martes, 25 de diciembre de 2012

Capítulo 25.


Nahia llevó a Cristina hasta el comedor y se la quedó mirando fijamente, sonriendo.

-Te veo distinta.- Murmuro la chica entrecerrando los ojos.
-¿Qué quieres decir? Estoy igual que siempre…- Dijo Cristina evitando su mirada, recorriendo toda la estancia.
-No. Te conozco, y tú sabes que te conozco y que sé lo que te pasa.

Cristina puso sus cinco sentidos en lo que Nahia le estaba diciendo. Sabía que tenía razón y la miró rápidamente. Nahia asintió lentamente y Cristina empezó a suplicarle con la mirada.

-No digas nada, por favor.- Murmuró.
-¡Oh Dios mio!- Nahia se tapó la cara con las manos justo en el momento en el que Dani y Carlos hacían su majestuosa entrada en el comedor, admirando los dos pisos hechos con madera, así cómo las escaleras el suelo y la chimenea.
-¿Qué pasa?- Preguntó Dani sonriente, sentándose al lado de Nahia.
-Nada, eh… Me siento cómo hace cuatro años atrás, ¿vosotros no? Me es raro estar todos… juntos. –Dijo la chica para poder justificar sus palabras de asombro. -¿Hacemos una pequeña cena? –Dijo levantándose de golpe, nerviosa, y llevándose a Cristina con ella hasta la cocina. Los chicos las siguieron, así que no pudieron hablar más del tema.


Nahia y Daniel sacaron embutido, pan y pusieron a calentar en el horno una gran pizza para los cuatro, ya que ya habían puesto a dormir al pequeño Daniel. Durante la cena hablaron de cosas tan simples cómo el fútbol, de lo diferente que era vivir en una casa alejada del pueblo y del nuevo reencuentro entre Carlos y Cristina.


A la mañana siguiente, Nahia y Daniel sorprendieron a Carlos y Cristina dejándolos solos en aquella gran casa, así que a Carlos le pareció una buena forma de despertar a su novia que llevándole el desayuno a la cama. Lo cocinó todo silenciosamente, aunque realmente dudaba si el ruido dela cocina llegaría hasta su habitación. Rebuscó por todos los armarios hasta que pudo encontrar lo que necesitaba. Una jarra para poner la leche, dos tazas para la leche manchada de café de Cris y su café con leche de por las mañanas, unos platos para las tostadas y una bandeja para ponerlo todo. Subió las escaleras sigilosamente y cuando entró a la habitación, dejó la bandeja en una pequeña mesa que había y se sentó en la cama.


Cristina estaba durmiendo boca arriba, solamente vestida por unas braguitas negras y una camiseta ancha, que ahora estaba subida y dejaba ver su vientre. Carlos sonrió, Cristina estaba engordando.

-Cris. –Murmuró para despertarla y esta abrió los ojos cuando notó la mano de Carlos en su vientre. Se incorporó de golpe, con los ojos como platos.- eh, princesa, soy yo. No hay de qué asustarse.
-Carlos.- Murmuró ella, apartando la mano del chico de su vientre y bajándose la camiseta.- Estaba… teniendo una especie de pesadilla. Me has asustado.
-Ya lo he visto, ya. Te he traído el desayuno. –Dijo él sonriente, levantándose y llevando hasta la cama el desayuno.- Por cierto, no sé si dejarte comer las tostadas, eh. –Le dijo guiñándole un ojo.- Diría que alguien está engordando.
-Es que me cuidas muy bien, Carlos.- Ella sólo dijo eso antes de atacar a las tostadas. Tenía un hambre voraz.


Después de desayunar, Cristina se dio una ducha rápida y obligó a Carlos a salir. Pasearon por los jardines que tenían Nahia y Daniel, se llevaron una pelota y estuvieron un rato correteando por el jardín trasero de la casa. Desde ahí se veía perfectamente la entrada de la casa, por si Nahia y Daniel regresaban, ellos podían ver el coche perfectamente.


Carlos había cogido un par de toallas y se habían tumbado en la hierba, bastante lejos de la casa, pero todavía en la parte de hierba perteneciente a la casa de sus amigos, cuando oyeron el motor de un coche. Carlos se levantó y se quitó las gafas de sol para poder ver el coche.

-¿El coche de Dani y Nahia de qué color era?- Preguntó en un susurro. Su estómago se acababa de cerrar en un puño.
-Azul… Azul oscuro. Casi negro. No, negro. –Cristina esperó.- Azul oscuro.
-Entonces no son ellos. Es rojo este.
-Carlos, ¿tanto te costaba acordarte del color del coche? Lo vimos anoche, y de azul oscuro a rojo…- Dijo ella levantándose para mirar el coche.

Era un todoterreno rojo. Y no era ni de Nahia, ni de Daniel. Cristina sabía perfectamente de quién era. Se levantó de golpe de la hierba y se puso una mano en el vientre. Rápidamente sintió una punzada y se inclinó hacia adelante, apoyándose con una mano en su pierna, mientras que la otra seguía en su vientre.

-Mierda.- Murmuró. Carlos se levantó de golpe y la cogió por detrás.
-¿Estás bien?
-No, no. No estoy bien.- Dijo ella negando con la cabeza. Cuando volvió a erguirse, miró a Carlos a los ojos.
-¿Qué pasa?- Preguntó él, temeroso.
-Es Álvaro.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Capítulo 24.


Carlos miró la pantalla del GPS una vez más, pensaba que se había equivocado de casa; aquella era demasiado grande, demasiadas ventanas y demasiado espacio para Daniel y Nahia, pensó. Pero tal vez debería haber hecho caso a Cristina, cuando daba vueltas incesantemente por el comedor de casa hablando maravillas de la casa de Nahia, que si era enorme, que si tenía muchas habitaciones.

Miró hacia el asiento del copiloto, y ahí estaba Cristina, medio tumbada en el asiento y dormida. Las luces de la tarde caían sobre su pelo, su cara y su pecho y le parecía la chica más guapa del mundo. Le sabía mal despertarla, así que deslizó su mano por el hombro de ella, acariciándole la piel suavemente. Llevándola después a la mejilla y susurrando su nombre.

Una de las muchas cosas buenas que tenía Cristina era su buen despertar. Podías despertarla a la hora que fuera, que lo primero que hacía era mirarte y sonreírte. Después te daba los buenos días y se servía una gran taza de leche manchada de café. Pero en el coche, y a las siete de la tarde, poca leche encontraría.

-¿Ya hemos llegado? –Preguntó ella, sacando a Carlos de su ensoñación mientras se desperezaba.
-Eso parece. –Dijo Carlos volviendo a mirar a la gran casona que tenían delante.
-Sí. Esa es la casa de Nahia.- Murmuró Cristina y se quitó el cinturón.

Los dos anduvieron hasta la puerta de entrada arrastrando sus maletas por la grava. Cristina entrelazó sus dedos con los de Carlos y besó su mejilla antes de llamar al timbre. Se oyeron unos pasos bajar unas escaleras, un golpe, y las llaves girar al otro lado de la puerta.

Abrió la puerta una sonriente Nahia que se lanzó rápidamente al cuello de Cristina e hizo que la mano de la chica y la de Carlos se separaran.

-¡Dios qué guapa estás!- Exclamó la chica, sosteniéndola por los hombros. Estás preciosa de morena, preciosa.- Después miró a Carlos y le sonrió, le dio dos besos y le dio un fuerte abrazo. Cuatro años sin verse las caras era duro.


Cuando Cristina y Carlos se separaron, hicieron una especie de separación de amigos, algunos eligieron en qué bando debían quedarse, cuál de los dos era más amigo. Otros no tuvieron la misma opción, Cristina se encargó de poner tierra de por medio. Nahia prefirió elegir, y eligió a Cristina y Álvaro. Siempre los había apoyado, y le parecía que hacían una pareja perfecta. ¿Por qué no apoyar a su amiga?

Cuando se mudaron a vivir de nuevo a Bilbao, Daniel se encargó de separarse de los demás, ya que se veían bien poco y hablaban de vez en cuando.

Cuando se separaron Nahia y Carlos, pudieron ver en la puerta a Daniel, esperando, de brazos cruzados, mirando fijamente a Carlos. Cuando Nahia se apartó, Daniel salió corriendo y se abalanzó sobre Carlos, los dos se abrazaros y se quedaron ahí juntos mucho rato.

Carlos apretó a Daniel contra su pecho, y notó como si su vida volviera unos años atrás. Sabía que podía acabar llorando. Recordó cada uno de los momentos que habían pasado juntos, cómo se habían conocido, el primer concierto, la primera puesta en escena en aquél programa, las entrevistas, las firmas de discos, los viajes interminables para ir a hacer concierto a lugares remotos. Todos aquellos momentos pasados y que ahora le habían venido a la cabeza de golpe.

-Vaya casa tienes.- dijo Carlos cuando consiguieron separarse, a ambos se les veía emocionados puesto que hacía mucho tiempo que no se veían.
-Pasad hombre, pasad.- Les instó Nahia.- Dentro está puesto el aire acondicionado y se me va a escapar el gato.- Dijo sonriendo y cogiendo a Cris de la cintura para conducirla dentro de la casa.
-Nahia, ¿puedes llevar la maleta de Carlos?- Preguntó Dani amablemente. Ella asintió.- Quiero enseñarle una cosa antes de entrar, Cris ya conoce todo esto.


Dani cogió a Carlos por los hombros y lo llevó unos metros más allá de dónde el joven había aparcado el coche hacía escasos minutos.

-¿Ves todo esto?- Preguntó Dani.
-Solamente veo campo. Verde. –Dijo Carlos un poco intrigado, girándose a mirar la cara de su amigo.
-Todo esto, hasta aquellos árboles…- Daniel hizo una pausa para darle más énfasis a sus palabras.- Todo esto es mío, amigo.- Dijo palmeando el hombro del otro.

Carlos se quedó sin habla. No podía creerse que todos aquellos metros de tierra, todo verde, todo precioso, fuera de Daniel. Su Daniel, el pequeño Blueheart de Auryn. Ambos se quedaron en silencio, cogidos de los hombros, admirando la inmensidad de los campos.



Cristina Noyes © 2012

jueves, 13 de diciembre de 2012

Capítulo 23.




