martes, 10 de julio de 2012

Capítulo 2.




No pudo aguantar más. No aguantó hasta abrir la puerta, las manos le temblaban de tal forma que no pudo sostener las llaves, y menos meterlas dentro de la pequeña ranura de la cerradura. Las llaves se le cayeron de las manos. Manos de mantequilla. Estaban heladas y sudadas, eso impedía que pudiera controlar las llaves. Notaba cómo el corazón se le aceleraba y, como vio que no podía abrir la puerta por su cuenta, llamó al timbre repetidas veces. Nada. Su compañera de piso no estaba. Seguramente habría salido, ella le había dicho que podía salir, que ella iba a estar toda la tarde fuera. Pero no había sido verdad. Había empezado su ataque de pánico en aquella pequeña cafetería, después la había acompañado en su viaje en metro y ahora, cuando intentaba llegar a su casa, a su nuevo piso, a su zona segura, el pánico la acechaba y no la dejaba vivir en paz.


Se deslizó por la pared, llorando ya. Le costaba respirar y sentía que las paredes se cernían sobre ella. Desde que estaba en Madrid, era la primera vez que le había pasado, y llevaba ya un mes allí. Carlos. Era Carlos, el volver a verle, el volver a escuchar su voz, esa voz por la que tanto había hecho y llegaría a hacer. Ver sus ojos, notar sus manos, su cariño.

Cerró los ojos y apretó las manos contra ellos. Le iba a estallar la cabeza, el corazón se le iba a salir del pecho y le faltaba aire. Notó que empezaba a marearse y que pronto perdería el conocimiento.


Rocío subió las escaleras lentamente. Se había ido de compras, habían caído en sus garras unos zapatos amarillos de los que llevaba enamorada desde que llegó a Madrid, así como un corto vestido negro con pedrería en la parte del pecho. Subió los últimos dos escalones y se la encontró en el suelo, sentada, con las manos cerradas en puños y en las sienes. Tenía los ojos cerrados y la cabeza baja. Las llaves y el bolso estaban tirados por el rellano, delante de la puerta. Salió corriendo, lanzó las bolsas al suelo y empezó a despertarla, dándole pequeños golpes en los brazos.

-Cris, Cris, venga - La zarandeó, pero Cristina se movió cómo si de un peso muerto se tratara, como si estuviera dormida.- No me hagas esto, por Dios, has tenido que esperar hasta que estabas sola. Joder, no me hagas esto, ahora no. No te mueras Cris –Rocío sentía que iba a llorar. La tumbó y comprobó que respiraba. La tumbó y rápidamente le elevó los pies por encima del nivel del corazón.

Le dolía ver a su amiga ahí, en el suelo, cómo tantas veces la había visto ya, pero ya sabía lo que había de hacer, lo había estudiado y había podido ponerlo en práctica con ella.

Se conocían desde pequeñas, desde que iban a la escuela habían sido grandes amigas; ella iba a ser una de las damas de honor de la boda que nunca tuvo lugar. Cuando Cristina se marchó a Barcelona con Álvaro, su relación con Rocío volvió a mejorar. Ya no estaban tan lejos, quedaban para ir a comprar, para salir por ahí y divertirse, tomarse algo, ir al cine. Cristina había decidido retomar aquella amistad, y, en su vuelta a Madrid, había querido que ella la acompañara. Habían pasado por muchas cosas juntas, muchas. Los ataques de ansiedad de Cris eran la novedad en aquella amistad. Desde hacía seis meses, aquellos ataques las acompañaban día y noche.

Cristina recuperó el conocimiento, se quedó con los ojos abiertos, quieta, mirando hacia el techo. Rocío se dejó caer al suelo y suspiró fuertemente. Estaba sudando. Cristina seguía sin hablar, y Rocío se dio cuenta de que estaba llorando.

-Venga, metámonos dentro antes de que llamen al casero - La ayudó a levantarse, apoyándola en su hombro y la dejó en el sofá. Cristina se quedó mirando a la nada, llorando silenciosamente mientras Rocío salía al rellano y recogía las llaves y el bolso de su amiga, así como sus bolsas de la compra.

-Lo siento –Murmuró Cris. Rocío acababa de cerrar la puerta, dejó sus bolsas en el sofá y le llevó a Cris un vaso de agua.

-No lo sientas, no es tu problema, ahora bebe - Se sentó a su lado y la ayudó con el vaso de agua.

-Sí es mi problema. Mi cuerpo se ha acostumbrado a hacer estas cosas cuando…

-Para, para. Relájate o te va a volver a pasar - Cuando se hubo acabado el agua, Rocío llevó el vaso a la cocina y empezó a vaciar las bolsas.- Mira qué me he comprado.- Dijo para distraerla, que se calmara y pensara en otra cosa. Rocío sacó los zapatos amarillos de la bolsa y se los probó, lanzando los suyos al otro lado del comedor.- ¿te gustan? No he podido retenerme.

-¿Qué hay en la otra bolsa?

-¡Un vestido!- Sonrió la Rocío y se encaminó hasta la bolsa. -¿Quieres que me lo pruebe?

-Por favor - Dijo Cris con una sonrisa en los labios.

-Voy a la habitación, no te muevas del sitio y, sobre todo, no te mueras.

-No me voy a morir, todavía tengo que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Te esperaré aquí.

Rocío no se marchó muy convencida. Se cambió de ropa rápidamente y salió al comedor. Estaba espectacular y Cris envidiaba el cuerpo de su amiga.

-Tenemos que salir de fiesta a vivir la noche madrileña y beber hasta perder el sentido.


Carlos, en la otra punta de la ciudad, cogió papel y bolígrafo y salió a su terraza. Le acompañaba una lata de cerveza, bien fresquita. Se sentó en una de las sillas que había comprado para aquella gran terraza y observó la noche. Se veían estrellas, pocas de ellas, pero ahí estaban y él lo sabía.

Había sido un día bastante raro.

Encontrarse con Cristina le había puesto nervioso. Tan nervioso que tuvo que tomarse un té y ponerse a dormir nada más llegar a casa. Había sido extraño. No se la esperaba, no se la había esperado nunca, pero ahí había estado. Entre medias de toda aquella gente y sólo mirándole a él, con los ojos llenos de lágrimas. Le había pedido tomar algo con él, tomar algo y hablar. Pero no habían podido. Ella había pronunciado aquellas dos simples palabras: Lo siento. Y Carlos no podía apartarlas de su cabeza. ¿Las sentía ella de verdad? No habían podido hablar porque ella había salido corriendo, otra vez. Carlos tenía miedo de que la historia volviera a repetirse cuatro años después.





Cristina Noyes © 2012

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