda.- Murmuró. Carlos se levantó de golpe y la cogió por detrás.
-¿Estás bien?
-No, no. No estoy bien.- Dijo ella negando con la cabeza. Cuando volvió a erguirse, miró a Carlos a los ojos.
-¿Qué pasa?- Preguntó él, temeroso.
-Es Álvaro.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Capítulo 24.


Carlos miró la pantalla del GPS una vez más, pensaba que se había equivocado de casa; aquella era demasiado grande, demasiadas ventanas y demasiado espacio para Daniel y Nahia, pensó. Pero tal vez debería haber hecho caso a Cristina, cuando daba vueltas incesantemente por el comedor de casa hablando maravillas de la casa de Nahia, que si era enorme, que si tenía muchas habitaciones.

Miró hacia el asiento del copiloto, y ahí estaba Cristina, medio tumbada en el asiento y dormida. Las luces de la tarde caían sobre su pelo, su cara y su pecho y le parecía la chica más guapa del mundo. Le sabía mal despertarla, así que deslizó su mano por el hombro de ella, acariciándole la piel suavemente. Llevándola después a la mejilla y susurrando su nombre.

Una de las muchas cosas buenas que tenía Cristina era su buen despertar. Podías despertarla a la hora que fuera, que lo primero que hacía era mirarte y sonreírte. Después te daba los buenos días y se servía una gran taza de leche manchada de café. Pero en el coche, y a las siete de la tarde, poca leche encontraría.

-¿Ya hemos llegado? –Preguntó ella, sacando a Carlos de su ensoñación mientras se desperezaba.
-Eso parece. –Dijo Carlos volviendo a mirar a la gran casona que tenían delante.
-Sí. Esa es la casa de Nahia.- Murmuró Cristina y se quitó el cinturón.

Los dos anduvieron hasta la puerta de entrada arrastrando sus maletas por la grava. Cristina entrelazó sus dedos con los de Carlos y besó su mejilla antes de llamar al timbre. Se oyeron unos pasos bajar unas escaleras, un golpe, y las llaves girar al otro lado de la puerta.

Abrió la puerta una sonriente Nahia que se lanzó rápidamente al cuello de Cristina e hizo que la mano de la chica y la de Carlos se separaran.

-¡Dios qué guapa estás!- Exclamó la chica, sosteniéndola por los hombros. Estás preciosa de morena, preciosa.- Después miró a Carlos y le sonrió, le dio dos besos y le dio un fuerte abrazo. Cuatro años sin verse las caras era duro.


Cuando Cristina y Carlos se separaron, hicieron una especie de separación de amigos, algunos eligieron en qué bando debían quedarse, cuál de los dos era más amigo. Otros no tuvieron la misma opción, Cristina se encargó de poner tierra de por medio. Nahia prefirió elegir, y eligió a Cristina y Álvaro. Siempre los había apoyado, y le parecía que hacían una pareja perfecta. ¿Por qué no apoyar a su amiga?

Cuando se mudaron a vivir de nuevo a Bilbao, Daniel se encargó de separarse de los demás, ya que se veían bien poco y hablaban de vez en cuando.

Cuando se separaron Nahia y Carlos, pudieron ver en la puerta a Daniel, esperando, de brazos cruzados, mirando fijamente a Carlos. Cuando Nahia se apartó, Daniel salió corriendo y se abalanzó sobre Carlos, los dos se abrazaros y se quedaron ahí juntos mucho rato.

Carlos apretó a Daniel contra su pecho, y notó como si su vida volviera unos años atrás. Sabía que podía acabar llorando. Recordó cada uno de los momentos que habían pasado juntos, cómo se habían conocido, el primer concierto, la primera puesta en escena en aquél programa, las entrevistas, las firmas de discos, los viajes interminables para ir a hacer concierto a lugares remotos. Todos aquellos momentos pasados y que ahora le habían venido a la cabeza de golpe.