El calor azotaba fuertemente las calles de Madrid, y ni el aire acondicionado del dúplex de Carlos les hacía pasar bien este caluroso verano. Cristina se paseaba ligera de ropa, hablando de cosas sin sentido. En su mente, no podía parar de darle vueltas a la charla que habían tenido los tres; Carlos, Carol y Cris, hacía más de dos semanas.
-Nos vamos al norte.- Sentenció. Cogió su teléfono y marcó el número de Nahia. Esta contestó alegremente.
-Hola preciosa.-Dijo y aguardó a las palabras de Cristina
-¿Cómo lo tienes para que vayamos unos días a tu gran casona?
-¿Vayamos?- Se quedó callada. ¿Tú y quién más, pillina?
-Yo y Carlos, por supuesto.

Nahia no esperaba esa respuesta. Esperaba escuchar el nombre de Álvaro, escuchar que ya se habían arreglado. Pero no, era Carlos, de nuevo. Se quedó callada.
-¿Qué te parece?- Preguntó la chica. Le molestaban aquellos silencios, y más si sabía a qué eran debidos. Nahia estuvo al lado de Cris cuando esta decidió marcharse con Álvaro y siempre los había apoyado.
-Sí, claro, venid cuando queráis. Sabes que aquí hay habitaciones de sobra.
-Perfecto. ¿Cuánto iríamos?- Ahora Cristina le hablaba de nuevo a Carlos.- Dice Carlos que si pasado mañana te va bien.
-Claro, venid de aquí a dos días y lo tendréis todo ya preparado. Sabes la dirección, ¿no? Pues antes de llegar, me llamáis.


Nahia se había puesto muy contenta con la inminente visita de Cris, aunque esta viniera con la sorpresa de que estaba de nuevo con Carlos. Nada más colgar, llamó a Dani.
-Hola, soy Daniel, si has dado con mi número… ¡Eres muy afortunado! Prueba a dejar un mensaje y si tienes suerte, te devolveré la llamada.- Nahia odiaba el contestador automático de su marido.
-Oye, rubio arrogante, mueve el culo de tus clases de kárate y devuélveme la llamada, es importante.

Dejó el teléfono en la cocina y fue hasta la habitación dónde guardaban las sábanas. Cogió dos juegos de sábanas; uno para una cama de matrimonio, y otro para una cama individual. Subió las escaleras y se puso a hacer las camas. La mente de Nahia había trazado un plan.


Cuando Daniel llegó a casa después de sus clases de kárate los sábados, se encontró a su mujer en el piso de arriba, acabando de ordenar una habitación de invitados.
-¿Vamos a tener invitados?- Preguntó éste rodeándola por la cintura y besando su cuello. Acción que ella rechazó con un movimiento rápido, apartándose de él y del armario dónde estaba colocando unas mantas.- Veo que seguimos enfadados por lo de anoche.- Dijo él alzando las manos.
-¿Has puesto la ropa a lavar, o directamente has venido a meterme mano?- Preguntó ella de manera reprochante, sin dejar de ordenar las cosas, sin mirar al chico.
-Lo he dejado todo en la cocina.
-¿Y Dani?- Preguntó refiriéndose a su hijo.
-Está en la cocina con Alfie. ¿Vas a hacerme caso? –Le rogó el chico mientras Nahia caminaba de habitación en habitación, colocando las cosas bien para los próximos invitados.
-¿Qué?- Dijo ella dejando un montón de sábanas caer sobre una de las camas. Miró a Daniel enfadada y resopló.
-¿Quién va a venir?- El chico meditó la pregunta y finalmente hizo esta.
-Arg, que te den. –Volvió a coger la ropa y se marchó escaleras abajo. Llegó a la cocina y besó en la cabeza a su hijo, después metió la ropa en la lavadora y volvió a la cocina para abrir la mochila de kárate de su marido y su hijo. Daniel la seguía, esperando una respuesta. Nahia se giró al sentir su presencia, más cerca que antes.- Va a ser una sorpresa. No te voy a decir quién va a venir.
-¿Por qué?- Quiso saber el chico.
-Primero de todo, porque es una sorpresa. Segundo, porque me matarías y tercero, porque sigo enfadada contigo por lo de anoche.
-¡Pero si solamente te quité el mando de la televisión!- Gritó él, poniéndose las manos en la cabeza.
-Pues por eso. –Murmuró ella con la boca pequeña, pasando otra vez a su lado, esquivándolo.
-No puedes estar toda la vida así.
-No me retes. –Dijo ella y se agachó para coger a Daniel. – Enciende el horno, la comida está dentro.- Dijo ella mientras se marchaba al salón con su hijo.

Ambos se sentaron en el salón, en un gran sofá de piel que tenían. El pequeño Daniel se puso a ver la televisión, mientras que Nahia cogía su teléfono y empezaba a mandar unos mensajes. Reía para ella, tal vez el karma se lo devolviera después, pero tenía que probar a ver qué pasaba.




Cristina Noyes © 2012

jueves, 6 de diciembre de 2012

Capítulo 22.


Abrió la puerta de la casa y dejó las llaves sobre un pequeño mueble que había en el recibidor. La música había inundado el piso, The Maine, incansables, después de más de siete años de carrera musical, seguían siendo como al principio, perfectos, y Cristina seguía igual con ellos, enamorada de sus voces, de sus letras, de sus ritmos. 

Anduvo por el pequeño pasillo que había entre el recibidor y la cocina abierta y se encontró a Cristina cocinando, dándole vueltas a algo que tenía en la sartén. Carol la miró sorprendida.

-¿Qué haces tú aquí? –Preguntó secamente. Cristina se asustó, pegó un bote y dejó caer el tenedor de madera con el que le estaba dando vueltas a la comida.
-¿Y tú?- Preguntó ella, con una mano en el pecho. 
-Yo tengo llaves, y creo que tú, de momento, no. ¿Qué haces aquí?- Carol se había puesto en tono de guerra. Los lunes ella le preparaba la comida Carlos y solían comer juntos, en casa de él. ¿Por qué, si iba a estar Cristina en casa, no la había avisado? 
-Estoy haciendo la comida.-Murmuró Cristina, no sabía cómo actuar delante de aquella situación. 
La chica que tenía delante, con la que estaba hablando mientras unas gotas de sudor recorrían su espalda, era la misma chica que había acompañado a Carlos a la cena de presentación del nuevo disco de Blas. ¿Qué estaba pasando? Miró el reloj de su muñeca, en poco más de una hora Carlos llegaría. 

-Los lunes le hago yo la comida, y comemos juntos.- Dijo Carol seriamente. Para ella Carlos era un amigo, un confidente, se lo explicaban todo, y hacían de todo juntos, pero estar cuatro años con una persona, hablando de todo, explicando tus buenos y tus malos momentos, compartiendo cenas, comidas, fiestas, compartiendo cama, noches, días, al final tu corazón siente algo, y eso era lo que le había pasado a Carol. Cuando ella se había enterado, por la boca de Carlos, de que Cristina había vuelto, su cabeza dio un vuelco y empezó a confabular un plan para tratar de separarlos.


Carol avanzó hasta el sofá, dejó su bolso y se sentó en uno de los taburetes, mirando a Cristina mientras cocinaba.

-Vas a tener que hacer comida para tres ya que no pienso marcharme.- Murmuró mirando a su alrededor, para intentar calcular cuanto tiempo había estado Cristina en aquella casa. No lo pudo saber, todo estaba como ella recordaba.
-No entiendo por qué tienes que ser así conmigo.- Murmuró Cristina, le dio una vuelta a un trozo de carne y le añadió un par de almendras molidas al sofrito. 
-¿Qué no lo entiendes? –Exclamó la otra chica, levantándose del taburete y dando un fuerte golpe sobre la barra.- ¿Estás tonta? ¿Tú sabes los dolores de cabeza que me has causado durante estos cuatro años? – Gritó. 

Cristina dejó a un lado el tenedor y se giró, mirando a la chica, esperando una explicación. 

-Desde que te fuiste no ha pasado ni un día en el que Carlos no haya necesitado la ayuda de alguno de sus amigos para seguir en pie, para levantarse por las mañanas y tener ganas de vivir. Había que enseñarle que tú no eras su vida y que la suya no se acababa cuando tú faltases. Pero a él no parecía importarle, tú eras su vida y tú le arrebataste su presente y su futuro con tu marcha, y todos, ¡todos!- gritó.- tuvimos que ayudarle, para que cada día levantara la cabeza y viera que delante tenía un mundo totalmente nuevo, que tú no eras el final del camino, que sólo eras un maldito bache. – Las palabras salían de la boca de Carol con toda la rabia del mundo.- ¡Y ahora que él estaba bien, que volvía a sentir, vuelves a llegar para volvértelo a llevar! –Carol dio media vuelta y salió a la terraza, sacó de su bolsillo un paquete de tabaco y se encendió un cigarro, sus manos temblaban mientras se lo estaba fumando, mirando hacia el horizonte.

Cristina se quedó ahí, en la cocina, sin saber qué hacer. Carlos parecía seguro y contento de su vuelta, pero Carol no estaba nada contenta. Estaba enfadada y a Cristina le daba miedo de lo que fuera capaz de hacer. 

-¿Te das cuenta del dinero que ha invertido Carlos en psicólogos y clases para mantenerse ocupado y no pensar en ti?- Murmuró Carol señalándola con el cigarro.- Joder, es que es él quién debería estar enfadado, no yo. Tú eres la perra que se marchó el día de su boda, tú lo jodiste todo y ahora estoy yo dando la cara por él.
-Quiero que tengas una cosa clara.- Cristina empezó hablando bajito, lo justo para que Carol la escuchara desde la terraza y notara que no estaba alterada.- Carlos ha hablado esto conmigo. Lo hemos hablado los dos. Yo también tuve que ir a psicólogos y a gente de esta que te chupa la cabeza para hacerte olvidar o recordar lo que a ti te interesa, yo también lo he pasado mal, porque, como tú dices, fui una perra que lo dejó tirado el día de su boda, y sí, me largué con uno de sus mejores amigos. Pero en aquél tiempo, Carlos se lo merecía.- Carol abrió la boca para replicar, pero Cristina no le dejó, era el momento de atacar.- Si tan bien estabas tú con él, si tanto os queríais, como me das a entender, ¿me explicas por qué me besó al segundo día de volver? ¿Por qué me trajo a su casa, por que me invitó a cenar y acabamos en la cama?- Cristina se quedó en silencio, observando cómo sus preguntas hacían mella en la mente de Carol.- Anoche ni te nombró mientras me hacía el amor cómo nunca antes.- Concluyó y se dio media vuelta, volviendo a remover el sofrito. 


Carol, en la terraza, cogió el cigarro entre sus labios y se dejó caer sobre una de las sillas, mirando aquél Madrid precioso que tantos días había observado desde ese mismo lugar, abrazada al que ella creía el amor de su vida.



