Había llegado a odiar el metro, y eso había hecho que acabara por odiar su ciudad. Bajaba hasta el centro en metro, desde casi la puerta de su casa. Paraba en el centro y cogía su café y un bollo para desayunar. Entraba a la oficina con la mejor de sus sonrisas. Siempre aparentando. ¿Cómo iba a conseguir sobrevivir en aquella ciudad? La recepcionista le dedicó una bonita sonrisa antes de que se encerrara en su despacho. Cuando acababa su jornada, solía reunirse con alguna de sus amigas para tomar un café en el centro. En Plaza Cataluña. Siempre le había gustado el ritmo de vida que tenía el centro de la ciudad, pero aquel día decidió llegar más pronto a casa y preparar algo para cenar. Algo realmente bueno. Sacó el teléfono de su bolso, y ahí estaba, en marcación rápida, por encima de su madre, por encima de su padre. Su novio.
-Álvaro.- Contestó alegre cuando él descolgó el teléfono.- ¿Hay pan? Hoy llegaré antes… Quiero hacer una cena especial.
-Sí, eh… hay pan. ¿Vienes ya?
-Bueno, ya no. Subo andando, así que tardaré unos… ¿veinte minutos? Más o menos - rió contenta. Hacía buen tiempo, el sol todavía estaba en lo más alto y no hacía mucho calor. Le apetecía subir andando hasta su casa.
-Vale, eh... ¡Perfecto!- Álvaro colgó rápido y Cristina siguió caminando.
Cuando llegó a su casa, subió en ascensor hasta el pequeño ático del cual se habían apropiado. Cuando llegó hasta la última planta, una chica estaba esperando ahí. Aurélie.
-Oh, ¡Hola!- Dijo Cristina sonriente.- ¿Estabas en casa?
-Sí, eh… Álvaro y yo… estábamos repasando las líneas para mañana. El… la obra de teatro.
-Ah, genial. ¡Adiós!- Se despidió de la chica cuando las puertas del ascensor se cerraron.
-Oh, ¡Hola!- Dijo Cristina sonriente.- ¿Estabas en casa?
-Sí, eh… Álvaro y yo… estábamos repasando las líneas para mañana. El… la obra de teatro.
-Ah, genial. ¡Adiós!- Se despidió de la chica cuando las puertas del ascensor se cerraron.
Cristina se quedó ahí, en el umbral de su puerta, mirando al suelo. Suspiró y metió la llave en la cerradura. Una vez dentro, dejó su bolso en el sofá. Se metió en la cocina y se lavó las manos. Al salir, se encontró de cara con Álvaro.
-Espero que sepas lo que estás haciendo.- Le dijo ella, seriamente.
-¿Por qué?
-¿Qué edad tiene, quince, dieciséis?
-Cumplió los diecinueve la semana pasada.- Dijo Álvaro.
Cristina asintió con la cabeza. Había aprendido a ver cosas dónde no las había, pero sabía que esta vez, estaba bien encaminada. Esta vez sí que había algo de lo que desconfiar.
No pudo contestarle a la pregunta de Carlos. Se quedó callada. Mirándolo a los ojos. Quería matar a las mariposas que sentía en su estómago. Su teléfono sonó de pronto y se levantó de golpe. Cuando acudió hasta su bolso, la llamada se cortó.
-Sólo será un minuto - Se disculpó y se alejó de Carlos. Marcó el número de Rocío y no pudo hablar, pues su amiga tomó la palabra.
-¿Dónde estás? ¡Son las diez!- le había impuesto un toque de queda, como los niños pequeños o en tiempos de guerra. Ella tenía toque de queda por si le pasaba algo, por si le daba un ataque o por si se encontraba a alguien en la calle.
-Estoy… Ocupada. ¿No puedes esperarte?
Carlos se bebió de un golpe lo poco que le quedaba en su vaso y lo dejó encima de la mesita de café. Se sentó bien en el sofá y miró hacia dónde estaba Cristina. La miró desde la cabeza a los pies. Hizo un buen repaso. Llevaba años sin verla. Se eliminaron de todos lados. Borraron los números, el uno del otro. Se dejaron de seguir en Twitter y se eliminaron de amigos en Facebook. Volvían a ser dos extraños. Por mucho que les pesara. ¿Y ahora qué eran?
