jueves, 6 de diciembre de 2012

Capítulo 22.


Abrió la puerta de la casa y dejó las llaves sobre un pequeño mueble que había en el recibidor. La música había inundado el piso, The Maine, incansables, después de más de siete años de carrera musical, seguían siendo como al principio, perfectos, y Cristina seguía igual con ellos, enamorada de sus voces, de sus letras, de sus ritmos. 

Anduvo por el pequeño pasillo que había entre el recibidor y la cocina abierta y se encontró a Cristina cocinando, dándole vueltas a algo que tenía en la sartén. Carol la miró sorprendida.

-¿Qué haces tú aquí? –Preguntó secamente. Cristina se asustó, pegó un bote y dejó caer el tenedor de madera con el que le estaba dando vueltas a la comida.
-¿Y tú?- Preguntó ella, con una mano en el pecho. 
-Yo tengo llaves, y creo que tú, de momento, no. ¿Qué haces aquí?- Carol se había puesto en tono de guerra. Los lunes ella le preparaba la comida Carlos y solían comer juntos, en casa de él. ¿Por qué, si iba a estar Cristina en casa, no la había avisado? 
-Estoy haciendo la comida.-Murmuró Cristina, no sabía cómo actuar delante de aquella situación. 
La chica que tenía delante, con la que estaba hablando mientras unas gotas de sudor recorrían su espalda, era la misma chica que había acompañado a Carlos a la cena de presentación del nuevo disco de Blas. ¿Qué estaba pasando? Miró el reloj de su muñeca, en poco más de una hora Carlos llegaría. 

-Los lunes le hago yo la comida, y comemos juntos.- Dijo Carol seriamente. Para ella Carlos era un amigo, un confidente, se lo explicaban todo, y hacían de todo juntos, pero estar cuatro años con una persona, hablando de todo, explicando tus buenos y tus malos momentos, compartiendo cenas, comidas, fiestas, compartiendo cama, noches, días, al final tu corazón siente algo, y eso era lo que le había pasado a Carol. Cuando ella se había enterado, por la boca de Carlos, de que Cristina había vuelto, su cabeza dio un vuelco y empezó a confabular un plan para tratar de separarlos.


Carol avanzó hasta el sofá, dejó su bolso y se sentó en uno de los taburetes, mirando a Cristina mientras cocinaba.

-Vas a tener que hacer comida para tres ya que no pienso marcharme.- Murmuró mirando a su alrededor, para intentar calcular cuanto tiempo había estado Cristina en aquella casa. No lo pudo saber, todo estaba como ella recordaba.
-No entiendo por qué tienes que ser así conmigo.- Murmuró Cristina, le dio una vuelta a un trozo de carne y le añadió un par de almendras molidas al sofrito. 
-¿Qué no lo entiendes? –Exclamó la otra chica, levantándose del taburete y dando un fuerte golpe sobre la barra.- ¿Estás tonta? ¿Tú sabes los dolores de cabeza que me has causado durante estos cuatro años? – Gritó. 

Cristina dejó a un lado el tenedor y se giró, mirando a la chica, esperando una explicación. 

-Desde que te fuiste no ha pasado ni un día en el que Carlos no haya necesitado la ayuda de alguno de sus amigos para seguir en pie, para levantarse por las mañanas y tener ganas de vivir. Había que enseñarle que tú no eras su vida y que la suya no se acababa cuando tú faltases. Pero a él no parecía importarle, tú eras su vida y tú le arrebataste su presente y su futuro con tu marcha, y todos, ¡todos!- gritó.- tuvimos que ayudarle, para que cada día levantara la cabeza y viera que delante tenía un mundo totalmente nuevo, que tú no eras el final del camino, que sólo eras un maldito bache. – Las palabras salían de la boca de Carol con toda la rabia del mundo.- ¡Y ahora que él estaba bien, que volvía a sentir, vuelves a llegar para volvértelo a llevar! –Carol dio media vuelta y salió a la terraza, sacó de su bolsillo un paquete de tabaco y se encendió un cigarro, sus manos temblaban mientras se lo estaba fumando, mirando hacia el horizonte.

Cristina se quedó ahí, en la cocina, sin saber qué hacer. Carlos parecía seguro y contento de su vuelta, pero Carol no estaba nada contenta. Estaba enfadada y a Cristina le daba miedo de lo que fuera capaz de hacer. 

-¿Te das cuenta del dinero que ha invertido Carlos en psicólogos y clases para mantenerse ocupado y no pensar en ti?- Murmuró Carol señalándola con el cigarro.- Joder, es que es él quién debería estar enfadado, no yo. Tú eres la perra que se marchó el día de su boda, tú lo jodiste todo y ahora estoy yo dando la cara por él.
-Quiero que tengas una cosa clara.- Cristina empezó hablando bajito, lo justo para que Carol la escuchara desde la terraza y notara que no estaba alterada.- Carlos ha hablado esto conmigo. Lo hemos hablado los dos. Yo también tuve que ir a psicólogos y a gente de esta que te chupa la cabeza para hacerte olvidar o recordar lo que a ti te interesa, yo también lo he pasado mal, porque, como tú dices, fui una perra que lo dejó tirado el día de su boda, y sí, me largué con uno de sus mejores amigos. Pero en aquél tiempo, Carlos se lo merecía.- Carol abrió la boca para replicar, pero Cristina no le dejó, era el momento de atacar.- Si tan bien estabas tú con él, si tanto os queríais, como me das a entender, ¿me explicas por qué me besó al segundo día de volver? ¿Por qué me trajo a su casa, por que me invitó a cenar y acabamos en la cama?- Cristina se quedó en silencio, observando cómo sus preguntas hacían mella en la mente de Carol.- Anoche ni te nombró mientras me hacía el amor cómo nunca antes.- Concluyó y se dio media vuelta, volviendo a remover el sofrito. 


Carol, en la terraza, cogió el cigarro entre sus labios y se dejó caer sobre una de las sillas, mirando aquél Madrid precioso que tantos días había observado desde ese mismo lugar, abrazada al que ella creía el amor de su vida.



Cristina Noyes © 2012

No hay comentarios:

Publicar un comentario