Cristina Noyes © 2012

martes, 27 de noviembre de 2012

Capítulo 21.


Cristina se despertó y miró a su alrededor. Estaba tumbada en una cama de sábanas blancas, igual que las paredes de aquella habitación. Y estaba sola y desnuda, solamente tapada por las sábanas. Se ruborizó en pensar en lo que había pasado en aquella cama. Se levantó, poniéndose de rodillas en la cama y asomándose al pequeño balcón que había en la cabecera de la cama.
La casa de Carlos era una verdadera golosina para un arquitecto caprichoso. La casa constaba de dos plantas; la planta de abajo era dónde se encontraban la mayoría de las estancias, el recibidor, el comedor, una gran habitación con un piano, un cuarto de baño y un gran salón con una gran terraza. El salón tenía las paredes altas, muy altas, ya que la segunda planta quedaba justamente a la mitad, dejando así una especia de balcón que hacía posible que se vieran el salón y la gran terraza desde la cama.

Cuando Cristina se asomó, vio a Carlos en la terraza, en ropa interior, guitarra en mano. Sonrió. Que ella recordara, Carlos no sabía tocar la guitarra. Se levantó de la cama y buscó su ropa interior, después buscó algo dónde meterse, y encontró una camiseta de Carlos. Le pareció buena idea para empezar la mañana, así que se la puso y bajó los escalones de dos en dos y salió a la terraza.

-Buenos días. –Murmuró abrazando por detrás a Carlos y besándolo en la mejilla.
-Buenos días. –Le susurró él. Dejó la guitarra a un lado y se levantó para abrazarla y besarla en los labios.- ¿has dormido bien? No he querido despertarte.
-No te preocupes. He dormido de maravilla.
-He hecho café.-Le dijo rápidamente y la metió de nuevo en la casa.
-Mhmm, perfecto.- Dijo Cris sentándose en uno de los taburetes que tenía la barra de la cocina. Carlos le sirvió una taza de leche con unas pocas gotas de café, cómo a ella le gustaba.
-Aún sigo recordando como solías tomarlo por las mañanas.-dijo devolviendo la jarra de café a su lugar.
-Muchas cosas no han cambiado, Carlos.- Dijo ella y empezó a beber del café. Estaba perfecto.- Por cierto... –Dijo ella sonriendo, dejando la taza en la barra y levantando los brazos.- ¿Cómo es eso de que ahora tocas la guitarra? –Preguntó ella con una gran sonrisa en la cara.
-Ay… -Murmuró Carlos, bajó la cabeza y después la miró a los ojos sonriendo.- Tuve mucho tiempo y… me…bueno, estuve yendo a un psicólogo y… me recomendó hacer cosas nuevas y pensé en tocar la guitarra y… ¡Ahora hasta compongo mis propias canciones!
-¿Sigues cantando?
-Bueno... –Carlos bajó la cabeza.- Alguien se cargó el grupo en el cual cantaba. –Dijo eso y sonrió, para relajar a Cristina.- Y ahora solo canto en casa, o cuando nos juntamos amigos a tomar algo. O en las cenas de empresa… -Dijo esto y se miró el reloj.- Hablando de empresa, llego tarde.

Dicho esto, Carlos besó a Cristina en la mejilla, dejándola con la palabra en la boca y subió corriendo las escaleras hasta el dormitorio, abrió el armario y cogió uno de sus polos veraniegos, uno de color rojo. Ese color le quedaba de maravilla. Se puso unos pantalones tejanos mientras daba saltitos por su dormitorio y buscó sus converse all star de color negro. Bajó las escaleras sin atárselas.

Cristina estaba en la barra, seguía tomándose su leche fría manchada con café mientras escuchaba los pasos de Carlos por las escaleras. Él llegó a su lado y le dio un suave beso sobre sus labios.

-Volveré a eso de las tres, tres y media. –Murmuró haciendo rozar las dos narices.- Puedes quedarte por aquí, ver la tele, tomar el sol en la terraza, lo que quieras. Estás en tu casa –Fue lo último que dijo antes de marcharse y que Cristina se quedara sola y en silencio en aquella casa.

Cristina se acabó la leche, fregó la taza, así como la taza que había utilizado Carlos, subió al dormitorio y volvió a ponerse su ropa de la noche anterior. Hizo la cama y bajó al comedor. Se sentó en el sofá y suspiró. Era una casa bastante grande para una persona sola, pensó. Carlos debería de pasar bastante tiempo ahí, seguramente que con alguna chica. Seguramente que con la chica que había llevado a la fiesta cena de la presentación del nuevo disco musical de Blas.

Pensó en Carlos trabajando. Y pensó en su nueva vida; había vuelto a Madrid con la promesa de un nuevo trabajo, así podría pagar los meses de alquiler del nuevo piso y poder subsistir. Su trabajo empezaría de cara a finales de agosto, principios de septiembre, de momento estaba viviendo con lo que tenía en el banco.

Eran las diez de la mañana, y Cristina no sabía qué hacer. Empezó a mirar las estanterías de Carlos, encontró algún que otro libro interesante, lo cogió, se dejó caer sobre el sofá y empezó a leer.


-¿Y ahora dónde vas a ir?
-¡Dónde sea, lejos de aquí!
-Siempre huyes, siempre huyes. ¿Por qué no te quedas aquí?
-¡Por que hay mucho que quiero olvidar!- gritó Cristina con toda su rabia. Metió unos pantalones en la maleta de golpe y miró a su amiga.- Y en Madrid quiero arreglar las cosas.
-Estás loca, te vas a dar un tastarazo contra una pared. No te van a recibir bien.
-Rocio.- Cristina la miró seriamente.- Tú eres mi amiga, me tienes que ayudar. Y así no me ayudas.
-Es que intento ayudarte. Te estoy diciendo que esto no está bien. Piensa, hace cuatro años te dejó Carlos y te largaste a Pamplona, cuando lo dejaste tú con él, te fuiste a Madrid. Cuando te largaste de la boda, te viniste a Barcelona con Álvaro, y ahora que Álvaro te ha dejado...- Rocío hizo una pausa y miró a su amiga. Estaba a punto de derrumbarse.- te quieres largar a Madrid en busca de qué, ¿perdón?




Cristina Noyes © 2012

martes, 6 de noviembre de 2012

Capítulo 20.


Los ojos de Cristina brillaban como dos diamantes bajo la potente luz de un foco. Miró a Carlos con una gran sonrisa en la cara. No podía remediarlo, la sonrisa le había salido al oír esas palabras que él acababa de pronunciar: Siempre te he querido y siempre te querré.

Carlos la miraba atónito. Cuatro años de silencio, de lágrimas, de llanto, de canciones escritas para ella y cantadas al viento. Cuatro años de pagar a un psicólogo para contarle todo aquello para que ahora, a la hora de la verdad, a la hora de confesárselo todo a Cristina no le doliera. Y no le había dolido, le había salido tranquilamente, como quién habla del tiempo que hace en la calle.

Ese momento había sido precioso. Tendría que haberse grabado para después, años más tarde, enseñárselo a familiares y amigos. La habitación estaba casi en penumbras, apenas iluminada; por eso, a Cristina le costó ver la mano de Carlos que se deslizaba por el sofá azul hasta posarse sobre su rodilla. Al principio se sobresaltó, pero Carlos la calmó con una caricia. Ella se acercó más a él. Ambos estaban nerviosos. Carlos posó su otra mano sobre la barbilla de Cristina y la atrajo hacia él, besándola levemente sobre sus labios, sin dejar de mirarla a los ojos. Ella se separó, lo miró a los ojos y después, cómo un relámpago, no dudó en volver a besarlo, le rodeó el cuello con sus manos y se acercó más a él, estaba casi encima suyo. Se besaban con ganas, con pasión. Con ganas de comerse el mundo, de comerse el uno al otro a besos. Se tenían ganas.

Yolanda y David reían en el coche mientras se metían en el párking por un comentario que David había hecho en el momento adecuado. Subieron las escaleras del párking los dos cogidos de la mano, y cuando entraron en el salón se encontraron con aquél panorama.

Cristina estaba sentada encima de las piernas de Carlos y ambos se besaban con gran fervor. David carraspeó y Yolanda se tapó la cara para que ellos no vieran que se estaba riendo. Encendieron la luz y Cristina se separó deprisa de los labios de Carlos.

-Hostias -Murmuró ella, sentándose de nuevo en el sofá y bajándose la camiseta. Después miró a Carlos y ambos empezaron a reírse como si tuvieran quince años, de nuevo.
-Esta os la guardo -Dijo Carlos levantándose y acercándose a David y a Yolanda.-Por gastarnos esta… broma y por interrumpirnos - Esto último se lo susurró a David y después miró a Cristina.- ¿Nos vamos? -Cristina se levantó de un salto del sofá y se despidió de la pareja, cogió su bolso y se marchó con Carlos.


-¿Dónde dormiste anoche?
-Me fui a casa de Víctor. Me sentía muy mal.
Cristina desconfiaba de esa respuesta, pero quizá no quería saber dónde había pasado la noche de verdad. Álvaro se acercó a ella por la espalda, rodeó el sofá y la besó en la frente, abrazándola. Era la primera discusión entre ellos en la que Cristina salía herida.
-¿Te has curado?- Preguntó Álvaro, dando la vuelta a la figura de Cristina, sentándose al lado de ella en el sofá y mirándole las manos. Las tenía vendadas, ambas.
-Simplemente barrí, me puse la venda y me fui a dormir.- Murmuró Cristina con la boca pequeña.
-Venga, cariño. No te enfades, perdóname, anoche… no era yo mismo. Me enfadé por lo que dijiste. Lo de Carlos, tienes razón, yo te dije que no te casaras con él, te lo dije, pero por que sabía que te haría daño y yo te quiero, y no quiero que te pasa nada. –La volvió a besar en la frente.- Vamos al baño y miro de curarte.
En el baño, Álvaro limpió la herida de Cristina con agua y jabón y después le envolvió la mano con una venda y le besó los nudillos.
-Perdóname.- Dijo una vez más y Cristina no pudo más que besarlo en los labios. Ambos se besaron en el cuarto de baño, pero no era un lugar seguro, así que Álvaro consiguió levantarla y llevarla hasta la cama en brazos. La dejó caer y se subió encima de ella, mientras la besaba por el cuello.



Sus ojos se veían a pesar de la poca luz que había en esa habitación. Un piso muy grande, con unas altas paredes y unos grandes ventanales, pero sus ojos eran preciosos con esa poca luz. Cristina lo miró desde abajo mientras Carlos la miraba sonriente. Volvió a hundir la cabeza en el cuello de la chica, besando y dando pequeños mordiscos, sólo cómo él sabía, sólo como a ella le gustaba.