-Vaya casa tienes.- dijo Carlos cuando consiguieron separarse, a ambos se les veía emocionados puesto que hacía mucho tiempo que no se veían.
-Pasad hombre, pasad.- Les instó Nahia.- Dentro está puesto el aire acondicionado y se me va a escapar el gato.- Dijo sonriendo y cogiendo a Cris de la cintura para conducirla dentro de la casa.
-Nahia, ¿puedes llevar la maleta de Carlos?- Preguntó Dani amablemente. Ella asintió.- Quiero enseñarle una cosa antes de entrar, Cris ya conoce todo esto.


Dani cogió a Carlos por los hombros y lo llevó unos metros más allá de dónde el joven había aparcado el coche hacía escasos minutos.

-¿Ves todo esto?- Preguntó Dani.
-Solamente veo campo. Verde. –Dijo Carlos un poco intrigado, girándose a mirar la cara de su amigo.
-Todo esto, hasta aquellos árboles…- Daniel hizo una pausa para darle más énfasis a sus palabras.- Todo esto es mío, amigo.- Dijo palmeando el hombro del otro.

Carlos se quedó sin habla. No podía creerse que todos aquellos metros de tierra, todo verde, todo precioso, fuera de Daniel. Su Daniel, el pequeño Blueheart de Auryn. Ambos se quedaron en silencio, cogidos de los hombros, admirando la inmensidad de los campos.



Cristina Noyes © 2012

jueves, 13 de diciembre de 2012

Capítulo 23.




El calor azotaba fuertemente las calles de Madrid, y ni el aire acondicionado del dúplex de Carlos les hacía pasar bien este caluroso verano. Cristina se paseaba ligera de ropa, hablando de cosas sin sentido. En su mente, no podía parar de darle vueltas a la charla que habían tenido los tres; Carlos, Carol y Cris, hacía más de dos semanas.
-Nos vamos al norte.- Sentenció. Cogió su teléfono y marcó el número de Nahia. Esta contestó alegremente.
-Hola preciosa.-Dijo y aguardó a las palabras de Cristina
-¿Cómo lo tienes para que vayamos unos días a tu gran casona?
-¿Vayamos?- Se quedó callada. ¿Tú y quién más, pillina?
-Yo y Carlos, por supuesto.

Nahia no esperaba esa respuesta. Esperaba escuchar el nombre de Álvaro, escuchar que ya se habían arreglado. Pero no, era Carlos, de nuevo. Se quedó callada.
-¿Qué te parece?- Preguntó la chica. Le molestaban aquellos silencios, y más si sabía a qué eran debidos. Nahia estuvo al lado de Cris cuando esta decidió marcharse con Álvaro y siempre los había apoyado.
-Sí, claro, venid cuando queráis. Sabes que aquí hay habitaciones de sobra.
-Perfecto. ¿Cuánto iríamos?- Ahora Cristina le hablaba de nuevo a Carlos.- Dice Carlos que si pasado mañana te va bien.
-Claro, venid de aquí a dos días y lo tendréis todo ya preparado. Sabes la dirección, ¿no? Pues antes de llegar, me llamáis.


Nahia se había puesto muy contenta con la inminente visita de Cris, aunque esta viniera con la sorpresa de que estaba de nuevo con Carlos. Nada más colgar, llamó a Dani.
-Hola, soy Daniel, si has dado con mi número… ¡Eres muy afortunado! Prueba a dejar un mensaje y si tienes suerte, te devolveré la llamada.- Nahia odiaba el contestador automático de su marido.
-Oye, rubio arrogante, mueve el culo de tus clases de kárate y devuélveme la llamada, es importante.

Dejó el teléfono en la cocina y fue hasta la habitación dónde guardaban las sábanas. Cogió dos juegos de sábanas; uno para una cama de matrimonio, y otro para una cama individual. Subió las escaleras y se puso a hacer las camas. La mente de Nahia había trazado un plan.


