-Apuesto cinco euros a que con ella no te divertías de esta manera. –Dijo Cristina riendo, mientras caía encima de la cama.
Álvaro negó con la cabeza, riendo y pasó el pincel, bañado en pintura verde y dibujó un bigote en la cara de Cris. Ella sonrió y después hinchó sus mejillas y empezó a reírse a carcajadas. Solían hacer eso, encerrarse en la habitación, con pinturas, y dibujarse cosas sobre la piel. Y ahí estaban, como al principio, cuando compraron aquél piso en el paseo de Gracia y pintaron las paredes, en ropa interior, y con el cuerpo cubierto de pintura de todos los colores; roja, negra, verde, azul…
Álvaro se dejó caer en la cama, al lado de Cris, y ella se giró y volvió a besarlo, dejando en la cara del chico las manchas de pintura del bigote, y ensuciándole las mejillas con los restos de pintura que había en sus manos. Rápidamente, Cris se subió encima de él y continuó besándolo, cómo si no pudiera parar de hacerlo, cómo si una fuerza sobrenatural le obligara a hacerlo y la mantuviera pegada a los labios del chico. Las manos ágiles de Álvaro bajaron por la espalda de Cris, hasta posarse en su cintura. Ahí se aferraron fuertemente, mientras que Álvaro se apartaba de los labios de Cris.
-No quiero hacerte daño. –Murmuró él.
-Ya lo has hecho. No creo que puedas empeorarlo. –Dijo ella sonriendo, y desabrochándose el sujetador.-Pero antes de que me vaya quiero recordarte así, no enfadados.
-¿Irte? El que se va soy yo.
Cristina soltó una carcajada.
-¿No has visto las maletas? –Señaló ella a la maleta que había en el suelo, abierta.- Me voy a Madrid.- Y antes de que él pudiera contestarle, ella volvió a abalanzarse sobre los labios del chico, y él la recibió.
Cristina no quería escuchar las palabras de Álvaro, no quería que él le preguntaba por qué se iba, por qué dejaba su Barcelona natal, otra vez, para irse a Madrid. Había sido una decisión que le había costado días tomar, pero al final lo había hecho. Había reservado un vuelo, había pedido una excedencia en el trabajo, había buscado un piso de alquiler y se iba en dos días.
Los brazos de Álvaro vagaban libremente sobre el cuerpo desnudo de Cristina, ella, sentada encima de él, cabalgando. Estaba feliz, estaba sonriendo, sería la última vez que lo viera, y era la mejor manera de cerrarle la puerta a esa vida pasada, para poder abrir la próxima puerta, una puerta a su nueva vida, de nuevo en Madrid, para enmendar todo lo que había hecho. Las manos de Álvaro, hábiles de tantos años de experiencia, se aferraron a los pechos de Cristina y apretaron, haciendo volver a la chica a aquella pequeña habitación de un piso de Barcelona. Cristina miró a Álvaro en los ojos y negó con la cabeza por que sabía lo que él le iba a preguntar. “¿En qué piensas?” Ella cerró los ojos y alzó los brazos, se movía al ritmo de Álvaro, y con los brazos en alto, parecía que bailara.
Cuando acabaron, Cristina se paseó por su piso desnuda, cómo solía hacer, y Álvaro se quedó en la habitación, acabándose de vestir.
-Vas a quedarte a cenar. ¿Verdad?- Dijo ella sonriendo, asomándose por el marco de la puerta. Álvaro estaba abrochándose los cordones de sus zapatillas y levantó la vista, sonriendo, hacia dónde estaba la chica.
-¿Vas a cocinar tú? –Preguntó él, con aire melancólico.- Al menos deja que disfrute una vez más de tus macarrones nocturnos. ¿No?
Cristina no podía negarse, si era la última vez que iban a verse, y habían hecho el amor una última vez, ella podía hacerle unos macarrones nocturnos.
La última vez que iban a verse.
Cristina se paró en seco en medio de la cocina, un dolor agudo le atravesó el pecho y le costaba coger aire. ¿Qué le estaba pasando ya? La última vez que iba a ver a Álvaro sí, ¿y? Se preguntó. No me seas tonta Cristina, has querido hacer esto para acabar bien. Él te dejó, hizo que no te casaras y se largó con una francesa. Lo había olvidado, ahora no vuelvas a encariñarte de él. Hazle los macarrones, cenad, reíd, bebed y mañana será otro día. Será el inicio de una nueva vida.
Cristina Noyes © 2012

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