jueves, 23 de agosto de 2012

Capítulo 12.


Estaba sola. Volvía a estarlo después de muchos años. Rocío le dijo que no iba a abandonarla, nunca, que siempre estaría con ella para protegerla, para que no le pasara nada. Pero hicieron un trato; si volvían a Madrid, Rocío solo se quedaría tres meses, si Cristina quería quedarse más tiempo, se quedaría sola.

Rocío tenía su vida en Barcelona. Tenía su casa con su novio, tenía su familia, su trabajo, sus amigos, Cristina no podía retenerla para siempre en Madrid. Se podría decir que estaba sola ante el peligro. Había avisado a Yolanda de sus problemas y la tenía al corriente de las pastillas que tomaba, por si le pasaba algo, que tuviera alguien a su lado.


El hotel se levantaba ante ella, imponente, precioso. Sus luces estaban encendidas y contrastaban con el negro de la noche. Se veían coches delante, coches caros que llegaban hasta la entrada. Ahí los aparcacoches los ayudaban a salir, abriéndoles las puertas y después, se llevaban el coche hasta el parking. Todo muy lujoso, pensó Cristina. Ella había ido en taxi, le había pedido que la dejara en la acera de enfrente. No estaba muy segura de si debía entrar o no.


Miró su reflejo en un coche negro que estaba aparcado ahí e hizo un último repaso a su vestimenta. Se había comprado un vestido azul oscuro, largo hasta los pies, tapando unos zapatos de tacones, azules también. El vestido tenía un precioso escote en palabra de honor, decorado debajo del pecho con una cinta que se ataba en la espalda, dejando caer un lazo. El pelo lo llevaba recogido, simple. Cerró los ojos y asintió con la cabeza. Metió la mano en el bolso de mano que llevaba y se tomó una de sus pastillas, con los años, había aprendido a tomárselas sin necesidad de agua.


En la entrada del hotel la recibió un amable chico que la llevó hasta la sala dónde tenía lugar el evento, ahí, una cara conocida la vio, sonrió con la sonrisa más bonitas y la abrazó, casi de improvisto, por el cuello, dejándola momentáneamente sin respiración. Era María, que empezaba a hablar, muy rápido, pegada a su cuello.

-Te he echado de menos. Muchísimo.- Consiguió entender Cristina. Sentía que iba a llorar, pero intentó calmarse.
-María vas a hacerme llorar y todas las horas que he pasado maquillándome no van a servir para nada - Intentó calmar el ambiente.

Cristina no había ni cruzado el umbral de la sala de eventos y no pudo mirar hacia dentro. María la tenía ahí fuera, cogida de las manos, explicándole que la había echado de menos, que debería haberla llamado, que nunca había podido olvidarse de ella. Y que estaba preciosa.

-¿Has venido sola?- Preguntó María confundida.
-¿Con quién querías que viniera?

Mierda, pensó María. ¿Y Carlos con quién vendría? Ella había hablado con Yolanda, se habían asegurado de que los dos irían, pero el plan les había salido mal. Querían que ellos dos fueran juntos, no como pareja, si no como acompañantes, el uno del otro. Si se habían besado se podrían haber llamado para ir juntos al evento de Blas.

María estaba perfecta, llevaba un vestido largo, color plata, con unas incrustaciones en cristales Swarovski en la parte del pecho, y en la cinta que le recorría la cintura y le bajaba por la falda. Cristina pensó que estaba guapísima y que ella sobraba en aquél lugar.
-Ven, vamos a ver a Blas, te está esperando.

Y ahí estaba Blas, hablando con dos chicos que parecían de su edad. Llevaba un perfecto traje negro, y al girarse, Cristina pudo ver que la corbata hacía conjunto con el vestido de María. Ambos se miraron sonrientes y después Blas abrazó a Cristina.

-No vuelvas a marcharte nunca más.- Le dijo él en un susurro. Cristina sintió miedo. Cuando la soltó, Blas la miró a los ojos. Los tenía llorosos. ¿Se habría emocionado? Rápidamente, él le presentó a dos chicos con los que estaba, uno se llamaba Javier y el otro Leo.- Es… -Blas no sabía cómo presentarla.- Es una vieja amiga.

Cristina los saludó con la mejor de sus sonrisas, pero su cabeza no se encontraba ahí, estaba buscando a alguien por toda la sala. Giró la cabeza porque le había parecido escuchar su nombre, pero era uno de los amigos de Blas quién la llamaba. Tenía el pelo rizado y unos profundos ojos marrones, era Leo.
-Me han dicho que vivías en Barcelona - Dijo él; no era una pregunta, pero estaba claro que esperaba respuesta.
-Sí, eh… he venido a Madrid a verlos a todos.- dijo Cristina sonriendo. – Y cambiar un poco de aires…- Cristina lo miró a los ojos y pudo ver que él esperaba más, esperaba que le dijera algo más. Cuando ella fue a abrir la boca para preguntarle algo a él, unos brazos la agarraron por la cintura.
-¡¡Has venido, has venido!!- Dijo Yolanda. No estaba chillando, pero casi. Cristina se giró y la abrazó. Al fin una cara conocida de la que no desconfiar de cada palabra.


Yolanda iba preciosa, se había puesto un vestido rojo, de corte imperio, rojo y con gran escote. Estaba espectacular, el peso de la falda era genial y no se le veían los pies, parecía una princesa. David apareció por detrás de Yolanda y abrazó a Cristina, murmuró algo parecido a lo que Blas le había dicho anteriormente y le besó en una de las mejillas. Los tres se quedaron hablando, junto con Blas, del nuevo disco y de la gran cena y posterior fiesta que se estaba preparando.

-¿Y los niños?- Preguntó Cristina cuando el silencio se hizo incómodo.
-Los hemos dejado con la niñera - Dijo Yolanda, como si fuera lo más normal del mundo. Cristina se había dado cuenta de que David y Yolanda tenían bastante dinero. Ella seguramente hubiera dejado a sus hijos con su madre.
-Oye, ¿Es ese Carlos?- Dijo Blas, captando toda la atención de Cristina.

Por la puerta de la entrada a la sala, entró Carlos, rubio, como siempre, perfecto, guapísimo, con un traje negro, con una camisa blanca con el último botón desabrochado. Sin corbata ni pajarita. Estaba guapísimo, pero sólo había una cosa que fallaba; la chica que tenía cogida a su brazo.


Cristina Noyes © 2012

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