Habían subido las escaleras a duras penas, ya que Carlos había lanzado las llaves sobre el mármol de la cocina y había agarrado a Cristina de la cintura, había conseguido sentarla en unos escalones y había empezado ahí a desnudarla, pero al fin habían conseguido llegar hasta la parte superior, hasta el dormitorio.

Paseaba sus manos por las caderas de la chica y ella las elevaba, juntándose más a las de él. De su boca salió un precios suspiro, un suspiro que indicaba que ella había estado esperando, y deseando, ese momento. Y que no iba a parar.

Carlos volvió a sus labios; primero los acarició con su pulgar, después los besó tímidamente, como si fuera la primera vez, después pasó a la acción e hizo que ambas lenguas se entrelazaran en un perfecto baile. Las manos de Carlos vagaron por las caderas de Cristina, bajando levemente la ropa interior de la chica. Sus manos fueron ágiles, igual que las piernas de ella, se levantaron en el momento justo para que él pudiera lanzar la ropa interior lejos, para que pudiera quitársela del cuerpo, dónde le molestaba. Sus dedos, ya habían aprendido la lección, venían sabidos, tenían experiencia, desabrocharon el cierre del sujetador y sus dedos se posaron en los pezones, jugueteando con ellos en círculos mientras las dos bocas seguían pegadas.

Con un leve asentimiento de cabeza por parte de Cristina, Carlos supo que era el momento. Ninguno de los dos sabía de verdad si esto era una reconciliación o solamente sexo de rencuentro, pero sabían que lo iban a recordar, y lo más importante, que lo necesitaban.


Cristina Noyes © 2012

Capítulo 19.


-¿Quieres que te lleve a casa? Es tarde, no creo que hayan taxis…- Murmuró Carlos una vez se quedaron en silencio.
-Claro. –Dijo ella en un susurro. -¿Has venido en moto? – Preguntó para que no se quedaran en silencio.
-No, tengo coche, he venido en él. ¿Vamos al salón?
-Sí, mejor - Dijo ella y con una sonrisa salió de aquella habitación dónde su corazón había dejado de latir durante unos minutos. Bajó las escaleras lo más lento posible, esperando sentir la mano de Carlos contra la suya, sus dedos enredándose con los de ella como antes, pero no notó. Carlos bajaba unos dos escalones más arriba que ella, con la incertidumbre de abrazarla por la espalda, cogerla de la mano o dejarlo todo como estaba.

Prefirió dejarlo todo como estaba y ambos se fueron hasta el salón y se sentaron en el sofá. La habitación estaba a escuras, solamente iluminada por una pequeña lámpara de mesa al lado. Se sentaron en uno al lado del otro, y después de estar un rato quietos y callados, se echaron a reír.

-Creo que esto es lo más extraño que me ha pasado en cuatro años.- Admitió Carlos.
-Yo no sé si podría decir lo mismo.- Dijo ella entre risas.- Puedo asegurarte que he tenido más de uno, y realmente extraño.
-¿Te han encerrado con alguien en una casa?- Preguntó él.
-No, bueno. ¡Tampoco estamos encerrados!
-Ya, pero no podemos salir y dejar a los niños aquí.
-Podíamos habernos ido, o quedarse solamente uno. Ya sabes.
-Tú no te has ido.- Le dijo Carlos.- Pensaba que lo harías.
-¿Por qué piensas eso?- Preguntó ella sonriendo.- ¡No siempre voy a huir de todos los lugares, Carlos! –Dijo ella y empezó a reír.
-¿Por qué has vuelto?- Le preguntó él. Entre las risas, había acabado girado, con una pierna encima del sofá y la miraba serio, la miraba mientras ella se reía y al final, decidió a hacer esa pregunta.
-Sé porque me fui, pero no por qué ahora vuelvo a ti - Respondió sin mirar a Carlos.- Creo que por que mi vida se había convertido en un torbellino sin salida. Todo empezó a ir mal, de mal en peor, ya lo dicen. Y… empecé a pensar que me lo tenía merecido, por haber hecho lo que hice y que, tal vez, al arreglar las cosas desde el principio, arreglar en lo que fallé, todo volvería a irme bien. Es como… ¿La película del día de la marmota, que se despierta una y otra vez en el mismo día y tiene que arreglar lo que hace mal? Pues eso. Hasta que no arregle lo que está mal en mi vida, no voy a poder ser feliz. Y lo que peor hice fue dejarte ahí, en la estacada. Me arrepiento demasiado.- Cristina lo miró, estaba seria, no iba a llorar, no esta vez.- No vengo buscando que volvamos, que me vuelvas a besar y que me hagas tuya en este sofá, en la cama de Yolanda o en tu coche. Vengo buscando tu perdón.- Cristina rió.- Parece que haya ido a la iglesia a confesar mis pecados… No, mira, quiero solamente que entre nosotros esté todo bien, qué…
-¿Te parece, con los besos de la otra noche, que hay algo mal entre nosotros?
-Es que es eso lo que veo que está mal.
-¿Está mal que nos besemos?- Preguntó Carlos asombrado.
-¿Por qué lo haces, por qué me besas? ¿Es que todavía sientes algo por mi?- Cristina lo miró duramente, lo miró a los ojos, esperando una respuesta.
-Si te soy sincero, no sé lo que siento por ti. Te he querido, te he odiado, pero ahora que has vuelto… creo que se ha despertado algo en mi, dentro, algo que siento por ti. O simplemente tal vez nunca se haya dormido. Pero… es que, ¡Joder Cris!- Exclamó de golpe y Cristina pegó un bote en el sofá del susto que se dio cuando él alzó la voz.- Es que has querido entrar de nuevo en mi vida, después de cuatro años en los que yo había conseguido olvidarte. ¿Pensabas que no iba a pasar nada entre nosotros, que todos los sentimientos habrían desaparecido? Todo iba bien, te había conseguido olvidar, ya no pensaba en ti, he estado de psicólogos y ahora, cuatro años después, llegas de nuevo a Madrid y mi vida empieza a venirse abajo. No puedes pretender que todo aquello no pasó.
-No quiero que eso desaparezca, ¡está claro que pasó!
-¡Pues no lo parece!- Gritó él y Cristina sintió miedo.- Vuelves aquí buscando mi… ¿Perdón? ¡Ya lo tienes, ya puedes marcharte y volver a dejar mi vida como estaba!
-¡Así no lo quiero, eso no es lo que quiero!
-¿Y qué quieres, que vuelva todo a ser como antes? No puedes pretender que todo vuelva a ser como era. ¿Y si yo he encontrado a alguien, y si he rehecho mi vida?
-¿Lo has hecho?-. Preguntó ella. Bajó el tono, temía despertar a los niños. Al baile él había acudido con una chica, Carol, pero la había llevado a su casa y a la otra chica la había dejado en el baile.
-¡No!- gritó Carlos haciendo que temblaran hasta las paredes. – No he podido rehacer mi vida porque no ha habido un solo día en estos malditos cuatro años en los que no haya podido sacarte de mi cabeza.
-¿Por qué?- Preguntó Cristina cautelosa. Tenía ganas de abrazarlo, acariciarle la cara y besarlo, pero estaba demasiado nerviosa. Ambos lo estaban.
-Por que aunque nos hayamos hecho daño mutuamente, aunque te haya engañado, aunque te hayas ido con Álvaro, aunque hayas vuelto y hayas puesto mi vida otra vez patas arriba, te quiero. Te quise desde el primer día que te conocí, te quise ese día, con dolor de cabeza, te quise el día del retiro, cuando te manché de helado. Te quise la primera vez que hicimos el amor después de nuestra primera cita. Te quise después de la primera pelea, después de que te marcharas a Pamplona porque yo me tenía que marchar a Alicante. Te quise cuando te pedí matrimonio, te quise mientras me acostaba con Verónica y cuando tú lo hiciste con Álvaro. Te quise incluso más el día de nuestra boda, cuando te vi salir corriendo de la iglesia. Y te quise cuando volviste, en aquella cafetería. Oh, te amé como nunca, te vi tan vulnerable que quise besarte ahí mismo. Siempre te he querido y siempre te querré.



Cristina Noyes © 2012

sábado, 13 de octubre de 2012

Capítulo 18.




-Tienes que secarte bien por que si no vas a resfriarte. –decía Cristina mientras intentaba secar a la pequeña Ainara con una toalla rosa.
-Pero es verano, Cris - Protestó la pequeña.
-Ya, pero igualmente puedes resfriarte con el cambio de temperatura.
-Ah. ¿Tú tienes hijos?
-No, yo no tengo - Dijo Cristina y Carlos la miró a los ojos cuando ella levantó la mirada buscándole. –Pero ganas no me faltan.- Dijo al rato y volvió a mirar a la niña.- Y ahora vamos a cambiarte porque vamos a ir a cenar.
-¿Vamos a ir a algún lado a cenar?
-No, pero os voy a preparar la mejor cena del mundo - Dijo Carlos entonces.
-Pero si tú no sabes cocinar - Dijo Ainara poniendo sus manos en su cintura.
-Sí que sé. Díselo Cris.
-Sí que sabe, sí.
-¿Ha cocinado para ti?
-Ha cocinado para mi muchas veces.
-¿Entonces puedo fiarme de que no meta veneno en mi cena?
-Es más, me vas a ayudar a preparar la cena.
-¿De verdad?
-Sí, vas a ser una pequeña cocinera. Ves tirando para la cocina y dime dónde está la harina…
Ainara salió corriendo dirección a su habitación, se cambió de ropa y se puso una camiseta grande con el logo de Auryn y los cinco chicos saltando.
-Siempre me la pongo –Dijo con una sonrisa al volver al comedor.-Dice mamá que le recuerda a cuando todo estaba bien.- Después salió disparada hacia la cocina, allí esperó pacientemente a Carlos.
-¿Pruebas a llamar a Yoli o a David otra vez?
-No van a cogerlo, seguro que no están ni trabajando.
-Son las ocho, estos no van a venir.
-¿Te quedas con el pequeño?
-Voy a cambiarme, lo llevo conmigo, no te preocupes.
-¿Estarás bien?-Preguntó él, poniéndose a la altura, acercándose a ella.
-¿Lo dudas?- Ella se acercó y le besó en los labios. Fue un beso rápido, fugaz, pero ambos se miraron a los ojos y volvieron a sonreír. Cristina cogió a Nicholas y se marchó hasta la habitación a ponerse de nuevo su ropa.

