martes, 10 de julio de 2012
Capítulo 6.
Salir antes le iría fenomenal. Pero no podía hacerlo cuando quisiera, tenía un horario estipulado y lo odiaba. Miró el reloj una vez más y consultó su correo en la pantalla del ordenador. Nada, vacío. Miró su teléfono móvil. Tampoco. Ningún mensaje, ninguna llamada.
No quería verla, pero quería verla. Ni él sabía lo que quería. Él no tenía su número. Sólo lo tenía ella. Quedaba más de media hora para salir de trabajar y se acabaría otro día. Otro día del que no tendría noticias de ella.
Las ocho. El sol caía fuertemente sobre la ciudad. La gente salía de trabajar, los que trabajaban hasta tarde, los que trabajaban los primeros meses de verano. Se quedó delante del edificio, delante de la puerta. Minutos antes había entrado y preguntado en recepción por él. Por si de verdad trabajaba ahí, por si hoy había acudido al trabajo. Le habían contestado que sí a todas las preguntas.
-¿Quiere que le diga que ha venido a verle?-Le preguntó la simpática recepcionista. A ella le pareció falsa.
-No -Y con esa simple palabra salió del edificio y esperó hasta la hora de salida.
Él recogió lo más rápido que pudo su mesa, dejó los esbozos para el nuevo anuncio en la mesa, y colocó encima una nota. “No tocar” Pero seguramente habría algún gracioso que lo tocaría. Se metió en el ascensor, mirando por última vez su teléfono. Nada. Las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja, se despidió de la recepcionista. Vio como ella quería decirle algo, pero pasó de largo, cuando las puertas de la salida se abrieron, se encontró de cara con una chica vestida de rojo.
Con su pelo negro, las gafas de sol más grandes que habían y una minifalda negra. Estaba sentada encima del capó de un coche, con la mirada perdida dentro del edificio. Cuando lo vio salir, notó que temblaba. Cálmate, se dijo a sí misma y se levantó, dirigiéndose a él. No sabía qué decirle, cómo dirigirse a él, así que se limitó a saludarlo con la mano y esperar que él se acercara.
-Dijiste que ibas a llamar - Fue lo primero que él le dijo.
-No pude.
-¿Has estado muy ocupada? - Parecía que le reprochara sus actos con cada palabra. Cristina suspiró y cerró los ojos.
-No he tenido el valor suficiente como para llamarte por teléfono –Antes de que Carlos pudiera interrumpirla, levantó una mano y siguió hablando.- Fui una idiota, lo soy ahora. Lo he sido siempre, vale. –No pudo evitar sonreír. Igual que Carlos.- No busco nada, no busco que… me quieras otra vez.- Esas palabras le costaron mucho.- Pero quiero que me entiendas… Que… No sé explicarme. Me merezco que me corten la cabeza, como Ana Bolena.- Murmuró.- Pero necesito hablar contigo y pedirte perdón, una vez por cada día que no he estado a tu lado, una vez por cada día desde ese 16 de septiembre. Por favor.
Carlos se lo pensó. Quería estar con ella. Quería que le pidiera perdón. Quería tenerla entre sus brazos, olerla, tocarla, besarla y abrazarla. Pero era difícil olvidar todo aquello.
-Podemos hacer una cosa; no prometo nada - El tono de Carlos ya había cambiado. Se mostraba amable, había dejado la hostilidad a un lado y estaba dispuesto a hacer algo bien.-Te llevo a casa.
-¿A mi casa?-Preguntó Cris.
-A la mía. Nos tomamos algo y lo hablamos.- Cristina no parecía segura. Se fijó que Carlos tenía en el brazo un casco. Lo levantó y sonrió.-Tengo otro en la moto. Vamos.
Ambos se montaron en la moto, surcando el aire de Madrid, bajo aquel sol. Cristina tuvo que agarrarse a la cintura de Carlos para no caerse. Las motos no le daban miedo, pero le daban mucho respeto. Nunca antes se había montado en una. Carlos iba lo más rápido que podía. Sentir las manos de Cristina otra vez rodeando su cintura era algo que nunca se olvidaba, y se estaba poniendo realmente nervioso. Aparcó la moto y ambos subieron en ascensor hasta el piso de Carlos.
-¿Dónde has dejado a Álvaro?- Fue lo primero que él preguntó, mientras le servía una copa de whisky. Cristina se había sentado en el sofá de Carlos y se había dado cuenta de lo poco decorado que estaba el piso. Ni fotos, ni cuadros. Nada. Un piano en una esquina del comedor. Una pequeña mesa con un mantel a rayas negras y azules. Un sofá cómodo, de tres plazas, una mesita de café y un televisor plano. Eso era lo que había podido ver. Y una puerta a una gran terraza. Carlos se sentó a su lado y la miró, mientras aguantaba su vaso de whisky, pudo ver cómo le temblaban las manos.
-Estará en París.
-¿Qué hace ahí?- Preguntó Carlos, iluso.
-Se marchó hace más de un año.- Carlos se atragantó con su bebida. No esperaba aquella respuesta.-Sí… Una de sus alumnas de la compañía de teatro.- Cristina tenía miedo de llorar. De llorar por culpa de Álvaro, en casa de Carlos. La escena le parecería cómica y cruel al mismo tiempo.
-¿Y qué sientes?- Ella sabía por qué le había hecho esa pregunta. Carlos quería saber qué sentía ella al haber sido abandonada por la persona a la que quería, por la cual lo había dejado todo.
-Tenía mi casa, mi familia, mis amigos, mis estudios. Pero llegaste tú con tu sonrisa. Tú, tú y tú botella de Vodka. ¡Si no me hubiera quedado a dormir en tu casa yo seguiría con él!- Cristina y Álvaro solían discutir por sus sentimientos.
-¡A mí me gustabas!- Gritó Álvaro.
-¡A mí me gustaba Carlos, tú me hiciste cambiar de opinión!
-No estaba bien lo que te estaba haciendo. Te estaba engañando y tú no lo veías.
-El amor ciega, Álvaro.
-A ti lo que te pasa es que todavía le quieres, no has podido olvidarlo, después de todo lo que te ha hecho. No has podido, eso es lo que te pasa. Pretendes que yo sea como él, pero nunca voy a ser como él. ¡Nunca voy a ser como Carlos! -Gritó y cerró la puerta de un portazo. Esa fue la primera noche que Álvaro pasó fuera de casa. Ahí empezó todo.
-Me sentí y me siento como una idiota, Carlos.- Tardó en responderle porque en su cabeza había recreado esa pelea. – Es lo que yo te hice a ti, y me arrepiento, cada día, cada día me arrepiento.
-Cuándo todo iba bien con Álvaro, ¿También te arrepentías?
Cristina Noyes © 2012
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

quiero leer ya el capitulo siguiente!! porfiis subelo :)
ResponderEliminar