Cuando Daniel llegó a casa después de sus clases de kárate los sábados, se encontró a su mujer en el piso de arriba, acabando de ordenar una habitación de invitados.
-¿Vamos a tener invitados?- Preguntó éste rodeándola por la cintura y besando su cuello. Acción que ella rechazó con un movimiento rápido, apartándose de él y del armario dónde estaba colocando unas mantas.- Veo que seguimos enfadados por lo de anoche.- Dijo él alzando las manos.
-¿Has puesto la ropa a lavar, o directamente has venido a meterme mano?- Preguntó ella de manera reprochante, sin dejar de ordenar las cosas, sin mirar al chico.
-Lo he dejado todo en la cocina.
-¿Y Dani?- Preguntó refiriéndose a su hijo.
-Está en la cocina con Alfie. ¿Vas a hacerme caso? –Le rogó el chico mientras Nahia caminaba de habitación en habitación, colocando las cosas bien para los próximos invitados.
-¿Qué?- Dijo ella dejando un montón de sábanas caer sobre una de las camas. Miró a Daniel enfadada y resopló.
-¿Quién va a venir?- El chico meditó la pregunta y finalmente hizo esta.
-Arg, que te den. –Volvió a coger la ropa y se marchó escaleras abajo. Llegó a la cocina y besó en la cabeza a su hijo, después metió la ropa en la lavadora y volvió a la cocina para abrir la mochila de kárate de su marido y su hijo. Daniel la seguía, esperando una respuesta. Nahia se giró al sentir su presencia, más cerca que antes.- Va a ser una sorpresa. No te voy a decir quién va a venir.
-¿Por qué?- Quiso saber el chico.
-Primero de todo, porque es una sorpresa. Segundo, porque me matarías y tercero, porque sigo enfadada contigo por lo de anoche.
-¡Pero si solamente te quité el mando de la televisión!- Gritó él, poniéndose las manos en la cabeza.
-Pues por eso. –Murmuró ella con la boca pequeña, pasando otra vez a su lado, esquivándolo.
-No puedes estar toda la vida así.
-No me retes. –Dijo ella y se agachó para coger a Daniel. – Enciende el horno, la comida está dentro.- Dijo ella mientras se marchaba al salón con su hijo.

Ambos se sentaron en el salón, en un gran sofá de piel que tenían. El pequeño Daniel se puso a ver la televisión, mientras que Nahia cogía su teléfono y empezaba a mandar unos mensajes. Reía para ella, tal vez el karma se lo devolviera después, pero tenía que probar a ver qué pasaba.




Cristina Noyes © 2012

jueves, 6 de diciembre de 2012

Capítulo 22.


Abrió la puerta de la casa y dejó las llaves sobre un pequeño mueble que había en el recibidor. La música había inundado el piso, The Maine, incansables, después de más de siete años de carrera musical, seguían siendo como al principio, perfectos, y Cristina seguía igual con ellos, enamorada de sus voces, de sus letras, de sus ritmos. 

Anduvo por el pequeño pasillo que había entre el recibidor y la cocina abierta y se encontró a Cristina cocinando, dándole vueltas a algo que tenía en la sartén. Carol la miró sorprendida.

-¿Qué haces tú aquí? –Preguntó secamente. Cristina se asustó, pegó un bote y dejó caer el tenedor de madera con el que le estaba dando vueltas a la comida.
-¿Y tú?- Preguntó ella, con una mano en el pecho. 
-Yo tengo llaves, y creo que tú, de momento, no. ¿Qué haces aquí?- Carol se había puesto en tono de guerra. Los lunes ella le preparaba la comida Carlos y solían comer juntos, en casa de él. ¿Por qué, si iba a estar Cristina en casa, no la había avisado? 
-Estoy haciendo la comida.-Murmuró Cristina, no sabía cómo actuar delante de aquella situación. 
La chica que tenía delante, con la que estaba hablando mientras unas gotas de sudor recorrían su espalda, era la misma chica que había acompañado a Carlos a la cena de presentación del nuevo disco de Blas. ¿Qué estaba pasando? Miró el reloj de su muñeca, en poco más de una hora Carlos llegaría. 

-Los lunes le hago yo la comida, y comemos juntos.- Dijo Carol seriamente. Para ella Carlos era un amigo, un confidente, se lo explicaban todo, y hacían de todo juntos, pero estar cuatro años con una persona, hablando de todo, explicando tus buenos y tus malos momentos, compartiendo cenas, comidas, fiestas, compartiendo cama, noches, días, al final tu corazón siente algo, y eso era lo que le había pasado a Carol. Cuando ella se había enterado, por la boca de Carlos, de que Cristina había vuelto, su cabeza dio un vuelco y empezó a confabular un plan para tratar de separarlos.