Tenía el pelo negro y jugueteaba con él mientras hablaba por teléfono. Sus curvas estaban más marcadas, sobre todo sus caderas. Había leído que cuando se tenían hijos, las caderas se ensanchaban. Yolanda también se lo había dicho. Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Habría tenido un hijo con Álvaro, una niña? ¿Qué nombre le habría puesto? Recordó que cuando estaban juntos nunca pensaron en tener hijos. ¿Estaría hablando por teléfono con su hija? Si no era eso, ¿a quién le estaba dando tantas explicaciones de lo que hacía o dejaba de hacer?
Se levantó y volvió a llenar su vaso con whisky. Cristina seguía al teléfono, parecía que discutía, en voz baja, casi en susurros. Cuando Carlos volvió a sentarse en el sofá, ella ya había acabado.
Cristina iba a decir 'Lo siento', pero no podía decirlo otra vez. No delante de Carlos. Aquellas palabras no debían ser pronunciadas, nunca más, por ella, delante de Carlos.
-Tienes que marcharte, ¿no?- Carlos lo dio por hecho al ver la expresión de su cara.
-Sí… es que ahora parece que me han puesto toque de queda -Dijo Cristina, intentando parecer graciosa. Carlos le dedicó una sonrisa. Ella notó cómo su corazón daba un bote.
-Te llevo a casa - Sentenció.
-¿Qué? No, no me lleves. No hace falta - Dijo ella, nerviosa.
Ves, no quiere que la lleves a casa porque le está esperando su hijo - Pensó Carlos.
-No me puedes decir que no. No tú - Dijo él con una sonrisa en sus labios.- Y menos aún, si tienes toque de queda y ya llegas tarde. Venga, Cenicienta, que la llevo a casa antes de que se carruaje se convierta en una calabaza.
Cristina se quedó parada. ¿Y aquella comparación? Le había hecho gracia, pero no pudo reírse. Lo único que pudo hacer fue cuestionarse si su príncipe era amarillo o verde. Carlos la llevó por Madrid, en la parte trasera de su moto. Ya era de noche, surcaron las calles de Madrid, volaron entre las luces de los coches, los semáforos y la gente. Las manos de ella estaban aferradas a su cintura. Se separaba de él a cada semáforo en rojo y se cuestionaba de nuevo la vida que quería llevar. Cristina le había indicado la dirección antes de subir a la moto. A ella le había costado aprenderla, pero al fin la sabía. Carlos le dijo que no le prometía nada, que intentaría llevarla de cabeza, puesto que él no sabía las calles de Madrid de memoria.
Cuando llegaron a casa de Cristina, Carlos se quitó el casco y miró el edificio.
-Es alquiler. He pagado los tres primeros meses. Después ya veré lo que hago - No sabía por qué había dicho esto último.
-¿Vas a volver a venirme a buscar al trabajo? – Ambos habían perdido el sentido. Las manos de Cristina alrededor de la cintura de Carlos lo habían turbado y no podía parar de pensar en su cuerpo bajo aquellas ropas. ¿Estaría igual que cuatro años atrás?
Cristina asintió, sonriente y se acercó para darle dos besos a Carlos. Dos simples besos en las mejillas. Carlos la cogió por los hombros y antes de que ella pudiera darle el primer beso en la mejilla izquierda, Carlos la besó en los labios. Cristina, por puro instinto, cerró los ojos.
-Espero que sepas lo que estás haciendo.- Le dijo ella, seriamente.
-¿Por qué?
-¿Qué edad tiene, quince, dieciséis?
-Cumplió los diecinueve la semana pasada.- Dijo Álvaro.
Cristina asintió con la cabeza. Había aprendido a ver cosas dónde no las había, pero sabía que esta vez, estaba bien encaminada. Esta vez sí que había algo de lo que desconfiar.
No pudo contestarle a la pregunta de Carlos. Se quedó callada. Mirándolo a los ojos. Quería matar a las mariposas que sentía en su estómago. Su teléfono sonó de pronto y se levantó de golpe. Cuando acudió hasta su bolso, la llamada se cortó.
-Sólo será un minuto - Se disculpó y se alejó de Carlos. Marcó el número de Rocío y no pudo hablar, pues su amiga tomó la palabra.