Mientras se vestía y vigilaba que el niño no saltara de la cama mientras jugaba con uno de sus coches, Cristina pensó en lo que acababa de hacer. ¿Qué hacía? Su plan no era ese. ¿Tenía acaso un plan? Ella tenía claro lo que quería, volver a recuperar la confianza que había perdido al marcharse, al huir. Quería volver a estar como antes, amigos si hacía falta. Pero estaba visto que Yolanda no quería lo mismo. Ni ella misma quería que eso quedara en una simple amistad. 
Se estaba volviendo loca. Miró a Nicholas y lo cogió entre sus brazos mientras bajaba las escaleras hasta la planta inferior y hasta la cocina. Cuando entró, se encontró con Carlos y Ainara cerrando el horno y ambos manchados de harina, igual que el mármol de la cocina y el suelo.
-¿Qué habéis hecho?- Preguntó sin dejar al niño en el suelo. 
-¡¡Pizza!! - Gritó Ainara y empezó a dar palmas.
-¿Y con la harina?
-Con la harina hemos hecho la masa.
-Y peleado - Apuntilló Carlos.- Venga, vete a poner el pijama y a limpiarte. –Le dijo a la niña y se marchó alegremente, dando pequeños saltitos. 
-Supongo que me tocará limpiar esto.
-¿Por qué no se lo dejamos a David y Yolanda… ya que nos han encerrado aquí? –Preguntó en un susurro, sonriendo y Cristina no pudo negarse.

Después de cenar y ver la tele un rato, Cristina y Carlos acabaron acostando a los niños, cada uno en su cama, aunque protestaron ya que querían dormir en la cama de sus padres. Acabaron agotados por la lucha de meterlos a dormir y que se durmieran. Antes tuvieron que leerlos un cuento que iba sobre unos animales que acababan montando un grupo musical.

-¿No hay nada en esta casa que no me recuerde a lo que ya no somos?- dijo Carlos dejándose caer en el sofá, al lado de Cristina.- Al grupo, me refiero.- Dijo cuando se dio cuenta de que aquella pregunta se podía asociar a su antigua relación. – Tienen cuentos infantiles que van sobre grupos, los CDs de Auryn los tienen colgados en el despacho de David. En el de Yolanda hay un piano…
-¿Tiene un piano?- Preguntó Cristina.
-No has estado en esta casa, ¿no?
-¡Qué va!
-¿Quieres que te haga un tour?
-No hombre, un tour no, pero que me enseñes la habitación dónde está el piano pues cómo que sí - Le dijo Cristina sonriendo como una niña pequeña, él se levantó y le tendió la mano. Ella la cogió sonriendo. No sabía a lo que estaba jugando, pero le gustaba. 

Caminaron cogidos de la mano, subieron las escaleras juntos mientras Carlos le iba explicando que, durante estos cuatro años, le habían aconsejado que aprendiera a tocar algún instrumento y que, aparte de acabar su carrera universitaria, había asistido a clase de guitarra y piano.
-¿Y vas a tocar algo para mi?- Preguntó Cristina apoyándose en el gran piano de cola.

Carlos se quedó unos minutos en silencio y después se sentó delante de las teclas, abrió la tapa y con cuidado empezó a acariciarlas, haciendo sonar unas preciosas notas. Cristina lo miró tranquila, relajada, admirando aquel momento. Era precioso. Carlos, ella y un piano. Los dedos de Carlos paseaban ágiles entre las teclas, rozándolas levemente cuando no tenía que tocarlas y apretando para que sonaran. 

“I´ve heard there was a secret chord, That David played, and it pleased the Lord, But you don´t really care for music, do you?”

Carlos empezó a cantar, levantando sólo la vista de las teclas en la última parte. Cristina notó cómo se enrojecía. Continuó cantándole a las teclas.

“The baffled king composing Hallelujah. Hallelujah, Hallelujah, Hallelujah, Hallelujah.”

Siguió cantando, pero esta vez cantándole a Cristina, mirándole a los ojos mientras acariciaba las teclas. 

“Her beauty and the moonlight overthrew you, She tied you to a kitchen chair, She broke your throne, and she cut your hair. And from your lips she drew the Hallelujah.”

Esta vez el estribillo lo cantaron juntos, mezclando sus voces, sin alzarlas mucho, pues no hacía falta, la sala estaba en silencio, tan solo roto por las notas del piano y sus voces danzando en la harmonía. 

“Hallelujah, Hallelujah, Hallelujah, Hallelujah…”

lunes, 1 de octubre de 2012

Capítulo 17.


-Oh, ¡mierda!- Murmuró Cristina cerrando las manos en puños y apretando a sus costados.
Al abrirse la puerta de la casa, puerta que estaba separada de ella por un palmo, se encontró con la cara sonriente de Carlos.
-¿Qué haces aquí?- Preguntó él desconcertado. Pudo notar cómo en su pecho su corazón latía con fuerza.
-Yoli me ha llamado para que venga a cuidar de los niños. ¿Tú?
-Lo mismo, pero ha sido David. –Carlos la miró y sonrió.- Lo han tenido que planear.
-No le veo otra explicación.- Cristina estaba preparada para darse la vuelta y marcharse cuando Carlos abrió más la puerta y sonrió de oreja a oreja.
-Pasas, ¿no? No me digas que te vas a ir y me vas a dejar aquí con los niños, que yo no tengo mano para esto, ya lo sabes.- Carlos se calló.- Ya lo hablamos en su día. Tú seguro que tienes mano con ellos, seguro, todas tenéis instinto maternal. A ti se te ha tenido que despertar, ¿has…? ¿Has tenido hijos con Álvaro?
Cristina lo miró a los ojos y notó cómo los recuerdos volvían a su mente, aunque intentó borrarlos.

La ambulancia corría rápida por las calles de Barcelona hasta el hospital que Álvaro les había indicado. Estaba sentado en la parte trasera, aferrando la mano de Cristina mientras le apartaba el pelo de la frente.
-¿Estás bien?- Le preguntó en un susurro, mirándola a los ojos.
-¿A ti que te parece?- Preguntó ella en el tono más fuerte que pudo.- No estoy bien, siento como si me hubieran arrancado algo de mis entrañas…- Y empezó a llorar de nuevo.
Llevaba el vestido subido hasta las rodillas, y estaba lleno de sangre, igual que las medias y las piernas. Las manos le temblaban y no podía decir más de dos palabras sin llorar. Cuando avisaron a Álvaro, no pudo más que cancelar la obra y posponerla una semana más tarde.
-Siento haberlo jodido todo.- Murmuró Cristina, que estaba tumbada en una camilla.- El bebé, la obra de teatro…
-No sientas nada, ha pasado y ya está.
-Siento que se acabara Auryn por mi culpa.-Murmuró.
-¿Qué? No, no, de eso nada, no acabó por tu culpa, y ahora no pienses en eso.
La ambulancia se paró y rápidamente abrieron las puertas de la ambulancia y sacaron la camilla de Cristina. Álvaro soltó su mano y caminó detrás de la camilla mientras Cristina lloraba. 
-Tenemos que llevárosla a la consulta ginecológica y ahí ya veremos. Puede esperar aquí. –Le indicó uno de los médicos que la había atendido rápidamente nada más entrar por la puerta de urgencias.
Álvaro se quedó en aquella sala pequeña, con dos sofás y unas revistas viejas y manoseadas. El reloj iba demasiado lento, o eso le parecía a él. No podía parar de andar de un lado a otro. Envió mensajes para calmar a los amigos de Cristina que estaban con ella en el teatro, para explicarles que cuando saliera ya les avisarían. Se había puesto nervioso, había tenido que salir corriendo del teatro, vestido con la ropa de la obra. Le pidió a Rocío, amiga de Cristina, que pasara por casa y le cogiera unos pantalones y una camiseta antes de pasarse por el hospital.
Una hora después un médico le informó del número de habitación en el que se encontraba Cristina, llevándole hasta allí mientras le indicaban que, efectivamente, habían perdido al bebé. 
Entró a la habitación, las luces estaban apagadas pero podía escuchar la respiración entrecortada de Cristina. Movió el pequeño sofá, acercándolo a la cama y ambos se quedaron dormidos con sus manos entrelazadas.

Cristina negó con la cabeza y entró en la casa.
-Mejor que no hablemos de eso ahora.
Carlos cerró la puerta y la acompañó hasta el comedor, dónde Ainara estaba sentada en el sofá viendo la televisión y Nicholas se peleaba con un coche de juguete de color púrpura.
-Hola pequeñines.- Dijo ella. Dejó el bolso encima de la mesa y se arrodilló para darle un beso al niño.-Este debe de ser el pequeño Nicholas.
-¿No los conoces?
-No he tenido la oportunidad de conocerlos.
-Yo soy Ainara.- La niña bajó del sofá y caminó hasta Cristina con la mejor de sus sonrisas.
-Yo a ti sí que te conozco.- Dijo Cristina sonriendo.- Tengo que tener alguna fotografía por ahí contigo de bebé…
-¿Eres la novia del tito Carlos? – Carlos se agachó hasta estar a la altura de la niña y negó con la cabeza.
-Es solamente una amiga de mamá y papá. Se llama Cristina. –Dijo él con la voz calmada.
-¿Tú no la conocías, por qué la has invitado?
-Me ha llamado mamá.- Dijo Cristina. No tenía instinto maternal ni paciencia para tratar con niños. Iba a ser una noche larga.-Voy a dejar las cosas y ahora vengo a jugar con vosotros. ¿Sí?
-¿Podremos bañarnos en la piscina?-Ainara miró a Cristina a los ojos.
-Por mi no hay ningún problema.- Dijo Cristina.
-Te llevaré hasta la habitación de mamá para que puedas cambiarte y dejar tu bolso. – Y la pequeña empezó a caminar por el comedor. Carlos las miró desde lejos, desde el suelo, dónde estaba con Nicholas, que no se enteraba de nada de tan pequeño que era. Las miró
sonriendo mientras Cristina le miraba y le sonreía de manera infantil, divertida. Carlos bajó la vista hacia el niño cuando las dos desaparecieron y se imaginó cómo hubiera sido su vida si su lío con Verónica nunca hubiera ocurrido y Cristina nunca lo hubiera dejado en el altar. Su vida sería así, viviendo en una casa grande, con piscina, y con dos hijos, o tal vez tres, y un perro.

