martes, 10 de julio de 2012

Capítulo 1.




Se habían sentado en una mesa, al fondo de la cafetería. Sentados al lado de un gran ventanal desde el que se veía el apogeo de la gente. El ir y venir de las personas por la Gran Vía, pensando en sus cosas, hablando por su teléfono móvil, despreocupados de lo que pasara a su alrededor. Carlos sostenía la taza de su café entre sus manos. Las tenía heladas, de los nervios, e intentaba calentarlas con el calor que desprendía la taza. El sol entraba por la ventana, bañando la espalda de Cristina que tenía su vista fija en su taza de café, mientras le daba vueltas, sin parar, ya que le había echado el azúcar. Carlos no podía apartar la vista de Cristina, y ella sabía, de sobra, que él la estaba mirando. Sentía esa sensación, esa sensación que se tiene cuando sabes que alguien te está mirando, que tenía la vista clavada en ella. No quería levantar la cabeza. Estaba sopesando qué sería lo que le diría y cómo no encontraba nada realmente bueno, seguía removiendo su café.


Carlos no podía parar de mirarla. La encontraba distinta, muy cambiada. Cuatro años no pasaban en balde. Estaba más delgada y su pelo había oscurecido, seguramente debido a algún tinte. Sus ojos seguían claros, claros como el agua, claros como el cielo sin nubes. Preciosos. Sus uñas seguían cortas, en eso no había cambiado, pero había algo diferente en esos brazos, un tatuaje con una simple frase que él recordaba haberle dicho alguna que otra vez: Tal vez tú me traigas suerte. Esa simple frase que Carlos no podía parar de repetir en su cabeza. Era el principio de una de las canciones de Auryn. Grupo que ya no existía, desde hacía cuatro años. La frase hizo que se estremeciera. Pensó que tal vez ella se la había tatuado por Álvaro.


-Lo siento - El mundo pareció pararse. Los ojos de Cristina se encontraron con los de Carlos. Los notaba húmedos, llenos de lágrimas que llevaban cuatro años encerradas. De todo el ruido de los murmullos que había en aquella cafetería, a Carlos le parecía que todos se habían callado en ese momento. Dos simples palabras que había esperado durante más de cuatro años habían parado el mundo. Tal y como él lo había imaginado.

La miró durante unos segundos más. No sabía cómo responder a esas dos palabras. Lo había estado pensando durante mucho tiempo. Sobre todo los primeros días desde que Cristina se marchó. ¿Qué debía responder? ¿Qué estaba todo bien, que la perdonaba? No, eso no iba a responderlo. Había estado cuatro años. Cuatro años. Esperando a que ella llegara, con sus largas piernas, sus preciosos labios y pronunciara aquellas dos palabras. Y ahora que había llegado ese día, no sabía cómo actuar o qué responder.


Parado delante de ella, soltó la taza de café y puso las manos entre sus piernas. Tuvo que frotárselas ya que las tenía heladas de los nervios. Suspiró. Cristina seguía mirándole, esperando una respuesta, una simple frase para dejar de sentirse tan mal. Sabía que Carlos no le iba a decir lo que ella quería escuchar. Está bien, todo arreglado, olvidemos estos años, olvidemos lo que pasó y empecemos de cero. No se lo iba a decir y eso era lo que más le dolía. No iba a escuchar esas palabras. Ella volvió a bajar la mirada hacia su café. Había parado de darle vueltas y cogió la taza con una mano. Estaba temblando. Antes de que Carlos pudiera darse cuenta, ella cogió la taza con las dos manos y se la llevó lentamente hacia sus labios. Pero Carlos ya se había dado cuenta de que ella temblaba. Cristina no pudo sostener la taza y la dejó en la mesa, sin apartar los ojos de ella. Carlos movió sus brazos, los sacó de debajo de la mesa y rodeó las manos de Cristina con las suyas. Estaban heladas.


Se quedaron así durante un rato. Las manos de Carlos intentaban calentar las de Cristina, que se aferraban a la taza del café, buscando más calor. Cuatro años después, estaba más nerviosa que en su primera cita. No era normal.

-Está bien - Murmuró Carlos, al fin. No estaba bien, tenía muchas preguntas que hacerle, muchas cosas que contarle, muchas cosas que recriminarle, pero no podía mirarla a la cara y soltárselo todo, y menos ahí.

Cristina elevó la mirada, intentando explicarse, sin que le salieran las palabras.

-No - Dijo Carlos y la calló. Sacó un billete de cinco de su bolsillo y lo dejó en la mesa. Se levantó, le hizo un gesto al camarero y ayudó a levantarse a Cris, que se estaba aguantando las lágrimas.- Creo que esto será mejor que lo hablemos en un sitio más… tranquilo. –A Carlos también se le hacía un nudo en la garganta a la hora de hablar, pero tenía que ser fuerte o los dos se derrumbarían en aquél lugar.

-No –Dijo Cristina seria. Se zafó de las manos de Carlos y se colgó el bolso en su hombro derecho. – No puedo Carlos.- Se calló al escuchar como esas palabras volvían a salir por su boca cuatro años después. Debía arreglarlo. –Ya te buscaré, te llamaré y volveremos a vernos, a quedar y a hablarlo, ahora no puedo.- No estaba arreglando nada, pero toda ella temblaba de tal manera que pensaba que se iba a caer.- De verdad, te lo juro. Estaré en Madrid durante un tiempo. Prometo llamarte. –Diciendo estas últimas palabras abrió la puerta de la cafetera, negando con la cabeza mientras se alejaba de Carlos, otra vez. Y salió corriendo calle abajo, mientras las lágrimas le inundaban el rostro y acababan con su maquillaje.


Lo había vuelto a hacer. Había vuelto a huir de Carlos en un intento desesperado por volverlo todo a la normalidad. Tenía esa costumbre, cuando todo le iba mal, cuando todo empezaba a irle mal, corría. Salía corriendo y se alejaba de los problemas. Igual que había pasado cuando se marchó a Pamplona porque Carlos cortó con ella, igual que había pasado cuando se enteró, en Alicante, de que Carlos tenía una aventura. Igual que pasó cuando se enteró de que Álvaro se marchaba a vivir a París con Aurélie. Siempre huía, siempre.


Corrió calle abajo y se metió en la primera boca de metro que encontró. Gran Via. Desde ahí, en dos paradas estaba en su nueva casa. Perfecto. Pasó su billete de tren y las puertas mecánicas se abrieron. Bajó las escaleras y se metió en el vagón nada más que el metro llegó. Se sentó entre una señora mayor que leía el periódico y una chica joven que hablaba por su teléfono móvil. Odiaba su vida, y eso que acababa de volver a empezar. Se bajó en su parada, Alonso Martínez, y anduvo por un par de calles hasta que encontró su nuevo portal.


Todo esto era nuevo para ella. Estaba de nuevo en Madrid, con una nueva compañera de piso, en un piso alquilado, en un barrio nuevo, con un color de pelo nuevo, un trabajo nuevo. Y volver a empezar de nuevo con Carlos, si él le dejaba.




Cristina Noyes © 2012

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