-¿Dónde estás? ¡Son las diez!- le había impuesto un toque de queda, como los niños pequeños o en tiempos de guerra. Ella tenía toque de queda por si le pasaba algo, por si le daba un ataque o por si se encontraba a alguien en la calle.
-Estoy… Ocupada. ¿No puedes esperarte?
Carlos se bebió de un golpe lo poco que le quedaba en su vaso y lo dejó encima de la mesita de café. Se sentó bien en el sofá y miró hacia dónde estaba Cristina. La miró desde la cabeza a los pies. Hizo un buen repaso. Llevaba años sin verla. Se eliminaron de todos lados. Borraron los números, el uno del otro. Se dejaron de seguir en Twitter y se eliminaron de amigos en Facebook. Volvían a ser dos extraños. Por mucho que les pesara. ¿Y ahora qué eran?
Tenía el pelo negro y jugueteaba con él mientras hablaba por teléfono. Sus curvas estaban más marcadas, sobre todo sus caderas. Había leído que cuando se tenían hijos, las caderas se ensanchaban. Yolanda también se lo había dicho. Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Habría tenido un hijo con Álvaro, una niña? ¿Qué nombre le habría puesto? Recordó que cuando estaban juntos nunca pensaron en tener hijos. ¿Estaría hablando por teléfono con su hija? Si no era eso, ¿a quién le estaba dando tantas explicaciones de lo que hacía o dejaba de hacer?
Se levantó y volvió a llenar su vaso con whisky. Cristina seguía al teléfono, parecía que discutía, en voz baja, casi en susurros. Cuando Carlos volvió a sentarse en el sofá, ella ya había acabado.
Cristina iba a decir 'Lo siento', pero no podía decirlo otra vez. No delante de Carlos. Aquellas palabras no debían ser pronunciadas, nunca más, por ella, delante de Carlos.
-Tienes que marcharte, ¿no?- Carlos lo dio por hecho al ver la expresión de su cara.
-Sí… es que ahora parece que me han puesto toque de queda -Dijo Cristina, intentando parecer graciosa. Carlos le dedicó una sonrisa. Ella notó cómo su corazón daba un bote.
-Te llevo a casa - Sentenció.
-¿Qué? No, no me lleves. No hace falta - Dijo ella, nerviosa.
Ves, no quiere que la lleves a casa porque le está esperando su hijo - Pensó Carlos.
-No me puedes decir que no. No tú - Dijo él con una sonrisa en sus labios.- Y menos aún, si tienes toque de queda y ya llegas tarde. Venga, Cenicienta, que la llevo a casa antes de que se carruaje se convierta en una calabaza.
Cristina se quedó parada. ¿Y aquella comparación? Le había hecho gracia, pero no pudo reírse. Lo único que pudo hacer fue cuestionarse si su príncipe era amarillo o verde. Carlos la llevó por Madrid, en la parte trasera de su moto. Ya era de noche, surcaron las calles de Madrid, volaron entre las luces de los coches, los semáforos y la gente. Las manos de ella estaban aferradas a su cintura. Se separaba de él a cada semáforo en rojo y se cuestionaba de nuevo la vida que quería llevar. Cristina le había indicado la dirección antes de subir a la moto. A ella le había costado aprenderla, pero al fin la sabía. Carlos le dijo que no le prometía nada, que intentaría llevarla de cabeza, puesto que él no sabía las calles de Madrid de memoria.
Cuando llegaron a casa de Cristina, Carlos se quitó el casco y miró el edificio.
-Es alquiler. He pagado los tres primeros meses. Después ya veré lo que hago - No sabía por qué había dicho esto último.
-¿Vas a volver a venirme a buscar al trabajo? – Ambos habían perdido el sentido. Las manos de Cristina alrededor de la cintura de Carlos lo habían turbado y no podía parar de pensar en su cuerpo bajo aquellas ropas. ¿Estaría igual que cuatro años atrás?
Cristina asintió, sonriente y se acercó para darle dos besos a Carlos. Dos simples besos en las mejillas. Carlos la cogió por los hombros y antes de que ella pudiera darle el primer beso en la mejilla izquierda, Carlos la besó en los labios. Cristina, por puro instinto, cerró los ojos.

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