Al cabo del rato, Cristina apreció otra vez por el comedor con una camiseta larga y semitransparente que dejaba ver un minúsculo bikini negro e iba acompañada de Ainara, que llevaba un bañador naranja de flores. Ambas salieron corriendo hacia el jardín a la piscina. Carlos las siguió con los ojos hasta que les perdió la pista y escuchó el chapoteo del agua.
-¿Te apetece que nos metamos en la piscina, pequeño?- Le preguntó a Nicholas.
-Brum, brum. Oche. –Le contestó el niño, elevando un coche.
-Pues me quedaré aquí contigo jugando con los coches.- Dijo Carlos y cogió un coche amarillo.


Cristina Noyes © 2012

Capítulo 16.




El sol entraba por la ventana de la cocina mientras la cafetera dejaba caer el último chorrito de café. Se podía ver la calle desde esa ventana, la gente paseaba tranquila, admirando el buen día en el que habían amanecido. Cogió la taza de café y anduvo hasta la mesa del comedor, dónde dejó la taza. No parecían las tres de la tarde, al menos para ella.
Idiota. Era una idiota. Se había pasado toda la noche, y parte de la mañana repitiéndoselo.
Lo tenías ahí, todo para ti. ¿Cómo has podido ser tan imbécil, no es eso lo que venías buscando?- Le preguntó su voz interior.
-¡No!- Gritó y dejó la taza otra vez en la mesa.- ¡No quiero que sea así, tampoco sé si quiero que sea! ¡Maldita sea! –Llevó la taza hasta el fregadero, la dejó ahí y se encerró en su habitación.

-Esto no va a funcionar, es de locos. Y nos van a matar, ambos - Murmuraba Yolanda mientras lo preparaba todo.
-Escúchame - David la paró y la cogió de las manos.- Todo va a salir bien. Piensa por qué lo haces.
-¿Por qué lo hago?- Pregunto ella sin saber a qué se refería.
-Porque les quieres y quieres que vuelvan a estar juntos.
-Me van a matar. ¿Tú sabes si ellos quieren volver? No, no lo sabes. ¡Nadie lo sabe!

David negó con la cabeza, había sido una mala pregunta.
-Déjalo estar. Anoche se fueron juntos, algo pasaría, ¿no?
-¿Tú crees?
-No tienes esperanza puesto en esto - Murmuró David. Yolanda negó con la cabeza y cogió a Nicholas, lo llevó hasta el comedor y lo dejó en el suelo para que jugara con sus juguetes.- No me puedo creer que ahora te eches para atrás cuando tú eras la primera que quería que esto funcionara. ¿Sino para qué te tomaste la molestia de llamar a Cristina e informarla de todo lo que hacía o dejaba de hacer Carlos? Te recuerdo que fuiste tú quién le dijo la cafetería en la que se tomaba el café, y a qué hora, y también le dijiste dónde trabajaba. ¿Le dijiste dónde vivía?
-Sí - dijo ella sin mirarle a la cara.
-¡Ves!- Gritó David y el pequeño lo miró extrañado. –Vamos a la cocina. –Murmuró llevándose a Yolanda hasta la cocina, cerró la puerta y la miró a los ojos.-Tú lo arreglaste todo para que volvieran a verse y ahora no quieres que estén juntos.
-Es que yo no sé si ellos quieren estar juntos.
-Que se marcharan juntos anoche, dejándonos a todos, y a Carol, ahí, tal vez quiera decir algo.

Yolanda suspiró.
-Van a matarme.
-¡Calla y marca su número!- David se marchó a la otra punta de la cocina y marcó el número de teléfono de Carlos.

En la otra punta de la ciudad, Cristina estaba luchando por ponerse unas medias. Las odiaba, y al final, después de haber roto dos pares, se dio por vencida. Las dejó caer en el suelo y ella se tumbó en la cama. Su teléfono sonó en la cocina y salió corriendo. ¿Sería Carlos? Se preguntó cómo una quinceañera. En el fondo lo era. El nombre de Yolanda salía en la pantalla y ella lo cogió con una sonrisa.

 -Buenos días - Dijo Yolanda, estaba nerviosa, pero no tenía que notársele o no saldría bien.
-¡Buenas!- Dijo Cristina- Hace solamente unas horas que me he levantado- Le aclaró.- Así que para mí sí que son buenos días.
-Lo sabía, y por eso te lo he dicho - Ambas rieron.
-¿Cómo va todo?- Preguntó Cristina.
-Bien, eh… esto… te llamaba porque quería pedirte un favor.
-Claro, dispara.
-Es que estoy trabajando y los niños están en casa, con David, y le han llamado que ha surgido un problema con uno de los cantantes a los que representa y tienen que ir a ver a un abogado y no sé qué más.
-Sí…- Murmuró Cristina, no sabía qué pintaba ella en todo eso.
-Y he llamado a la niñera que tenemos siempre, pero no puede venir.
–Silencio, un suspiro.- ¿Te importaría venir hoy a cuidar de ellos? Será solo hasta la noche.
-Sí, claro - Dijo Cris.
-¿No tienes nada que hacer, no interrumpo nada?
-No, ¡qué va! ¿Crees que tengo muchas cosas que hacer aquí? Me estaba peleando ahora con unas medias e iba a salir a dar una vuelta, pero no pasa nada, puedo pasear otro día, o llevarme a tus hijos.
-Claro, como quieras. ¿Vienes en coche?
-No, aún no lo tengo aquí, iré en taxi, ¿me das la dirección?
Yolanda le dio la dirección mientras le guiñaba un ojo a David, en señal de que todo había ido bien.
-¿Y a qué hora voy?
-En una hora o así David sale de casa, si puedes llegar a las cuatro y algo… perfecto.
-¡Perfecto! ¿Llevo algo?
-Si quieres puedes traerte un bikini, para la piscina.
-¿Tenéis piscina?
-Tenemos, tenemos.
-Vale, me estoy imaginando tu casa.
-¡Es verdad, que tú nunca has estado! Le puedes pedir a Ainara que te haga un pequeño tour… Oye te dejo, que tengo que preparar las cosas. ¡Eres un sol!- Y Colgó. Pegó la espalda a la pared y suspiró, miró a David, que estaba tejiendo su gran mentira 

-Sí tío, tienes que venir, la niñera nos ha fallado y tengo que irme. Yolanda está trabajando.
-Pero… Tío yo había hecho planes.- Dijo Carlos.
-¿Planes? -Quiso saber.
-Había pensado… Bueno, había pensado ir a visitar a una amiga, pero si no hay más remedio me encargo de tus renacuajos.
-Gracias tío.
-¿A las cuatro ahí?
-Sí, claro - David colgó y miró a Yolanda.- No nos van a matar, tranquila.
-No estoy muy segura. Se me va a atascar la cena.

David la besó en la mejilla y la abrazó. Se les había ocurrido planear todo aquello en unos cinco minutos. La mentira era buena, ambos tenían que trabajar y la niñera no podía quedarse con los niños. Perfecto. Ellos aprovecharían la tarde para ir a dar una vuelta y a disfrutar, como al principio, cómo si no tuvieran hijos. Después irían a cenar, seguramente volverían tarde a casa.

Cuando Carlos llegó, Yolanda ya se había ido, estaría esperando a David dentro del coche, en la siguiente calle, para hacer más real la mentira de que estaba trabajando. Ainara acudió corriendo a abrazar a Carlos, y esta la cogió en sus brazos mientras que David le iba dando los consejos de lo que tenía que hacer. David se marchó besando a sus hijos y dejando a Carlos en medio del comedor viendo los dibujos con los niños.

Un cuarto de hora más tarde, un taxi blanco daba la vuelta a la calle y se paraba delante de la casa. Cristina pagó y salió con sus gafas de sol y un corto vestido de flores. Así como un gran bolso dónde llevaba el bikini, por si acaso, y todas sus cosas. Se quedó parada ante el tamaño de la casa, por lo menos tenía tres pisos. Se acercó y llamó al interfono de la entrada.

Carlos salió corriendo. No esperaba a nadie.

-¿Quién?- Preguntó.
-¡Soy yo!-Dijo Cristina sonriente y animada.
-¡No te esperaba tan pronto!- Dijo Carlos y le abrió la puerta de la valla.

Carlos esperaba a Yolanda, y Cristina a David, por eso, la cara que se les quedó a ambos, cuando Carlos abrió la puerta de la casa, fue épica.



Cristina Noyes © 2012

martes, 18 de septiembre de 2012

Capítulo 15



-No sé por qué te portas tan bien conmigo, después de lo que te hice.

-Tenías tus razones para hacerlo. Yo también lo hubiera hecho. No te culpo, me porté como un completo idiota con todo lo de Verónica.

Carlos le quitó los zapatos de tacón y los dejó caer al suelo, haciendo un estrepitoso ruido. Cristina subió las piernas y las escondió bajo la falda del vestido. Nada más Carlos la había dejado sobre el sofá, ella se había hecho un ovillo con sus propios brazos y lo había mirado, callada, mientras él se quitaba la chaqueta del traje y la dejaba encima de uno de los sillones.

-Pero no tenía que haberme ido con Álvaro.
-En eso sí que no estoy de acuerdo contigo.- Le dijo Carlos, con una leve sonrisa, mirándola a los ojos. Ella puso los ojos en blanco.- Va siendo hora de que me marche.- Dijo él levantándose del sofá.
-¡No!- Dijo Cris, incorporándose y cogiendo el brazo de Carlos.- No te vayas. Es muy tarde, puedes quedarte aquí.- Él la miró a los ojos durante unos segundos, y después su vista bajó hasta el brazo de Cris. Lo tenía agarrado con fuerza. Él miró el tatuaje.
-¿Es por Álvaro?
-¿Qué?- Preguntó ella. Su cabeza estaba en las nubes, demasiado alcohol.
-El tatuaje –Aclaró él, soltándose de la mano de Cris y acariciándoselo. Ella se estremeció por el contacto y miró los dedos de Carlos moverse lentamente sobre su piel, sobre aquellas palabras tatuadas en inglés. Se acordaba de cuando se lo hizo y del por qué. Pero no era el momento de explicarlo.
-No - Negó Cristina, captando de nuevo la atención de los ojos de Carlos. Este la miró a los ojos y supo que no mentía. Ella se sentó mejor en el sofá, sin apartar su brazo de la mano de Carlos, que seguía acariciándola lentamente.


De golpe, los ojos de Carlos bajaron hacia los labios de Cristina y el silencio se hizo incómodo. Carlos se abalanzó sobre ella sin pensárselo ni un segundo más. Apartó las manos de sus brazos y le cogió la cara entre ellas, besándola sobre los labios con ímpetu. Poco a poco se abrió paso con su lengua entre los labios de Cristina, ella no opuso resistencia.