Carol avanzó hasta el sofá, dejó su bolso y se sentó en uno de los taburetes, mirando a Cristina mientras cocinaba.

-Vas a tener que hacer comida para tres ya que no pienso marcharme.- Murmuró mirando a su alrededor, para intentar calcular cuanto tiempo había estado Cristina en aquella casa. No lo pudo saber, todo estaba como ella recordaba.
-No entiendo por qué tienes que ser así conmigo.- Murmuró Cristina, le dio una vuelta a un trozo de carne y le añadió un par de almendras molidas al sofrito. 
-¿Qué no lo entiendes? –Exclamó la otra chica, levantándose del taburete y dando un fuerte golpe sobre la barra.- ¿Estás tonta? ¿Tú sabes los dolores de cabeza que me has causado durante estos cuatro años? – Gritó. 

Cristina dejó a un lado el tenedor y se giró, mirando a la chica, esperando una explicación. 

-Desde que te fuiste no ha pasado ni un día en el que Carlos no haya necesitado la ayuda de alguno de sus amigos para seguir en pie, para levantarse por las mañanas y tener ganas de vivir. Había que enseñarle que tú no eras su vida y que la suya no se acababa cuando tú faltases. Pero a él no parecía importarle, tú eras su vida y tú le arrebataste su presente y su futuro con tu marcha, y todos, ¡todos!- gritó.- tuvimos que ayudarle, para que cada día levantara la cabeza y viera que delante tenía un mundo totalmente nuevo, que tú no eras el final del camino, que sólo eras un maldito bache. – Las palabras salían de la boca de Carol con toda la rabia del mundo.- ¡Y ahora que él estaba bien, que volvía a sentir, vuelves a llegar para volvértelo a llevar! –Carol dio media vuelta y salió a la terraza, sacó de su bolsillo un paquete de tabaco y se encendió un cigarro, sus manos temblaban mientras se lo estaba fumando, mirando hacia el horizonte.

Cristina se quedó ahí, en la cocina, sin saber qué hacer. Carlos parecía seguro y contento de su vuelta, pero Carol no estaba nada contenta. Estaba enfadada y a Cristina le daba miedo de lo que fuera capaz de hacer. 

-¿Te das cuenta del dinero que ha invertido Carlos en psicólogos y clases para mantenerse ocupado y no pensar en ti?- Murmuró Carol señalándola con el cigarro.- Joder, es que es él quién debería estar enfadado, no yo. Tú eres la perra que se marchó el día de su boda, tú lo jodiste todo y ahora estoy yo dando la cara por él.
-Quiero que tengas una cosa clara.- Cristina empezó hablando bajito, lo justo para que Carol la escuchara desde la terraza y notara que no estaba alterada.- Carlos ha hablado esto conmigo. Lo hemos hablado los dos. Yo también tuve que ir a psicólogos y a gente de esta que te chupa la cabeza para hacerte olvidar o recordar lo que a ti te interesa, yo también lo he pasado mal, porque, como tú dices, fui una perra que lo dejó tirado el día de su boda, y sí, me largué con uno de sus mejores amigos. Pero en aquél tiempo, Carlos se lo merecía.- Carol abrió la boca para replicar, pero Cristina no le dejó, era el momento de atacar.- Si tan bien estabas tú con él, si tanto os queríais, como me das a entender, ¿me explicas por qué me besó al segundo día de volver? ¿Por qué me trajo a su casa, por que me invitó a cenar y acabamos en la cama?- Cristina se quedó en silencio, observando cómo sus preguntas hacían mella en la mente de Carol.- Anoche ni te nombró mientras me hacía el amor cómo nunca antes.- Concluyó y se dio media vuelta, volviendo a remover el sofrito. 


Carol, en la terraza, cogió el cigarro entre sus labios y se dejó caer sobre una de las sillas, mirando aquél Madrid precioso que tantos días había observado desde ese mismo lugar, abrazada al que ella creía el amor de su vida.



Cristina Noyes © 2012