sábado, 21 de julio de 2012
Capítulo 8.
Subió las escaleras hasta su piso. Abrió la puerta rápidamente. Las luces estaban apagadas. Su respiración estaba acelerada y notaba cómo se le iba a salir el corazón. Se paró nada más entrar en su casa, con su bolso en la mano izquierda y su mano derecha en el pecho, para notar su corazón, cogiendo las llaves de casa fuertemente. Cerró los ojos y sonrió. Volvió a recordar aquel beso. Sin quererlo, cómo acto reflejo, su dedo índice llegó hasta sus labios y los acarició lentamente. Aguantando, por unos segundo más, el recuerdo de aquel beso.
Se sentía como una quinceañera con su primer beso. Aunque a ella, su primer beso, le llegó bastante más tarde. Se sentía cómo en su primera cita, en el Parque del Retiro, con las barcas, los helados y los besos. Se acordó de cómo acabó aquella cita y se ruborizó.
-¿Os habéis besado?- Una voz la sacó de su ensoñación. Era Rocío, había aparecido por arte de magia en el comedor y había encendido las luces. Estaba en pijama y tenía en la mano un vaso de helado de stracciatella.
-¿Qué?- Preguntó. No sabía cómo salir de aquella. Buscaba algo con lo que cambiar de tema.- ¿Y ese helado? ¿Qué haces en pijama?
-No me cambies de tema - Dijo Rocío con la cuchara en la boca.- Respóndeme maldita.- La amenazó, señalándola con la cuchara.
-¡Sí! - Gritó Cristina y salió corriendo. Lo había calculado todo: el impulso que debía coger con la ayuda de la puerta, las zancadas que debía hacer, lo lejos que estaba de Rocío… todo. En unos segundos, salió corriendo por el comedor, atravesándolo, corriendo por el pasillo y encerrándose en la última habitación, con el pestillo, la suya.
-¡No se vale!- Rocío salió corriendo tras ella, con el helado y la cuchara, descalza.- Se paró delante de la puerta e intentó girar el pomo sin éxito.- ¡dijiste que nunca cerrarías con pestillo!- Gritó aporreando la puerta.- ¡No se vale, os habéis besado, os habéis besado!- Gritaba sin parar, riendo y aporreando la puerta.
Ahora sí que se sentía como una quinceañera. Cristina era hija única, y nunca había sentido la presión de una hermana mayor para que le contara lo que hacía o dejaba de hacer. Ahora lo estaba sintiendo, con Rocío, detrás de la puerta. Se había sentado en su cama, riendo todavía y con la respiración agitada. Había dejado el bolso y las llaves sobre el escritorio y se estaba quitando los zapatos. De pronto, su teléfono móvil se iluminó. Un mensaje nuevo.
“Sal de la habitación.” Era de Rocío. Por un momento había pensado que el mensaje podía ser de Carlos. ¿Cómo iba a ser de él si tan siquiera tenía su número?
-No voy a salir - Murmuró, por si Rocío seguía al otro lado de la puerta.
-¿No quieres helado?- Preguntó la otra.
-No me gusta el helado de straciatella. Lo sabes, no voy a salir – Cristina se desnudó lentamente y se puso su pijama.-Voy a abrir la puerta, si te has sentado en el suelo, con la espalda en la puerta, muévete.- Rocío lo hizo, pues se había sentado así.
-Cuéntamelo. ¿Os habéis besado?-Preguntó Rocío, insistentemente.
-No, pesada. No ha pasado nada.- Le respondió Cristina. Caminó hasta la cocina y se sirvió un vaso de zumo.
-No te creo, pero tengo sueño y me voy a ir a la cama. –Roció besó la mejilla de Cristina y se marchó a su habitación.
Cristina, por su parte, se sentó en el mármol negro de la cocina a beberse el vaso de zumo de melocotón lentamente. Le encantaba hacer eso. Beber zumo y sentarse en el mármol. Se acordó de su otro piso en Madrid. ¿Estaría aún en venta? Y si no lo estaba, ¿Quién vivía ahí? Una vez le dijo a Yolanda que la vida de ella y de su familia transcurriría en la cocina de su viejo piso. Le encantaban las cocinas, y entonces se acordó. Dejó el vaso de zumo encima del mármol y salió corriendo, sigilosamente, por el pasillo. Se aseguró de que la puerta de Rocío estuviera cerrada y se metió en su habitación. Cogió su teléfono móvil, que estaba encima de la cama y volvió a la cocina. Volvió a sentarse en el mármol, cruzó las piernas y empezó a escribir el mensaje.
“Ha estado bien lo de esta noche.”
Borró el mensaje. ¿Cómo iba a decir eso? Se quedó con los ojos cerrados, pensando en lo que iba a ponerle en el mensaje. Miró la hora. Las doce menos diez. ¿Qué debía hacer? Bajó del mármol y dejó el teléfono ahí, con el número de Carlos ocupando toda la pantalla.
Buscó un vaso y empezó a buscar por los armarios dónde habían colocado el whisky. Lo encontró. Abrió el congelador y metió dos hielos en el vaso; después, los tapó con whisky. Metió su dedo índice y empezó a darle vueltas, para que se enfriara por el contacto con el hielo. Dejó el vaso en el mármol y se lamió el dedo. Perfecto.
Cogió sus cosas, el vaso de whisky, su móvil, y se marchó hasta el comedor. Se sentó en el sofá, con las piernas cruzadas, como los indios y apretó la tecla de llamada. Un tono, dos tonos. ¿Qué iba a decirle cuando contestase el teléfono? Tres tonos, cuatro tonos.
Carlos, al otro lado del teléfono, veía cómo el número de Cristina se iluminaba en la pantalla. Después de dejarla en su casa, había llamado a Yolanda para que le diera el número de Cristina y se lo había guardado, para estar seguro de qué hacer cuando ella llamara o le enviara un mensaje. Y ahí estaba. Sentado en su gran cama de matrimonio, con papel y bolígrafo y un móvil parpadeante a su lado. No iba a contestar. Lo puso en silencio. Ella volvió a llamar. Dejó el teléfono en la mesita de noche, guardó el papel y el bolígrafo y se metió en la cama.
Cristina, al otro lado de la ciudad, desistió. Dejó el teléfono en la mesa del comedor, apagado. Se bebió el vaso de whisky de golpe y se levantó a llenárselo otra vez.
Cristina Noyes © 2012
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