Ambos cayeron encima del sofá, Cristina se golpeó la cabeza con el brazo y ambos se separaron, riendo, durante unos segundos. Se miraron a los ojos y esta vez fue Cristina la que se lanzó a besar a Carlos. Cogió su labio inferior con los dientes, dándole un leve mordisco y tirando de él. Volvió a besarlo con más ganas. Carlos bajó sus manos por los hombros de Cristina, llegó hasta sus pechos y los acarició por encima del vestido, bajando después hasta las caderas, ahí posó sus manos, mientras que Cristina se había entretenido en el pelo del chico.


Él empezó a subir la falda del vestido de Cristina, lentamente, mientras la acariciaba con cariño. Cristina se separó de Carlos y suspiró, con los ojos cerrados. Sus frentes se tocaron y Carlos la miró. Estaba preciosa. Estaba sudada, con el maquillaje corrido y un tono rosado en sus mejillas. Sonrió para sí mismo, puesto que nadie más podía verlo y depositó un beso en su frente, mientras metía las manos por debajo de su vestido.

-¡No, no, no, no!- Exclamó Cristina, abriendo los ojos de golpe y encontrándose con los ojos de Carlos que se preguntaban qué pasaba, qué estaba mal. Cristina separó a Carlos de ella y lo miró a los ojos.- No,- Negó con la cabeza.- No podemos Carlos. No ahora, no así.- Murmuró.

Carlos se echó hacia atrás y se levantó del sofá. Lo había vuelto a ver en sus ojos. Había vuelto a ver el miedo de Cristina. Decidió coger su chaqueta y despedirse de ella con un beso en la mejilla. Cristina, en el sofá, quieta, paralizada, escuchó cómo se cerraba la puerta de su casa.


-¿Qué haces? ¡Nos van a escuchar!- Dijo Yolanda, entre risas y besos, pegada a los labios de David.
-No. ¿Qué dices? Llevan durmiendo horas…- Murmuró David mientras intentaba bajar la cremallera del vestido de Yolanda. Ella se quitó los zapatos mientras reía estrepitosamente.

Se habían despedido de la niñera, aunque les costaba enviarla a casa a las cinco de la mañana, pero ella les había prometido que llegaría bien a casa y que estaría bien. Habían subido los escalones hasta la segunda planta entre besos, caricias y abrazos, y estaban empeñados en acabar esa fantástica noche en la cama. Sin ropa.

El vestido de Yolanda cayó al suelo y David se retiró unos pasos hacia atrás para contemplarla en ropa interior. Ella sonrió tímida.

-Me vas a decir que te da vergüenza - Murmuró él.
-¡Es el cava!- Dijo ella y lo abrazó por el cuello, volviéndolo a besar. Rápidamente empezó a desabrochar los botones de la camisa y se la quitó. La dejó caer al suelo y después se puso a desabrochar el pantalón y el cinturón. David la cogió en brazos, obligándola a cogerse a él con sus piernas por la cintura y la llevó hasta la cama. La dejó caer y se quitó los pantalones. Después se lanzó encima de ella y empezó a besarla de nuevo en los labios, jugando con su lengua ferozmente mientras recorría su cuerpo con la yema de sus dedos, erizando cada milímetro de su piel. La besó por el cuello, dándole pequeños mordiscos y volviendo a besar dónde había clavado sus dientes.

Después de cinco años, seguían con la misma fogosidad que la primera vez. Ella le clavó las uñas en la espalda cuando notó que él la penetraba y se apartó de sus labios para gemir levemente. Puede que fueran los efectos del cava, pero era una de sus mejores noches.



Cristina Noyes © 2012

martes, 11 de septiembre de 2012

Capítulo 14.



Blas seguía cantando. Su melodiosa voz había llenado la sala, estaba solamente acompañado por una guitarra acústica que un chico tocaba a su lado del escenario. Las luces bajaron su intensidad y sólo dos focos enfocaron a Blas mientras jugaba con las palabras.

Carlos y Cristina seguían ahí, abrazados, bailando lentamente, al ritmo de la música. Cristina ya no lloraba, se había calmado y concentrado en las palabras de la canción, aunque no podía negar que estuviera muy bien entre los brazos de Carlos. Volver a sentir sus manos aferrándose a sus caderas estaba genial, y volver a oler su colonia… No la había cambiado, seguía siendo la misma, no como ella, que cada poco tiempo cambiaba de colonia porque había salido una nueva y le gustaba más ese olor que el anterior.


Carlos adoraba volver a sentirla entre sus brazos. Pero no podía decirlo, se había prometido que no lo diría, no le diría lo mucho que la había extrañado, lo mucho que la había necesitado. Inspiró una vez más el aire, en el mismo momento que Blas cambiaba de canción.

Cristina se separó de él, y Carlos negó con la cabeza. Blas empezó a cantar otra canción, conocida por todos los que estaban en la sala y Cristina sonrió al recordarla. Carlos volvió a estrecharla entre sus brazos y se movieron lentamente, al ritmo de la canción.
“Una historia que no existe todavía, unas cartas recordando nuevos días…”


Yolanda, al otro lado de la pista de baile, no podía apartar su mirada de Cristina y Carlos, ni ella ni ninguno de los presentes en aquel baile. David la había avisado de que se habían puesto a bailar, pero ella no se lo había creído, hasta que lo había visto con sus propios ojos. Se emocionó por ver a sus amigos otra vez juntos, aunque no sabía si sería para mucho. La vista de David también acabó en ellos. Los miró durante unos segundos y le vinieron a la cabeza tiempos pasados.

Aquellos tiempos en los que estaban los cinco chicos de Auryn de juntos, cuando empezaron, cuando formaron el grupo. Cuando salían todos juntos. Se acordó de cómo conocí a Yoli, la primera vez que la vio en uno de sus primeros conciertos. Se acordaba de cómo había conocido a Cristina, y sobre todo de que Carlos les había hablado, fascinado, de una chica que había conocido, a la que le dolía mucho la cabeza por haber salido de fiesta el día anterior de ir al concierto. Les contó que le había parecido la chica más guapa.

Carlos entró corriendo a la parte de los camerinos. Estaban acabando de darle los últimos retoques con laca al pelo de Álvaro, este le miró sonriendo.
-Ha tenido que ir a buscarte Magí. ¿Qué hacías, no encontrabas la puerta?- Preguntó socarrón, dirigiéndole una sonrisa pícara de las suyas.
-No, me he encontrado con alguien –Dijo Carlos sonriente, con los ojos brillantes y se dejó caer encima de un sofá, al lado de David y de Dani, que estaba con su teléfono móvil.
-Uy. Ya lo estás soltando - Dijo David, sentándose bien en el sofá y mirando a Carlos a los ojos. En un segundo llamó la atención de todos, que miraron a Carlos esperando una respuesta.- ¿Una de las antiguas?- Con eso se refería a si era alguna de las fans que habían estado desde el principio.
-No.- Negó Carlos con la cabeza.- No la he visto nunca, eh.- Dijo rascándose la parte trasera de su cabeza.
-Yo te he visto hablar con ella - Entró Magí en la sala, dejó su teléfono móvil encima de una mesa y miró el pelo de Álvaro. La peluquera lo estaba haciendo bien.
-¿Y a ti te sonaba, Magí?- Preguntó Blas, intrigado por saber más sobre aquella chica.
-No me suena de haberla visto nunca.- Dijo Magí.- ¿De qué habéis hablado?
-De que le dolía la cabeza y que nuestras fans no ayudaban a que se le pasara el dolor. Le he preguntado si se ha tomado algo y me ha dicho que sí, pero que seguía encontrándose mal.
-A ti…. - Dijo Álvaro sonriente, dándose la vuelta en aquella silla giratoria.- a ti te ha molado la chica esta, ¡eh!- Carlos rió socarrón por el comentario de su amigo, pero aquella chica le había calado y haría todo lo posible por volver a verla. Ambos lo harían.


-Creo que deberías marcharte ya a casa.

Blas seguía cantando. Su preciosa voz seguía llenando el lugar, pero Cristina y Carlos hacía rato que se habían sentado ya. Cristina se había mareado mientras bailaba, y había agarrado dos copas más de cava y se las había bebido rápidamente. No paraba de reír y de hablar por los codos. Hablaba con todo el mundo y de cualquier cosa. Carlos la arrastró hasta el final de la sala, la sentó en una silla y le arrebató la última copa de cava que había cogido.

-Creo que has bebido demasiado.- Le dijo él en un tono paternal. Cristina negó con la cabeza y se apoyó en el hombro izquierdo del chico. –Venga, que te llevo a casa.



Cristina Noyes © 2012

miércoles, 29 de agosto de 2012

Capítulo 13.


Llevaba un precioso vestido negro, largo, y semitransparente a partir de media pierna. El escote era bastante pronunciado, y los dos pechos se aguantaban casi por ley divina. Debían de ser operados, pensó Cristina. Llevaba el pelo, castaño oscuro, recogido en un moño bajo y al lado, y llevaba en la cara una sonrisa triunfal mientras entraba, a cámara lenta, en la sala. Ella sonrió por algo que le había dicho Carlos, y se acercó a su oído y le contestó, ambos rieron y bajaron los dos escalones que les quedaban.

Cristina no dijo nada, simplemente se quedó ahí delante, mientras aquella chica entraba en la sala, del brazo de Carlos. Sintió la mano de Yolanda que le recorría la espalda, después pasó por su lado y la miró preocupada.

-Yo tampoco sé quién es - Murmuró Yolanda y rápidamente cambió de cara, sacó su mejor sonrisa y fue a saludar a Carlos.

Los demás hicieron lo mismo, dejaron atrás a Cristina y fueron a saludar a Carlos y a la chica misteriosa. Cristina podía oír su risa aterciopelada por encima del ruido de la sala. Bajó la vista hasta su bolso y volvió a tomarse una de sus pastillas, iba a ser una noche difícil.


Después de varios minutos sola en el centro de la sala, Cristina empezó a caminar buscando un lugar dónde sentarse, pero una mano en su hombro la paró. La mano de Carlos se paró en su hombro, y le dio un leve toque, después se apoyó en el hombro y descendió, lentamente, acariciando cada parte de su brazo, bajando hasta el codo, ahí la cogió y le dio la vuelta, lentamente. Estaban a menos de un palmo de distancia y Cristina le miraba directamente a los ojos, podía sentir la respiración del chico sobre su barbilla. Carlos balbuceó y después murmuró, casi en un susurro.

-Quiero presentártela. –Carlos bajó su mano hasta la mano de Cristina, ahí la abrió y entrelazo los dedos.

Cristina lo acompañó hasta dónde estaba la chica, sentada en una silla, junto con Leo, ambos se reían a carcajadas y parecieron no enterarse de que Carlos y ella se habían acercado.

-Carol.- Dijo Carlos y entonces, la chica levantó la mirada y lo miró.- Ella es Cristina.- Dijo él, apretándole la mano a Cristina, esta no tuvo más remedio que sonreír y responder a los besos.

-¿Fuiste tú la que huyó de la boda?- Preguntó la chica, con un tono ácido en sus palabras.

-¡Carol!- Dijo Carlos en un tono alto de voz, apretando más la mano de Cristina.

-Vale, vale. Lo siento.- Dijo la chica, alzando las manos en señal de disculpa. Leo los miraba callados, sin decir nada, pero muriéndose de ganas de preguntar qué boda y por qué huiría.


Entró un hombre trajeado a la sala y empezaron a entrar camareros portando unas bandejas con copas de cava. Cristina cogió una de aquellas copas, dudando si pasaría algo al mezclarlo con las pastillas que se había tomado. Carlos siguió su mano con los ojos y, rápidamente, interceptó una copa antes de que ella pudiera cogerla y se la dio con una preciosa sonrisa.

-Gracias.- Murmuró Cristina y después se alejó de ellos.


A la hora de sentarse, Yolanda había ayudado a la colocación de los sitios, ya que todos y cada uno tenían el nombre de su ocupante. A Cristina le tocó sentarse entre Javier y Leo, en una de las mesas que estaban más cercanas a las de Blas, María, Yolanda y David. La charla entre Cristina y aquellos dos chicos estuvo divertida, no pensó en ningún momento ni en las pastillas ni en la cantidad ingente de alcohol que estaba bebiendo. La comida estaba perfecta, y después de que los camareros retiraran los platos y las copas, la música empezó a sonar y la sala se convirtió en una pista de baile, en la que anunciaron que más tarde Blas cantaría algunos de sus temas.


Muchos de los invitados a aquella cena se levantaron, de la mano de sus respectivas parejas y empezaron a bailar. Cristina no pudo apartar la vista de la sonrisa de Yolanda, a la que David había puesto sus manos rodeando su cintura y la acompañaba hasta el centro de la pista.


-¿Quiere otra copa?- Un camarero moreno la sacó de su ensoñación. Se había quedado ahí, quieta, estática en su silla, viendo cómo los cuerpos de aquellas personas, en el centro de la sala, se movían al ritmo de la música.

-Claro, gracias.- Dijo Cristina con una gran sonrisa y aceptó la copa que le servía el camarero. Él se alejó y se perdió entra la gente que también seguía sentada, algunos de ellos se levantaban, con grandes sonrisas, arrastrando a sus parejas para bailar.


Se sentía cómo las personas que van a las bodas sin pareja, solteras. Se sentía mal. Buscó instintivamente a Carlos. NO estaba, no lo encontró en las sillas que había ocupado durante la cena, pero si estaba su acompañante, Carol. Estaba ella, hablando con uno de los chicos que habían acompañado a Cristina durante la cena, era Javier, y ambos reían a carcajadas.

-¿Buscas a alguien?- La voz de Carlos, en un susurro la volvió a transportar hasta aquel momento. Cristina se llevó una mano al pecho, su corazón se iba a salir de ahí. Carlos se le acercó y la besó lentamente en la mejilla. Pudo oler su aliento, olía a cava. Se sentó en la silla que ella tenía al lado, encarándola hacia ella.

Cristina no sabía que decirle. Sí, te buscaba a ti. No iba a decirle eso, aunque se moría de ganas. Carlos la miraba a los ojos, con una sonrisa socarrona en sus labios.

-¿Has bebido mucho?- Preguntó. Cristina negó con la cabeza, pero ambos sabían que eso no era verdad.


Ninguno de los dos sabía cuánto tiempo habían estado mirándose a los ojos, en silencio, sin decir ni una palabra, sin mover ni un músculo. Pero encima del escenario apareció Blas, con micrófono en mano y empezó a cantar una de sus nuevas baladas. Carlos cogió a Cristina de la mano, la hizo levantarse y dejar su copa encima de la mesa, la arrastró hasta la pista de bailar y, colocando sus manos con cuidado sobre su cintura empezaron a bailar. Cristina apoyó la mejilla en el hombro de Carlos y empezó a llorar silenciosamente.



Cristina Noyes © 2012

jueves, 23 de agosto de 2012

Capítulo 12.


Estaba sola. Volvía a estarlo después de muchos años. Rocío le dijo que no iba a abandonarla, nunca, que siempre estaría con ella para protegerla, para que no le pasara nada. Pero hicieron un trato; si volvían a Madrid, Rocío solo se quedaría tres meses, si Cristina quería quedarse más tiempo, se quedaría sola.

Rocío tenía su vida en Barcelona. Tenía su casa con su novio, tenía su familia, su trabajo, sus amigos, Cristina no podía retenerla para siempre en Madrid. Se podría decir que estaba sola ante el peligro. Había avisado a Yolanda de sus problemas y la tenía al corriente de las pastillas que tomaba, por si le pasaba algo, que tuviera alguien a su lado.


El hotel se levantaba ante ella, imponente, precioso. Sus luces estaban encendidas y contrastaban con el negro de la noche. Se veían coches delante, coches caros que llegaban hasta la entrada. Ahí los aparcacoches los ayudaban a salir, abriéndoles las puertas y después, se llevaban el coche hasta el parking. Todo muy lujoso, pensó Cristina. Ella había ido en taxi, le había pedido que la dejara en la acera de enfrente. No estaba muy segura de si debía entrar o no.


Miró su reflejo en un coche negro que estaba aparcado ahí e hizo un último repaso a su vestimenta. Se había comprado un vestido azul oscuro, largo hasta los pies, tapando unos zapatos de tacones, azules también. El vestido tenía un precioso escote en palabra de honor, decorado debajo del pecho con una cinta que se ataba en la espalda, dejando caer un lazo. El pelo lo llevaba recogido, simple. Cerró los ojos y asintió con la cabeza. Metió la mano en el bolso de mano que llevaba y se tomó una de sus pastillas, con los años, había aprendido a tomárselas sin necesidad de agua.


En la entrada del hotel la recibió un amable chico que la llevó hasta la sala dónde tenía lugar el evento, ahí, una cara conocida la vio, sonrió con la sonrisa más bonitas y la abrazó, casi de improvisto, por el cuello, dejándola momentáneamente sin respiración. Era María, que empezaba a hablar, muy rápido, pegada a su cuello.

-Te he echado de menos. Muchísimo.- Consiguió entender Cristina. Sentía que iba a llorar, pero intentó calmarse.
-María vas a hacerme llorar y todas las horas que he pasado maquillándome no van a servir para nada - Intentó calmar el ambiente.

Cristina no había ni cruzado el umbral de la sala de eventos y no pudo mirar hacia dentro. María la tenía ahí fuera, cogida de las manos, explicándole que la había echado de menos, que debería haberla llamado, que nunca había podido olvidarse de ella. Y que estaba preciosa.

-¿Has venido sola?- Preguntó María confundida.
-¿Con quién querías que viniera?

Mierda, pensó María. ¿Y Carlos con quién vendría? Ella había hablado con Yolanda, se habían asegurado de que los dos irían, pero el plan les había salido mal. Querían que ellos dos fueran juntos, no como pareja, si no como acompañantes, el uno del otro. Si se habían besado se podrían haber llamado para ir juntos al evento de Blas.

María estaba perfecta, llevaba un vestido largo, color plata, con unas incrustaciones en cristales Swarovski en la parte del pecho, y en la cinta que le recorría la cintura y le bajaba por la falda. Cristina pensó que estaba guapísima y que ella sobraba en aquél lugar.
-Ven, vamos a ver a Blas, te está esperando.

Y ahí estaba Blas, hablando con dos chicos que parecían de su edad. Llevaba un perfecto traje negro, y al girarse, Cristina pudo ver que la corbata hacía conjunto con el vestido de María. Ambos se miraron sonrientes y después Blas abrazó a Cristina.

-No vuelvas a marcharte nunca más.- Le dijo él en un susurro. Cristina sintió miedo. Cuando la soltó, Blas la miró a los ojos. Los tenía llorosos. ¿Se habría emocionado? Rápidamente, él le presentó a dos chicos con los que estaba, uno se llamaba Javier y el otro Leo.- Es… -Blas no sabía cómo presentarla.- Es una vieja amiga.

Cristina los saludó con la mejor de sus sonrisas, pero su cabeza no se encontraba ahí, estaba buscando a alguien por toda la sala. Giró la cabeza porque le había parecido escuchar su nombre, pero era uno de los amigos de Blas quién la llamaba. Tenía el pelo rizado y unos profundos ojos marrones, era Leo.
-Me han dicho que vivías en Barcelona - Dijo él; no era una pregunta, pero estaba claro que esperaba respuesta.
-Sí, eh… he venido a Madrid a verlos a todos.- dijo Cristina sonriendo. – Y cambiar un poco de aires…- Cristina lo miró a los ojos y pudo ver que él esperaba más, esperaba que le dijera algo más. Cuando ella fue a abrir la boca para preguntarle algo a él, unos brazos la agarraron por la cintura.
-¡¡Has venido, has venido!!- Dijo Yolanda. No estaba chillando, pero casi. Cristina se giró y la abrazó. Al fin una cara conocida de la que no desconfiar de cada palabra.


Yolanda iba preciosa, se había puesto un vestido rojo, de corte imperio, rojo y con gran escote. Estaba espectacular, el peso de la falda era genial y no se le veían los pies, parecía una princesa. David apareció por detrás de Yolanda y abrazó a Cristina, murmuró algo parecido a lo que Blas le había dicho anteriormente y le besó en una de las mejillas. Los tres se quedaron hablando, junto con Blas, del nuevo disco y de la gran cena y posterior fiesta que se estaba preparando.

-¿Y los niños?- Preguntó Cristina cuando el silencio se hizo incómodo.
-Los hemos dejado con la niñera - Dijo Yolanda, como si fuera lo más normal del mundo. Cristina se había dado cuenta de que David y Yolanda tenían bastante dinero. Ella seguramente hubiera dejado a sus hijos con su madre.
-Oye, ¿Es ese Carlos?- Dijo Blas, captando toda la atención de Cristina.

Por la puerta de la entrada a la sala, entró Carlos, rubio, como siempre, perfecto, guapísimo, con un traje negro, con una camisa blanca con el último botón desabrochado. Sin corbata ni pajarita. Estaba guapísimo, pero sólo había una cosa que fallaba; la chica que tenía cogida a su brazo.


Cristina Noyes © 2012